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Dolor y admiración
Alejandra Laurencich comment 0 Comentarios

Una novela estremecedora que no solo nos revela y hunde en un genocidio de Centroamérica sobre el que ha habido pobre mención en la prensa internacional sino que, paradójicamente, lo hace con gran altura literaria, convirtiendo la historia brutal de Guatemala bajo la dictadura del siniestro Efraín Ríos Montt (un año y medio durante el cual -según información citada en el libro- fueron asesinadas/desaparecidas alrededor de cien mil personas; muchas de ellas apenas alcanzaban la pubertad), en una ficción vertiginosa que provoca dolor y admiración a la vez, una combinación de las mejores que puede brindar la literatura.

Entre las cuantiosas virtudes de la obra destacan la solidez con la que se han armado los personajes de víctimas y victimarios; la exposición coral de un ambiente y trama que en varios momentos roza el pulso de un thriller, y el clima, soberbio y asfixiante, apoyado mayormente en diálogos y monólogos interiores. La dinámica, la verosimilitud y el encadenamiento estructural podrían considerarse otros aciertos.

Como si lo necesitara, la novela abunda en títulos y subtítulos que en cada capítulo anuncian la pesadilla por venir, más epígrafes con citas de escritores y escritoras sobre la opresión, el dolor, la soledad y demás ítems, aunque cada bloque narrativo arrase luego con todo el exceso y vuelva a sumergirnos en la potencia lírica de esta escritora debutante que, sin dudas, queda ya instalada entre las voces más promisorias de Latinoamérica. Porque incluso con sus excesos formales, la obra golpea en forma atroz y tiene un avance imparable, una intensidad que va envenenando de a poco –y despertando a la vez– a quien lee, al tomar conocimiento de los hechos basados en la trágica historia de varios países de nuestro continente.

Duele y perturba ese paneo atroz sobre hombres y mujeres, niños y niñas, jóvenes y gente anciana que ha muerto o sobrevivido bajo regímenes perversos, pero la mexicana Santaolalla nos obliga a acercarnos a lo que, de otro modo, podría ser intolerable. Su pluma entonces tiene el raro mérito de confrontarnos a lo ominoso y lo hace con un rigor informativo desacostumbrado en la narrativa joven actual. Basándose en sus propias investigaciones y acaso con la experiencia como psicoterapeuta para sobrevivientes de violencia temprana del Instituto de Terapia Racional Emotiva de su país, va haciendo desfilar frente al lector o la lectora una galería de personajes inolvidables, tales como Ocelote, el Dedos, Francisco Chinchilla, Victoria Tecu, Gavilán, el Coronelito, Estrella Gutiérrez y otra veintena más, quienes -narrados en primera persona con un registro impecable, en formatos que van desde el monólogo interior y el diálogo hasta la gráfica digital o el testimonio documental- construyen un escenario espeluznante que pivotea frecuentemente entre dos ejes geográficos y temporales: las ciudades de Guatemala, México y Texas en los inicios de los ochenta y la consecuencia de las masacres mayas, en las primeras dos ciudades, ya en el año 2012. Al concluir la lectura de A veces despierto temblando (que bajo el título Muerte de un nawal fue reconocida con el Premio Mauricio Achar 2021, distinción a la que convocan anualmente desde 2014 Librerías Gandhi y Literatura Random House), nos queda la sensación de haber asistido, en primera línea, tanto al horror (un horror innombrable que recuerda al que refiere Marlon Brando en la película Apocalypse Now) como a una muestra de potencia literaria deslumbrante.

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