Eliseo Alberto, una fábula y una pinga de novela

En el inimaginable año de 1998 leí por primera vez una obra de Eliseo Alberto. Fue Caracol Beach, novela con la que ganó en la primera convocatoria del Premio Alfaguara. El texto de contraportada establece que se trata de “una tragedia griega a ritmo de rock”, ante lo que recuerdo haber pensado “ah, que los editores, tan imaginativos ellos”, pero tras leer la obra entendí que la frase no es un eslogan, sino una descripción. En esas páginas acecha un tigre, un perro es descerebrado contra un muro y todo es destino.

El resto, valga la muletilla, es historia. Consciente de haberme encontrado con un autor que de inmediato se instalaría entre mis favoritos, me leí su Informe contra mí mismo, que me hizo saber ignotas verdades y, sobre todo, pensar en una Cuba muy lejana a la idílica que campeaba en mis deseos. Me hice el propósito de proveerme de La eternidad también comienza un lunes, pero la vida fue de pronto aún más generosa y he aquí que me tocó en suerte hacer una reedición de esa novela. Sé que nos quedó linda, con una pintura de Irma Grizá en la portada, pero lo mejor de todo fue que desde entonces empezaron mi trato con Eliseo Alberto, nuestro gran Lichi, y una serie de conversaciones y peripecias que guardo entre mis recuerdos más queridos.

Entre ellas, el proceso de edición de La fábula de José, que salió con portada del recordado Rapi, hermano de Lichi; haber leído el primer manuscrito de Esther en alguna parte; o aquella visita de Lichi a la editorial, a horas inopinadas (un lunes muy de mañana), sin más propósito que beber café y conversar con su editor. De todo y de nada; de variopintas y peregrinas cuestiones. Una conversación como una paella: con retacería disímil e ingredientes que parecieran ser mutuamente excluyentes, pero con un sustrato que los amalgama y les da cuerpo uniforme. Con muchas risas. Por entonces Lichi traía entre manos la escritura de El retablo del conde Eros (“cuando la estemos trabajando te sugeriré otro título”, le dije; Lichi sonrió benevolente mientras palmeaba mi hombro), así que de pronto me estaba contando sobre un viejo escritor de novelas porno y sobre una Habana pretérita: burdelera, llena de jugos corporales y espectáculos de sexo en vivo, profusa de alcohol y tabaco. “Ya me voy”, dijo de pronto, y el relato continuó por un pasillo flanqueado de escritorios donde se afanaban mis compañeras (pero, de cualquier modo, bien que paraban la oreja para oír a Lichi), mientras lo escoltaba hacia la salida. Así las recuerdo, aunque, claro, más que leerlas, estas palabras habría que escucharlas en toda su cubana resonancia: “En uno de aquellos burdeles había un show muy concurrido. De sexo. En vivo. Con un mulato de erecciones titánicas. Nada guapo, ni musculoso, ni ná de ná. Pero tenía una pinga extraordinaria… indoblegable… prodigiosa… monumental… irresistible…” Aquí una pausa mayor, en la que sin duda Lichi comprendió cabalmente los alcances de ese último calificativo. “Lo bueno”, continuó, “es que yo nunca la vi”.

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