Otra apostilla a El nombre de la rosa: Las bibliotecas

«¿Os habéis sorprendido a vosotros mismos leyendo? Ya sabéis: estáis sentados en una butaca, totalmente absortos en la lectura de un buen libro, disfrutando de la historia y del estilo de la prosa del autor, y de pronto os sentís como fuera del cuerpo y os veis tal como sois: […] sentados a solas en una habitación, con un libro abierto sobre el regazo. Puede provocar un shock tremendo. Comparable con lo que siente un esquizofrénico tras una súbita inyección de fenotiacina. En un minuto pasa de estar combatiendo al comunismo internacional a ser un pobre tipo con un pijama sucio recostado en una cama mojada.»
—Philip Kerr. Una investigación filosófica.

Empiezo por confesar: nunca, en mis muchos años de lector, había leído El nombre de la rosa. Hasta ahora y por amable influencia de una querida amiga. Es decir, siempre quise leer esta novela, pero como quien quiere volar o saber qué se sentirá ser una ardilla. Otra confesión: amo leer y amo los libros, pero odio profundamente las bibliotecas. Me refiero a esos edificios de solemnidad, silencio, burocracia y custodios. Nótese aquí que no hablo de las cosas, sino de proposiciones sobre las cosas. Sobre esto último, charlaba con un amigo en la reciente “Feria del libro selección” en la Casa Universitaria del Libro. Te recibía una vista maravillosa de manuscritos medievales, los ojos se veían arrastrados por una fuerza invencible hacia esas páginas. Dos de cada libro, porque estaban encerrados en vitrinas. Con todo y que eran copias —unas magníficas y otras no tanto— pero igual estaban encerradas en vitrinas. Dos páginas de quinientas a la vista y el resto, detrás de la fiera custodia de un bibliotecario o un curador.

Tenemos una relación muy rara con los libros, vaya uno a saber por qué. La primera biblioteca de la que tengo memoria estaba en el parque España. Papá y mamá solían llevarnos ahí a jugar los fines de semana. La biblioteca era una extensión del parque, un campo de juegos y descubrimiento. Eso cambió con los años. Parece que las bibliotecas de adultos las hemos puesto todas en manos de bibliotecarios como Jorge: ciegos, celosos y fanáticos. Características comunes de la ignorancia y la falta de lectura. Las bibliotecas escolares fueron para mí bóvedas prohibidas, lo mismo que las públicas. Había que vencer en singular combate al improvisado custodio para que te dejaran mirar un libro. Nada de préstamos a domicilio. Todo son libros prohibidos, fondos reservados, y catálogos de ausencias. Lo exasperante del asunto es que aquí no hay laberinto, ni madeja, ni minotauro. Es algo como el perpetuo escándalo de la Vasconcelos, entregada a la humedad, el salitre y la burocracia.

Odio las bibliotecas, acaso porque nuestra cultura bibliotecaria es muy similar a la del monasterio en El nombre de la rosa. Amigos de otras latitudes dicen que allá la cosa es distinta, pero a mí me tocó este mundo de exclusión. Hay excomunión. Si algo le reprocho al sistema de bibliotecas es que «Quizás […] haya nacido para salvar los libros que contiene, pero ahora vive para mantenerlos sepultados». El sueño de la razón genera monstruos, según Goya.

En todo caso, mi incomodidad ante las bibliotecas algo tiene que ver con que no hubiese leído antes El nombre de la rosa. Después de todo, es un libro-biblioteca. Y desde que dejé de ser niño, entrar a las bibliotecas ha sido como ir al dentista. Es por tu bien, pero maldito si tienes gana. La novela de Eco es un imponente laberinto de anaqueles, referencias y palabras. Es una catedral. También allá en su inauguración, el presidente hablaba de la Vasconcelos como una “catedral de la lectura”. La metáfora es significativa; bibliotecas y catedrales son gigantescos antros que evidencian la insignificancia de cualquier intento por poseerlos, la diminuta dimensión del explorador. Nada somos. Parcial es nuestra ciencia. Obligan a la postración. Rodilla al piso, recogimiento y voz baja.

