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Conocí a Vicente Leñero (una vez)
Samuel Segura comment Un comentario

Para Gonzalo Trinidad Valtierra.

I.

El escritor les dice:

–Lo conocí, una vez, cuando conocí a Julio Scherer, a quien le dediqué mi primer libro, que era un libro de poesía –y da un largo trago a su copa de vino, hasta vaciarla–. Scherer conocía el prodigioso trabajo de mi padre en el violín. Le gustaba Brahms. Yo era muy joven entonces, como ustedes.

Sentados alrededor de él, los alumnos del escritor, todos con una copa de vino en las manos, escuchan atentos el relato. Hace poco que Vicente Leñero ha muerto y le han preguntado a su maestro si lo conoció en persona; le han preguntado qué opinión tiene sobre su trabajo como escritor. Como escritor jalisciense, además.

–Era bueno. Tiene un cuento chidísimo que se llama… –se lo piensa un momento, tocándose la barbilla; esa barba canosa, como su cabello—…»La Cordillera”. Sí, “La Cordillera”.

–Muy bueno –interviene uno de sus alumnos.

–¿Verdad que sí? Viene en uno de sus libros de cuentos, en uno que se llama…

Gente así –dice el alumno.

–Exacto, Gente así. El cuento versa sobre una novela que Juan Rulfo nunca terminó; en la trama un chavo escritor muy talentoso le hace creer a un investigador, especialista rulfiano, que el texto que escribió durante meses en realidad pertenece al autor de Pedro Páramo; con eso busca cobrar una fortuna por aquel tesoro –dice el escritor. Otro de sus alumnos le sirve entonces otra copa de tinto. El escritor da un trago.

–¿Leñero bebía, maestro? –le pregunta ese otro alumno mientras le sirve, aprovechando el silencio de los demás. Es uno de los más prometedores talleristas. Alto, de barba y gafas. Boina de guerrillero africano. Fuerte, como su novela sobre marineros acapulqueños.

–Ese día bebió poco y se fue temprano. Apenas crucé palabra con él –dice el escritor mirando a su alumno a los ojos.

–¿Y volvió a verlo?

–Nunca.

Una mujer toca el piano a un lado de ellos. Es una mujer joven, rubia, bellísima. El cabello ensortijado a lo Marilyn Monroe. Los labios rojos y el vestido casi blanco. Las piernas gruesas, también blancas, y los tacones puntiagudos. La mujer toca con impecable agilidad un concierto de Rachmaninoff.

–Pero cada libro que publiqué lo lancé al patio de su casa –continúa el escritor–. Me acuerdo que investigué su dirección y yo iba y me asomaba ahí de vez en cuando. Jamás me atreví a tocar el timbre para darle los ejemplares personalmente. Me parecía obsceno. Así que pasó una de dos: o veía mis libros, los hojeaba, o de inmediato los tiraba al bote de la basura. Me inclino por lo segundo, porque hice eso unas veinte veces, que es más o menos el número de libros que tengo.

Eso dice el escritor y levanta su copa. Sus alumnos lo secundan.

–¡A salud del maestro Leñero! –brindan.

II.

Vicente Leñero tipea en su máquina de escribir. Una Smith-Corona desvencijada que utiliza sólo por nostalgia: al fin y al cabo, en cuanto termine, ha de pasar en limpio todo ese material a su computadora. Fuma un Pall Mall largo, blanco, y junto a su encendedor tiene un cenicero sobre el que apenas posa una colilla. La primera del día.



–Vicente –le dice en un susurro su mujer, a sus espaldas.

–¿Qué pasó, Estela?, te dije que me hablaras hasta el mediodía. Estoy con este pinche cuento que nomás no queda…

–Llegó otro libro…

–¿De qué me hablas? –le dice Vicente sin voltear, conforme fuma ese segundo cigarrillo.

–Llegó otro libro al patio…

Vicente detiene el tecleo. Voltea y mira a su esposa. Se levanta de su lugar.

Afuera de su casa, en el patio, siendo ésta una mañana reluciente y fresca, Vicente y Estela miran el ejemplar en el suelo. Va envuelto, como las otras veces, en un sobre amarillo que se cierra con un pequeño cordel rojo. Vicente lo toma del suelo e inspecciona los datos del remitente.

–Sí, es Ruvalcaba otra vez –le dice a Estela conforme abre el paquete. Dentro se aparece un ejemplar del libro Banquete de gusanos, que en la cuarta de forros dice: Luis Enrique Escamilla se ha convertido en un escritor de pasquines novelísticos de éxito rotundo. Gracias a su talento e intuición, ha descubierto el mejor modo de poner la literatura al servicio de más oprobiosos intereses mercantiles...

