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Península, Península, una novela sobre la Guerra de Castas
Alejandro Salvador Ponce Aguilar comment 0 Comentarios

La primera vez que fui a Valladolid, Yucatán, “la capital oriental del estado”, no pude evitar recorrer las calles leyendo las placas informativas puestas en las esquinas o en la entrada de los edificios. Aquellos textos hablaban de una Guerra de Castas, de unos líderes mayas luchando por alzar y tomar toda la península, de asesinatos de gente blanca en sus haciendas y de la lenta marcha emprendida hacia Mérida; más de medio siglo de conflictos en los que lo mismo se exigía la autonomía de la península, su subordinación a los gobiernos del centro o la anexión a Estados Unidos. ¿De qué se trata este conflicto y por qué jamás, si fue tan importante, ningún programa de estudios lo ha tratado como un asunto de la Historia Nacional, la H y la N ensalzadas?

Península, Península, novela histórica de Hernán Lara Zavala, recrea precisamente estos acontecimientos de los primeros y más intensos años de la llamada Guerra de Castas, y es uno de los pocos intentos por abordar la historia de la península desde la literatura. La conjura comienza en “El Baile Verde”, cuando en 1847 Miguel Barbachano y Santiago Méndez, eminentes políticos peninsulares que representan respectivamente los intereses de Mérida por una parte y Campeche por la otra, se disputan el poder y la dirección de los destinos de Yucatán. En plena intervención estadounidense, no está claro si Yucatán debe permanecer al lado del gobierno mexicano, con el que tantos conflictos ha tenido por su excesivo centralismo, o si debe declararse neutral y mantenerse a la expectativa. Barbachano considera un deber patriótico apoyar a México en la contienda; Méndez desconfía de Santa Anna y prioriza los intereses de la península sobre todos los demás. 

Algunos años atrás, los ejércitos de la península habían salido victoriosos ante las tropas de Santa Anna y habían  declarado su independencia, con ayuda de contingentes mayas. Unidas todas las facciones de criollos, blancos y terratenientes, juntos hicieron promesas a mestizos y mayas para unirse bajo una bandera; lo que buscaban, como siempre, era carne de cañón, porque una vez obtenido el triunfo, se olvidaron de sus ofrecimientos. Lo que no sabían es que el tiro les iba a salir por la culata. Años después, reticentes a devolver las armas que sus señores les habían proporcionado para combatir al gobierno mexicano, comenzó a correrse el rumor de que los mayas preparaban una revuelta en el oriente de la península y que más armas estaban entrando desde la Honduras Británica, Belice. Así que en medio del desastre político de México se da el desastre político de Yucatán, en eso sí hermanados ambos territorios. La novela comienza cuando Barbachano abdica de la gubernatura de Yucatán por las escaramuzas suscitadas en respuesta a su decisión de reincorporar la península a México, justo en la víspera de la intervención norteamericana.

Mural alusivo a la Guerra de Castas de Fernando Castro Pacheco, en Palacio de Gobierno en Mérida, Yucatán.

Lara Zavala recrea hábilmente este pasaje histórico y lo conjuga con otras narraciones propiamente ficticias, de tal guisa que personajes históricos, como los ya mencionados Barbachano y Méndez, lo mismo que los principales líderes mayas: Jacinto Pat y Cecilio Chi —cuyas principales batallas, escaramuzas y amoríos también se narran—, conviven con otros personajes imaginarios como la señorita Bell, una preceptora inglesa de los hijos de un rico hacendado en Hopelchén, Campeche; el Dr. Fitzpatrick, un filántropo irlandés disfrazado con las vestiduras de la más zafia de las misantropías; el obispo Celestino Onésimo, sensual y goloso miembro del alto clero que no tiene empacho en usar a Dios como moneda de cambio en las negociaciones de paz; Genaro Montore, un comerciante de padre italiano que se juega la vida en una travesía que va de la selva hasta Bacalar, a la manera de los viajeros y aventureros decimonónicos.

El protagonista de la novela es nada más y nada menos que Justo Sierra O’Reilly (el padre del fundador de la Universidad Nacional, Justo Sierra Méndez), aunque en la novela se le nombra con el seudónimo con el que firmó algunas de sus obras, el anagrama José Turrisa. Como escritor y amante de la historia de su tierra, Turrisa reflexiona constantemente sobre la naturaleza del conflicto y los antecedentes que desembocaron en la guerra; como secretario de Santiago Méndez, es un testigo de primera mano sobre los intentos infructuosos de someter a los alzados e impedir el imbatible avance de los mayas por toda la península —los insurrectos toman Valladolid, Ticul, Izamal y se hallan a las puertas de Mérida—; como otro ser humano cualquiera, Turrisa se enamora de Lorenza Cervera y la desposa, se casan sin tener certeza de si su primer esposo, Genaro Montore, está realmente muerto después de casi dos años de desaparecido.   

Justo Sierra O’Reilly en biografiasyvidas.com

Además de la narración de Turrisa, la novela se constituye como una polifonía de voces; de ellas las más entrañables son, a mi juicio, la del Dr. Fitzpatrick y la señorita Bell. Quizás por su condición de extranjera, el diario de la preceptora Bell ofrece una mirada enternecedora y oblicua sobre los acontecimientos de la guerra, acentúa las injusticias que se han cometido contra los mayas y en cierta medida toma distancia de la manera opulenta y aristócrata con la que viven los blancos de la península, la clase dominante que, a la postre, en 1914 Salvador Alvarado bautizaría como la “casta divina”, conformada por las más “prominentes familias de hacendados que controlaban la economía y la sociedad de la Península” y que “se autoclasificaban nobles y descendientes de conquistadores”, sentencia la novela.

La pregunta del millón es por qué los insurrectos no ganaron la guerra, por qué no tomaron Mérida y echaron a la población blanca, “los vecinos”, de la península. De hecho, muchos ya habían partido para La Habana. Turrisa sabe que los rebeldes mayas mostraron mayor voluntad para avanzar y sufrir las penalidades de la guerra, sabe que tuvieron más bajas y que también, como ellos, lucharon contra las inclemencias de la selva, ese ambiente hostil en medio de alimañas y un calor que embrutece; tiene plena conciencia de que los ricos hacendados nada pudieron hacer contra el levantamiento y que estuvieron dispuestos a poner sobre la mesa su anexión a Estados Unidos con tal de socavar la insurrección; pero también concibe que las luchas entre los líderes mayas, el retorno a las comunidades por las fiestas patronales y la llegada de los periodos de siembra pudieron influir en la disolución de las filas mayas; y también, como entre los blancos, entre los “indios” sobrevinieron las traiciones y las luchas de poder. Otra vez volvieron a estar divididos los mayas, desperdigados como pequeñas islas en medio de la maraña de la selva, con una ceiba en el traspatio y una cruz verde en la entrada de su casa.

Al final de la novela, los reveses de la vida y las persecuciones políticas provocan que Turrisa pierda los documentos y manuscritos de su obra, que ya sólo quedarán en su memoria y que no tendrá fuerzas para volver a escribir, pero que llegan hasta nosotros por la otra mano interventora de la historia, la mano de Lara Zavala.

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