Así que, al terminar de leer El nombre de la rosa, me acordé de William Blake y su imagen de Isaac Newton: es un viejo encorvado sobre la tierra haciendo esfuerzos inútiles por medir el mundo con un compás. Curvatus in se, tan doblado sobre su interés o su soberbia que ya no puede percatarse de nada. El universo entero abierto a sus espaldas, pero Urizen sólo mira lo que el breve ángulo del compás abarca. ¿Por qué este impulso malsano de inclinarse y humillarse y hablar en voz baja?

En la novela, todo el mundo anda así, con la mirada fija en su compás y de espalda al universo entero. Serios, creyentes, medievales; en un edificio que es catedral, es biblioteca, es laberinto, es la vida. El lector —por lo menos el que ahora escribe— se multiplica en cada personaje y, por eso mismo, aprende también a andar jorobado. Un lector erudito se doblaba sobre los latines, las horas, la filosofía y los anacronismos. Otro lector, más consumista, quería simplemente llegar al satisfactorio ¡ajajá! de quien ha resuelto el misterio. El que carga sobre la espalda su memoria, volvía a tener ante sus ojos las construcciones, frisos y manuscritos medievales por los que ha peregrinado. El que lee para reseñar analiza a su vez el acto de lectura de cada uno de los anteriores. Y al final, es preciso preguntarse cuál de todos esos lectores es el verdadero, a cuál de todas esas voces se la presta la pluma para hablar del libro. ¿Quién debió leer, pues, El nombre de la rosa?

Ojalá fuera el que no está aquí. El lector que jugando descubría el mundo. El lector naciente que se divertía en la biblioteca del parque España. Quizá sea esto lo más hermoso que me ha dejado la novela de Eco: el deseo imposible de volver el tiempo atrás y haberlo leído hace veinte, veinticinco años. Que lo leyera un niño empeñado en escalar los estantes de la biblioteca y las columnas de la catedral. Un inocente que encuentra aventuras tras cada librero y un enemigo en cada sombra. El posible loco que se pone a gritar en las catedrales porque le fascina el eco de las grandes bóvedas. El que habría repetido los colores, las imágenes y las letras en su cuaderno, con crayolas o acuarelas. Ese lector quisiera para esta novela.

Para decirlo de otro modo, me gustaría haber leído el libro antes de haber aprendido a odiar las bibliotecas. He llegado tarde, porque mi lectura es la de Newton. Lectura absurda, sin duda. Eco lo demuestra: cada personaje asiste a la disolución de su verdad. La imagen es cómica —como la de Newton— siempre y cuando uno no ande también jorobado y con el compás en la mano… Creo que esto es el telón de fondo que se aprecia en contraste con el ambiente opresivo que está en el primer plano de la novela: el escape hacia la risa. Así, la risa de Guillermo al darse cuenta de que todas sus conjeturas eran erróneas habría sido un detalle maravilloso. La de Adso burlándose de su único amor desde el futuro, como todos nos burlamos de nuestra primera vez. Carcajadas que sólo se sugieren por la referencia anacrónica a los dos maestros del saber jovial[1]: «es preciso convertirse en escalón». «Las únicas verdades que sirven son instrumentos que luego hay que tirar». «Hay demasiada confusión aquí», últimas palabras de Guillermo de Baskerville. ¿Y la risa?

Esa es la tarea o el goce de quien lee y ha visto el guiño: levantar la mirada y decir, caray, qué idiota tanta seriedad. La risa. Jovial contemplación de la ausencia de sentido. Doblado sobre páginas y signos arbitrarios uno sufre, llora y siente alegría. Alunado por el puro gusto. Charlando con la nada. Creo que también por eso odio las bibliotecas: no se vale llorar. Ni romper a carcajadas. Ni hablarle a los fantasmas del cerebro. Menos aún hacer eco. Mucha seriedad para un acto tan divertido, tan pasional, tan deliciosamente absurdo como leer. Habría que reconquistar ese acto, esos espacios, esas páginas al grito de ¡Seid umschlungen, millionen! Leer así.

[1] Curioso, me parece evidente la referencia, y sin embargo, por mi vida, no puedo encontrarla en todas mis notas en torno a Nietzsche y Wittgenstein…

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