Afuera, por la rendija de la puerta que da a la calle, Eusebio Ruvalcaba observa a Vicente Leñero. Ve cómo devuelve el ejemplar de su último libro al sobre y cómo lo lleva consigo, bajo una de sus axilas, mientras entra con su esposa Estela de nuevo a la casa.

Entonces Eusebio se va.

A unas cuantas cuadras de ahí, ingresa en la primera cantina que encuentra. Ésta, sin nombre visible en la entrada, le resulta un lugar agradable. Toma la mesa más alejada de una rocola que toca a todo volumen una canción de los Bee Gees a la distancia, “More than a woman”; lejos de una pantalla de televisión que cuelga de una pared y que transmite un resumen noticioso/deportivo.

Un mesero pronto se aproxima a él y con un trapo rojo limpia la mesa.

—Qué le sirvo, señor.

–Un JB con agua mineral, por favor.

El mesero asiente y de inmediato se encamina hacia la barra. Entonces, de una pequeña maleta que lleva consigo, Ruvalcaba extrae un libro. Es Pedro Páramo. Abre el ejemplar en la página donde dejó el boleto del trolebús que lo condujo a casa de Leñero, y continúa la lectura un momento. Será la quinta vez que lee la que él, como muchos otros, considera la más grande obra de la literatura mexicana. Por lo menos una de las más grandes. Lee un poco más hasta que el mesero se aproxima con su bebida y en silencio la coloca sobre la mesa.

–Gracias, joven –dice Eusebio, y el mesero, vestido de blanco y negro, se aleja como llegó: sin decir palabra.

Ruvalcaba bebe al momento un gran sorbo del JB y continúa con su lectura. En su mente, las palabras del maestro Rulfo (como le dice él, pues fue su alumno alguna vez) suenan con esa voz calmada que se estira al máximo a través del labio inferior del también autor de El llano en llamas.

Así transcurre un rato, entre tragos de whisky y canciones que otros clientes programan en la rocola. Hasta que, de pronto, en contraluz, se apersona en la puerta de aquella cantina maltrecha Vicente Leñero, acompañado de otro hombre, chaparro, pronunciada barba, con sombrero. Ruvalcaba los mira aproximarse, ocultando un poco su mirada detrás de las páginas de Pedro Páramo. Se sientan a unas cuantas mesas de distancia de donde él está.



El acompañante de Leñero pide un tequila al mismo mesero, y don Vicente pide un agua mineral. Ambos miran la pantalla del televisor un instante y luego se miran entre ellos para platicar. Ruvalcaba no alcanza a escuchar lo que conversan.

Hasta que…

–¿Ubicas a este autor? –le pregunta Vicente a su interlocutor. Pone el sobre amarillo que cierra con hilo rojo en la mesa. Extrae el ejemplar. El hombre toma el libro y se le queda mirando.

–Mmm, sí. Cómo no.

–No vas a creerlo, pero lleva unos quince libros que me avienta al patio de mi casa. No sé qué quiere.

–Que lo leas, me imagino. O que lo recomiendes.

–¿A ti qué te parece? ¿Lo has leído?

Ruvalcaba observa a esa breve distancia que lo separa de ambos hombres. El libro que el chaparro barbón de sombrero sostiene entre sus manos es, sí, el ejemplar de Banquete de gusanos que Eusebio lanzó hace un rato al patio de Leñero. Por lo que de un trago culmina lo que resta de su whisky, hace una seña al mesero para que le dé la cuenta y, cuando el barbón le relata su opinión a Leñero, una canción suena tan fuerte en la rocola que Ruvalcaba no puede escuchar nada de lo que se están diciendo.

Y sonríe.

Tras pagar la cuenta, Eusebio sale del lugar. Pasa a un lado de Leñero, pero éste no se da cuenta de su presencia. Ni su acompañante.

III.

–Era bueno. Tiene un cuento chidísimo que se llama… –Eusebio se lo piensa un momento, tocándose la barbilla; esa barba canosa, como su cabello—…»La Cordillera”. Sí, “La Cordillera”.

–Muy bueno –interviene uno de sus alumnos.

–¿Verdad que sí? Viene en uno de sus libros de cuentos, en uno que se llama…

Gente así –dice el alumno.

Ese alumno soy yo.

Poco después le regalé ese volumen a un colega de aquel taller que aquel día se aventó un tremendo espectáculo alcohólico/boxístico. Qué iba a imaginarme que luego yo leería, también, Más gente así, y que a ese par de libros de relatos, crónicas entremezcladas con cuentos, un goce narrativo completo, los pondría en la cabecera de mi cama, junto a mis otros libros favoritos.

Hoy se les une el tercero, que se publicó póstumo, hace casi un par de años, llamado (por qué no) Mucho más gente así. Un libro que hoy vengo a recomendar a partir de este relato, de esta crónica. De este recuerdo que me temo adulterado.

Y de una invención. Como hizo Leñero, a quien nunca conocí, con esos tres libros que tanto quiero.



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