Pierre Lemaitre: un afilado, afortunado y “tardío” novelista

Más de una vez he leído o escuchado la expresión “escritor tardío”, y en cada ocasión he concluido lo mismo: quien así opina carece del más elemental conocimiento de causa. Porque a la escritura, damas y caballeros, se llega cuando se llega. Por ejemplo a los dieciséis años, en un hormonal arranque de genialidad, como Arthur Rimbaud; por ejemplo a los cincuenta y cinco, tras un proceso de maduración que llevó decenios completar, como Pierre Lemaitre. Y, claro, también están quienes nunca llegaron. Así la vida, con sus dosis de azar y sus variables aleatorias: con muchas obras publicadas, una larga carrera iniciada a temprana edad, plena dedicación a las letras y tenaces esfuerzos por sobresalir, hay escritores que nunca lograron la calidad literaria de sus ilusiones o la notoriedad a la que siempre aspiraron, en tanto que un escritor de más de cincuenta años, prácticamente recién llegado, parece divertirse escribiendo novelas negras que se convierten en best sellers, cambiando de línea gana el premio Goncourt con su séptima obra y consigue una sólida fama que va creciendo con cada título, con cada entrevista, con cada traducción, con cada lector.

Historias aparte, ya sean de éxito o de fracaso, a quienes, como yo, disfrutan de la novela negra quiero decirles que las novelas de Lemaitre (y sólo me falta leer una, con la que ganó el Goncourt, precisamente, que es la única no-negra de su cosecha) me han sorprendido de muchas maneras. Para empezar, por su personaje Camille Verhoeven, comisario francés de policía tan enano como Toulouse-Lautrec y tan dominante como el hambre, que a toro pasado, admite Lemaitre, “viene a ser una mezcla de mí y de mi padre”. Verhoeven, su visión trágica del mundo, su constante necesidad de imponerse ante los prejuicios, su amor por la belleza, su fragilidad… una bien balanceada mezcla que lo hace memorable, digno de pertenecer al selecto club de Philip Marlowe, Hercules Poirot, Sam Spade.

Pero no todo es Verhoeven, por fortuna. Aparte de la tetralogía de tan insigne comisario, celebro en todas las obras de Lemaitre cómo acusan recibo de un sólido acervo de lecturas, desde James Ellroy hasta Javier Marías, pasando por Bret Easton Ellis y José Saramago, tanto por la sutil interpolación de títulos y citas como porque, al hacerse explícito ese acervo, el lector se reconoce o se vuelve partícipe de los libros en los cuales Lemaitre aprendió lecciones de literatura. Su trayectoria, que entre otras particularidades pasó por la enseñanza y le implicó dedicar largas horas de analizar novelas para poder impartir clases, prueba de nuevo que una de las más sólidas rutas hacia la escritura pasa por el aprendizaje (y el deleite) que implica la lectura constante, disciplinada, inteligente.

Finalmente, celebro la sabia dosificación de suspenso, vueltas de tuerca, exploración de la naturaleza humana, ácida amargura y atroz truculencia que he encontrado en cada una de las novelas de Pierre Lemaitre. Consciente de que en la novela negra el principal motor de todo suele ser “una buena muerte”, la mayor parte del tiempo se ha mantenido fiel a tal principio… salvo cuando no, como diría mi abuela. Mis cofrades lectores de novela negra se sentirán muy a sus anchas con la lectura de Recursos inhumanos, donde… Donde pasan montones de cosas que no contaré para no dañarle a nadie su lectura, porque, como sabemos, tratándose de este género ello sería merecedor de la condenación eterna.

 

*Foto: EFE / KAI FOSTERLING

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