Los universos alternos en la literatura infantil y juvenil

«Los minutos, aunque tengamos muchos,
son como las monedas que escapan por un bolsillo roto
y hay que gastarlos rápidamente en cosas inolvidables. »
Patricio Betteo

De niños vivimos el tiempo como en otra dimensión, o más bien su expresión y sensación aparece ante nosotros en una magnitud mayor, que no pasa pronto por muy disfrutable que sea. Todo un privilegio. Sólo que el tiempo es variable, se reduce conforme crecemos, no sólo porque se acabe a cada instante, sino porque se aprecia distinto, se aprecia más y se atesora inútilmente —como le pasa a la gente que rodea a Momo, entrañable niña que ha sabido escuchar junto a generaciones de lectores—, hasta un punto en que podríamos tomar una decisión importante para la vida: que nadie nos dirá qué hacer, esto o aquello o lo de allá, como dice el ilustrador Patricio Betteo dando voz y reinterpretando a un personaje mítico de la literatura infantil, Alicia: “hay que cuidar todos nuestros minutos, que son nuestros, y debemos usarlos sólo en asuntos exclusivos de nuestra voluntad”. Qué maravilla darse tal lujo.

Antes de llegar al momento en que no hay vuelta atrás para la percepción de las cosas, la infancia da cabida a la posibilidad de episodios atemporales, cotidianos pero sin reglas —pongo por caso a Elefante y Cerdita en Estamos en un libro, de Mo Willems—, peripecias fantásticas en las que el sueño, la magia, las criaturas insólitas y los territorios alrevesados invaden ricamente el mundo convencional. Todo ello con frecuencia acompañado por un gran sentido del humor de autores como Rick Riordan, David Walliams, Wendy Meddour o John Dougherty.

Desde hace tiempo, en historias occidentales protagonizadas por niños ha habido también relatos realistas, donde no todo es posible pero se abordan la amistad y la integridad, la libertad y la decisión, historias que se desarrollan en un cauce de aventuras sorteando contextos difíciles; por ejemplo, el racismo y el abuso familiar y social en el entorno de Huckleberry Finn y su amigo Jim, que huyen río abajo de las normas establecidas, algo natural del espíritu infantil y juvenil.

Y la experiencia juvenil se vuelca aún más a la exploración, a los universos alternos, a lo sobrenatural, al sentido de la existencia y a aquello que podría ofrecer la ciencia y la cultura en el futuro si nos ponemos a especular, a figurarnos cómo sería la realidad si tenemos tales o cuales ocurrencias cosmológicas o distópicas —como en la trepidante historia futurista de Illuminae, de Kaufman y Kristoff—, variados conceptos que en algunos casos han logrado colarse como inventos tecnológicos reales de la civilización humana.

En un plano de cierta oscuridad que nos habita, vienen a cuento relatos a caballo entre la magia y los recuerdos familiares, la sutileza y lo complicado, la supervivencia a poderes adormilados que están a punto de reavivarse, a misteriosos seres que no dan tregua a nuestro inconsciente o siquiera a nuestra comprensión: un océano casi tan insondable como la explosión del firmamento, como sucede en las historias imaginadas por Neil Gaiman, quien concibe irrealidades paralelas y a veces estremecedoras para sus lectores, chicos y grandes.

Por supuesto no podemos dejar a un lado el aspecto romántico que se deja ver en muchas de las historias dirigidas a niños y jóvenes, como en el simpático caso de Agu Trot, relato de Roald Dahl que da cuenta de un amor secreto, dulce y tenaz, y del ingenio para conseguir la reciprocidad del ser amado; o en el intenso desencuentro de pasiones de Te daría el sol, de Jandy Nelson, cuya narración tantea por los abismos de las mitades perdidas del amor desde vínculos varios, pero se recrea en el impulso extático y recompone a sus personajes gracias al placer de la creación artística que les hace experimentar.

Hay por descubrir un extenso repertorio de autores y títulos que traen consigo desde curiosidad hasta diversión, rozando el suspenso y planeando sobre el paso de la niñez a la adultez.

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