Grandes inicios de novela… y otras vainas

No recuerdo, ni hace falta ahora, qué escritor declaró: Si el primer párrafo de una novela no atrapa al lector, no lo logrará nunca y más bien puede irse despidiendo de él, que acabará botándola. En cambio, sí me consta que Carlos Fuentes suscribía esta misma convicción, como alguna vez me aleccionó. De hecho, cuenta Sergio Ramírez que en una tertulia donde ambos estaban presentes, además de otras personas como quizás Héctor Aguilar Camín y Federico Reyes Heroles, Fuentes postuló que las novelas inolvidables, las que en verdad nos dejaron impronta, son aquellas de las cuales recordamos sus líneas iniciales para siempre. Por ejemplo, para él, estas, de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens:

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; era la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.”

Para Maruan Soto Antaki, el principio de Las buenas personas de Nir Baram vale oro:

“Personas que conocen a otras personas. Todas las historias son lo mismo. Hasta que no exhales el último aliento, el veredicto de tu soledad no será definitivo. Ves el mundo atestado de gente, así que te sientes tentado a creer que tu soledad se va a esfumar sin el menor esfuerzo.”

Y, por si no hubiera quedado claro, yo también opino que los grandes comienzos de novela se quedan con nosotros para siempre. Llevo en mí numerosos ejemplos, pero para concluir les dejaré aquí solamente tres:

De La región más transparente, primera novela del maestro Carlos Fuentes:

“Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México, D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta. Afrenta, esta sangre que me punza como filo de maguey. Afrenta, mi parálisis desenfrenada que todas las auroras tiñe de coágulos. Y mi eterno salto mortal hacia mañana.”

El inicio de De perfil, de José Agustín:

“Detrás de la gran piedra y del pasto, está el mundo en que habito. Siempre vengo a esta parte del jardín por algo que no puedo explicar claramente, aunque lo comprendo.”

Y la del estribo; así comienza Rayuela, de Julio Cortázar:

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua.”

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