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No todos los lectores son buenos: Las lecturas de los tiranos
Iván Farías comment Un comentario

Una máxima que nos repetimos mucho es que leer nos vuelve mejores personas. La hemos visto en memes, campañas de lectura y de vez en vez, sale de la boca de personas bien intencionadas… ¡que no leen ni un libro al año! Sin embargo, los libros han cambiado a muchas personas, para bien, se entiende. La lectura ha creado líderes humanistas, gente más compasiva y a muchos otros les ha abierto los ojos para transformar su vida. Pero como en todo, la excepción hace la regla.

Los libros de Auschwitz

Cuando pensamos en el Mal a nuestra mente llega la imagen del Diablo o la de Hitler. Cosa curiosa, el dictador nazi era un gran lector (además de amante de los animales y coqueteaba con el vegetarianismo). Prefería las doctrinas místicas, ya que “coleccionaba” objetos relacionados con ciertas religiones. Digo “coleccionaba” porque es sabido que en sus invasiones saqueaba museos y lugares de culto. Muy crítico del cristianismo, leía activamente libros sobre esta religión. Nos cuenta Timothy W. Ryback, el diplomático que dedicó poco más de seis años en analizar la biblioteca del líder alemán, marcaba párrafos y apuntaba cosas en los libros.

Aunque Hitler despreciaba la ficción, además de filosofía e historia, leía algunos libros de narrativa, nos revela Ryback. Entre ellos estaba Don Quijote, el clásico de Cervantes. También era lector de Shakespeare, de quien tomó algunas frases para crear su particular ideología, de la misma manera que descontextualizó a Frederick Nietzsche. Otros libros que estaban entre sus favoritos eran Los Viajes de Gulliver, Robinson Crusoe y La Cabaña del tío Tom.

Su biblioteca era enorme, un hecho que compartiría con otros personajes de su calaña, entre ellos Augusto Pinochet, Josef Stalin, Enver Hoxha y Sadam Hussein.

Los libros de Gulag

Joseph Stalin, el líder soviético, afirmaba: “Si quieres conocer a la gente que te rodea averigua qué leen”. Stalin, un hombre venido de abajo, a diferencia de Trosky o Lenin, llegó a acumular más de veinte mil libros en su biblioteca. Se dice que era un gran lector, uno muy voraz. Algunos de sus biógrafos afirman que llegaba a leer entre 300 y 500 páginas al día. Jonathan Brent, director de la Yale University Press, tuvo acceso a los archivos de Stalin, experiencia que dejó por escrito en Inside the Stalin Archives: Discovering the New Russia.

Por esa y muchas otras razones se sabe que tenía predilección por los autores de su patria, entre ellos, claro, Anton Chéjov, Tolstói y Fiódor Dostoievsky, a quienes citaba constantemente en discursos, además de recomendarlos en su círculo cercano. Otro narrador que disfrutaba era Émile Zola, en especial la novela El Paraíso de las Damas.

Un libro que lo marcó claramente fue La psicología de las masas, de Gustave Le Bron, además, de claro, El Príncipe de Maquiavelo. Muchas de las ideas expresadas en ambos títulos las puso en práctica en la realidad. Tampoco es extraño saber que tenía una copia de Historia de la Revolución Rusa, de León Trotsky. Libro con el que dialogaba a la distancia, a través de anotaciones, con quien fue su mayor enemigo.

Los libros del Estadio Monumental

Para muchos fue una sorpresa enterarnos al ver una foto, que Augusto Pinochet, el dictador genocida de Chile, leía a Antonio Gramsci, o cuando menos eso quería hacernos pensar. Y es que Pinochet siempre quiso ser visto como un intelectual, como un hombre de conocimiento.

Se sabe que su biblioteca personal era de más de 55,000 ejemplares y estaba valorada en 2,560,000 dólares. Tenía incunables, piezas únicas e históricas. De querer aparentar hasta escribió varios libros, el más famoso fue Geopolítica, donde plagió vilmente al que era su maestro, Gregorio Rodríguez Tascón.

No sabemos si era un ávido lector, pero como afirma Juan Cristóbal Peña autor del artículo “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, era un gran comparador de libros usados. Entre ellos estaban varios libros sobre marxismo, sobre política de las décadas de los 60 y 70. Además de muchos libros prohibidos por él en Chile. Al parecer estaba obsesionado con Napoleón Bonaparte, de quien tenía varias biografías y once estatuas miniatura.

Los libros del Valle de los Caídos

Ricardo Bada se pregunta con sorna si Francisco Franco leía en un viejo artículo en Letras libres. Y pues, pese a que escribió un libro y pintó varias copias de pinturas famosas, que trataba de mostrarse como un hombre de mundo y docto, que sus alabadores insistían e insistían que leía mucho, en ninguna parte especifican ningún título; a los más que llegan a decir es que “leía libros de divulgación o de pensamiento cristiano”. En una entrevista dada en su casa al periodista Juan Ferragut de la revista Nuevo Mundo, afirmó leer a “Benavente y las novelas de Alarcón”. Es decir, a dos de los grandes pesos pesados de la literatura española. Aunque, como afirmaba su hijo, su esposa y muchos de sus biógrafos, su pasión era la pintura.

Epílogo

Ramiz Alia, el dictador albanés, tenía en su biblioteca personal libros de autores que no podían leer sus gobernados: Nabokov, Baudelaire, Camus o Kafka. Lo cual es algo que se repite constantemente en varios de estos regímenes. Respecto a esto Gazmend Kapllani, escritor y compatriota del dictador, quien tuvo oportunidad de entrevistar, le preguntó porque él sí podía leerlos y la población no. Paternal, Alia le contestó: “La mente de la gente no estaba preparada para estos libros. Es lo mismo cuando un padre quiere proteger a su hijo del mal”.

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