El camino a Jauja: La historia de Mayta

Como en muchas novelas de Mario Vargas Llosa, uno de los personajes principales de Historia de Mayta (1984) es una ciudad: Jauja, primera capital de Perú y centro alrededor del cual gravita el secreto de la identidad peruana. El otro es el hombre que le da nombre a esta historia, el revolucionario guerrillero Mayta, quien se siente atraído por ese asentamiento montañoso en el que, se supone, se encuentra la chispa necesaria para desatar la revolución comunista desde los Andes hacia el país entero.

Cuando Mayta toma rumbo a Jauja se suceden los años más cruentos de la Guerra Fría. La década de los años 50 se despliega en toda su efervescencia ideológica: la persecución soterrada pero sistemática contra los comunistas, los ríos de tinta de periódicos obreros y folletines clandestinos, un clero que se apresta a abandonar la sotana para apoyar la lucha socialista (especie de hermana gemela del cristianismo) y una sociedad en la que late una pulsión no del todo comunista pero sí de naturaleza violenta.

Tiempo después, en los años 70, famosos en Perú y el continente sudamericano por la crudeza de su miseria y delincuencia, un investigador, que también es el narrador principal, se pasea por una Lima tercermundista devastada por la pobreza, la mansedumbre y la putrefacción. Va tras las huellas de Mayta, con el propósito de reconstruir una historia que es también la de la izquierda latinoamericana.

Mayta es uno de los personajes más entrañables a los que ha dado vida Vargas Llosa, y también uno de los más trágicos. En realidad. sólo se le conoce de oídas, como una sombra legendaria y a la vez en ruinas. Niño de origen humilde que pintaba para sacerdote, Mayta toma el camino del revolucionario, primero como alumno y luego como adoctrinador marxista. Admirador de León Davídovich (conocido por todos como Trotski), Mayta busca adaptar la “revolución permanente” del ruso a una “revolución silenciosa” capaz de tomar por asalto al Perú de la desigualdad y los gobiernos de corte militar.

Las técnicas de Vargas Llosa como narrador, el uso magistral de los tiempos superpuestos y la polifonía de voces, están presentes aquí con el brillo de quien ensayo estos recursos en una novela monumental: La guerra del fin del mundo (1989), antecesora de esta historia que el autor llama “la más literaria de todas las novelas que nunca he escrito”. Parte del truco está en que aunque vemos al Mayta más íntimo, también permanece como un misterio que la novela tiene que develar.

Si bien el nobel peruano ajusta cuentas con la izquierda de la que él mismo desertó cuando conoció los horrores del socialismo real, ésta no es una novela política, mucho menos una de politiquería. Es la historia de una cruzada. El recorrido de Mayta del sacerdocio a la guerrilla no es más que el de una fe que tomó las formas de su época, pues Mayta vive y experimenta el socialismo (“la revolución primero, luego todo lo demás”) con una intensidad de misionero que deja de comer para ponerse en los zapatos de los pobres, del exégeta y lector riguroso de las escrituras marxistas que le hace exámenes de teoría política a sus amigos durante una fiesta.

En el trayecto a Jauja aparece toda la gama de contingentes rojos: diletantes; lumpen proletarios y amas de casa que escuchan en secreto los rezos del socialismo; padres alzados en las montañas; un Ernesto Cardenal en forma de fantasma propagandístico; advenedizos que abandonan las armas por puestos en el senado; historiadores que lo mismo cenan con empresarios que con activistas; trotskistas, leninistas y todas las sectas del marxismo. Y en medio de todo eso la fe inquebrantable (descarada) de Mayta, quien al mismo tiempo es héroe, víctima y loco.

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