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Los senderos narrativos inagotables de: El espía del Inca
Carlos Priego Vargas comment 0 Comentarios

La novela publicada por la editorial Alfaguara en 2021 utiliza estructuras narrativas y arquetipos de personajes característicos de novelas clásicas

En el El espía del Inca, Rafael Dumett pone en práctica varios principios que definen al posmodernismo, tanto así que la novela de escasas novecientas páginas parece el resultado de una serie de experimentos, detalle que recala más en su calidad posmoderna. Uno de los principios, y quizá el más importante, es la negociación entre los diversos géneros literarios donde se llegan a confundir las fronteras entre la literatura tradicional y la literatura experimental.    

El espía del Inca es una novela de infinitas posibilidades: entretiene, presenta mundos secretos, se sitúa en un momento histórico concreto, produce sentimientos de incertidumbre, demanda seguirles de cerca la pista a varios personajes para resolver un misterio, es una novela que especula y relata acontecimientos que pueden o no haberse desarrollado en un marco imaginario. Es también un diálogo con la novela El nombre de la rosa, del escritor italiano Umberto Eco, en cuyas páginas se presentó a los lectores las andanzas de Guillermo de Baskerville en la década de los 80´s del siglo pasado.

En entrevistas que le han hecho a Rafael Dumett sobre la novela, el autor asegura conocer la obra de Umberto Eco y apropiarse de algunos de sus elementos le permitió la exploración formal que deseaba alcanzar. Si este es el ambiente, creo que tengo que romper lanzas por El espía del Inca. Esta es una novela de agentes y operaciones militares encubiertas, sí, de agencias y servicios de inteligencia, y es obvio que tienen éxito porque a los lectores siempre les han gustado las operaciones militares especiales —encubiertas o clandestinas—, el espionaje profesional, los secretos y las conspiraciones, y nadie nunca ha pensado que James Bond fuera efecto de una conspiración posmodernista. Claro que El espía del Inca ha logrado el éxito que ahora tiene porque su autor (no sé si por instinto prodigioso o por un cálculo muy culto) supo canibalizar características específicas de varios géneros literarios, se apropia de la atmósfera, tensión y el misterio —característica del thriller político—, como también de algunos elementos temáticos de otros discursos de la literatura. Incluso, El espía del Inca se convierte en un personaje arquetípico de la novela de vaqueros. El resultado es una obra totalmente diferente a la de Eco, pero unida entrañablemente a ella. 

Salango recibió la visita de un mensajero desconocido que le entrega un quipu con un mensaje en clave, el cartero improvisado porta la señal secreta del señor Cusi Yupanqui. Salango cuida de sus tierras en Colonche, su familia murió y vive solo. Antes, Salango sirvió como “contador de un vistazo” bajo las órdenes del inca Huayna Capac. Por su instrucción militar, en otra época Salango fue conocido como Oscollo Huaraca. Este es el primer esquema básico: ahí tiene usted al sheriff, al bandido y al pistolero que nutrieron por décadas la novela del Oeste. Tomen al pistolero profesional que se ve obligado a cambiar su vida cuidando una granja e intentando llevar una vida pacífica, pero su pasado violento lo perseguía constantemente y el designio del destino lo llama para realizar un último trabajo: ahí tienen ustedes un guion digno de película de Clint Eastwood. Además, está el mensaje en clave que solo Salango y el señor Cusi Yupanqui, su antiguo compañero en escuela de espías, pueden descifrar. En él hay dos instrucciones, la primera son las explicaciones para una reunión secreta que a la que debe acudir cuando antes, la segunda es más clara: mata al mensajero. Esto no dista mucho de los argumentos de la novela de espionaje en donde el protagonista debe resolver un misterio poniendo sobre la mesa, la mayoría de las veces, el componente ético.

Otra situación arquetípica es la de El código Da Vinci. Hay algo de Robert Langdon en el protagonista de El espía del Inca, en los intentos para resolver —a través de la lectura de códigos especiales— el misterioso secuestro del Inca Atahualpa, ocurrido en la época en la que al reino llegaron, provenientes del fin del mundo, unos extraños hombres con piel de un metal tan duro que no puede ser traspasado con las flechas. Añádase que, para demostrar su genialidad, Salango debe interpretar los quipus, sofisticado lenguaje trasmitido por instrumentos de almacenamiento de información, compuestos por cuerdas de lana o de algodón de diferentes colores, y ahí tenemos también a Guillermo de Baskerville en un monasterio del norte de Italia interpretando libros y lenguas antiguas. Por último, la época en que se desarrolla la novela coincide con la llegada al reino de unos extraños hombres blancos cubiertos de metal brillante —y en esto se parece mucho a las descripciones de los extraterrestres antagonistas de múltiples relatos de ciencia ficción— a los que les crece pelo en la cara. Y, además, abdujeron al Inca Atahualpa, esto también tiene elementos de novela histórica, como muestra este ejemplo que Rafael Dumett ofrece sobre la ubicación temporal en que se desarrolla la novela: “en lo demás, unos dicen una cosa y otros la otra. Hay quienes los consideran emisarios barbudos de Huiracocha que anunciaban las historias sagradas. Otros piensan que son los mensajeros del dios Tanupa. Los ñambayecs aseguran que su dios Naymlap regresó para alisar la tierra y volver a soplar la gran concha de caracol. Los chimúes dicen que es su dios Xam Muchiq y los yungas no tienen duda alguna que es su dios Con. Pero otros dicen que de dioses no tienen nada. Los saberes sobres los extranjeros fluyen por ríos de corrientes opuestas”. El trabajo de Salango es encausar las que van en sentido correcto. Salango, el antiguo espía del Inca, deberá cruzar los umbrales de Cajamarca. Averiguará si el Inca está vivo o muerto. Si está vivo entrará en contacto con él y sondeará en qué lugar lo tienen alojado, si lo vigilan o lo hacen rotar de habitación.

El espía del Inca es una novela que responde al género histórico desde una perspectiva posmoderna. Rafael Dumett construyó una novela metaficcional a partir de la obra y presencia del escritor italiano Umberto Eco. Esta intertextualidad le permite crear un universo que se remite a la realidad y, a la vez, a su propia ficcionalidad, en la que juega con la posibilidad de convocar discursos de diferentes géneros literarios que se intensificaron de manera exponencial durante los últimos años.  

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