Louis-Ferdinand Céline

En 1924 se doctoró en medicina y trabajó cuatro años para la Sociedad de Naciones. Su primera novela, Viaje al fin de la noche (1932), lo reveló como un narrador excepcional. La extraña conducta de este negador de todo, colaboracionista del gobierno de Vichy, lo obligó a huir a Alemania y Dinamarca, donde fue condenado a muerte y después indultado. En 1952 regresó a Francia y permaneció en París hasta el año de su muerte. Fruto de las amargas experiencias de sus últimos años son Fantasía para otra ocasión (Lumen, 1998), De un castillo a otro (1957), Norte (1960), Rigodón (1969) y Cartas de la cárcel (Debolsillo, 2012), un libro en el que se recogen las cartas que el autor escribió a su mujer, Lucete Destouches y a su abogado, Thorvald Mikkelsen, desde la cárcel Vestre Faengsel entre 1945 y 1947.
Un autor controvertido por sus ideas políticas pero con un innegable mérito literario, escribe Vargas Llosa sobre Céline:

El mundo de estas dos novelas, narradas ambas en primera persona por un Ferdinand que parece ser el mismo (en Muerte a crédito cuenta su niñez y adolescencia hasta que se enrola en el Ejército y, en El viaje al final de la noche, su experiencia de soldado en la Primera Guerra Mundial, sus aventuras en el África y en Estados Unidos y su madurez de médico en los suburbios de París), sería intolerable por su pesimismo y negrura, si no fuera por la fuerza cautivadora de un lenguaje virulento, pirotécnico y sabroso que recrea maravillosamente el argot popular y finge con éxito la oralidad, y por el humor truculento e incandescente que, de tanto en tanto, transforma la narración en pequeños aquelarres apocalípticos. Estas dos novelas de Céline, más que para ser leídas, parecen escritas para ser oídas, para entrar por los oídos de un lector al que los dichos, exclamaciones, improperios y metáforas del titi parisién de los suburbios le sugieren todo el tiempo un gran espectáculo sonoro y visual a la par que literario. Qué oído fantástico tuvo Céline para detectar esa poesía secreta que escondía la jerga barriobajera enterrada bajo su soez vulgaridad y sacarla a la luz hecha literatura. (El País, 2008).

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