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Demasiada realidad: Algunas margaritas y sus fantasmas
Marbrisa Ter-Veen comment 0 Comentarios

“Aquí donde tú has estado, donde tu recuerdo se desliza

como un fantasma enviado del Cielo, pasaré las largas horas

hasta que nos unamos para que jamás,

mi Juliet, en día o noche, nos separemos”.

Mary Shelley

Algunas margaritas y sus fantasmas me había estado persiguiendo desde hacía meses. Primero me sedujo por el título; los fantasmas se convirtieron en mi obsesión desde hace ya algunos años. Cuando leí la cuarta de forros supe que estaba frente a una de esas novelas en donde los espectros ya no arrastran cadenas ni van por los pasillos debajo de una sábana, esperando una víctima a la que tomar por sorpresa: los de Paulette Jonguitud son fantasmas de la memoria, del dolor y la angustia, son la materialización del tormento que nos apresa como segunda piel. Mi espécimen favorito.

En su taxonomía de los fantasmas, Peter Underwood —parapsicólogo— estableció ocho variedades, entre ellas “Apariciones relacionadas con situaciones de crisis o cercanas a la muerte”, que Roger Clarke define en La historia de los fantasmas. 500 años buscando pruebas de la siguiente forma:

“El sujeto suele ver o sentir a alguien con quien mantiene un fuerte vínculo en el instante de su muerte o en una situación de grave amenaza para su vida. Estos fantasmas son habituales en tiempos de guerra.”  Y más adelante: “los fantasmas ya no son almas. Los fantasmas constituyen ahora un terreno emocional”.

En la novela de Jonguitud los fantasmas coexisten con los vivos; un acierto de la autora es no ofrecer explicaciones ni mucho contexto, al leer Algunas margaritas… aceptamos el pacto de sumergirnos en la realidad desquiciada y afantasmada de la madre, el Hermano Menor, el Hermano mayor y Óscar. Todos han perdido a alguien. Acudimos a contemplar los estragos de vidas quebradas por el sufrimiento. Sujetos en estado de trauma. La madre le dice a la muñeca de trapo que está cosiendo para casarla con su Hijo Mayor, el muerto: 

“Hay dos tipos de personas […] los que han tenido una pena insuperable y los que han sentido dolor, mucho, muchísimo dolor. […] los que hemos tenido una pena insuperable no sacamos la cabeza y vivimos bajo esa ola que nos revuelca y nos llena la nariz de espuma y nos golpea la cabeza contra la arena y no sabemos dónde es arriba y dónde es abajo y ahí vivimos y no sacamos la cabeza nunca para respirar. Hasta que nos ahogamos”.

(p. 204)

Este fragmento del monólogo de la madre es de las pocas partes de la historia en que se cuenta un poco sobre la familia (Madre, Hermano Mayor y Hermano Menor) y en particular sobre la infancia del Hermano Mayor, quien antes aparece como un fantasma ya crecido del niño que fue en vida, un rasgo nada tradicional de los fantasmas, que tienden a permanecer idénticos, puesto que en la muerte la transformación se frena, incluso el Hermano Menor, mucho más planteado en la Realidad que la Madre, se lo hace notar:

“[…] vino y no sé cómo. Yo estaba dormida y pensé que se había metido alguien a la casa, pero era él y lo reconocí aunque estaba diferente, había crecido, tenía barba cerrada y los brazos gruesos, así como tú pero más guapo […]. La madre sigue hablando mientras él repite casi sin darse cuenta de que sus labios se mueven: “Los hermanos muertos no crecen, mamá, se van, desaparecen”.

(p. 15)

Entrada la lectura, descubrimos con pesar quiénes son las margaritas: muchachas desaparecidas o muertas cuyas fotografías aparecen en los periódicos y que la madre recorta y pega en la pared de su recámara, como en una lepidoteca. Fotografías de personas que existieron. Ella está buscando a la novia ideal para casarla con su Hijo Mayor. Paulette Jonguitud atina al no nombrar los males que afectan a los protagonistas. Toca la violencia contra las mujeres en México sin pornografizarla, igual que las enfermedades que padecen los personajes, al fin no necesitamos los nombres porque el horror que nombran es descrito con precisión, es un secreto a voces, lo conocemos bien.

Por otro lado están Óscar, su hermana gemela que padece cáncer y termina por morir, y los fantasmas de Joseph Merrick y Alan Turing que acompañan a Óscar, quien se empeña en fotografiarlos. De nuevo el sufrimiento inagotable, de nuevo vidas marcadas por el trauma. Tomando como pista el primer epígrafe de la novela llegamos a Spectral Evidence. The Photography of Trauma de Ulrich Baer, dónde es posible extraer la realidad en la que sucede la novela:

“Trauma is a disorder of memory and time. […] trauma blocks routine mental processes from converting an experience into memory or forgetting, it parallels the defining structure of photography, which also traps an event during its occurrence while blocking its transformation into memory”.¹

Y:

“One of the terrible effects of trauma is precisely the replacement of the normal life-world with a suffocatingly hermetic violent universe—a constricting web of forces that ensnares everything with senselessness, contingency, fear. In cases of prolongated trauma, victims appear unable to envision a different universe or question their violent surroundings”. ²

Algunas margaritas y sus fantasmas, en su ritmo mesurado, nos expone las vidas trágicas que se consumen, sin excepción, alivio ni tregua. Condicionadas a la ola que las revuelca.

Es fácil reconocer que vivimos en un mundo en el que el estado de excepción, los eventos traumáticos, se han convertido en presencias constantes. Las atrocidades son tantas —nos bombardean como flashazos de luz—, cada vez más continuas, que casi inevitablemente terminamos por normalizarlas. A base de repetirse sin cesar nos van dejando ciegos: ya sin capacidad de asombro, de indignación, de movimiento, nos convertimos en testigos inertes de la violencia (que ya no consideramos extrema), la devastación, la locura, el hambre, la muerte que nos rodea y comienza a apretarse a nuestro alrededor. Ya nada nos exalta, mucho menos la convivencia con los muertos.


¹ “El trauma es un desorden de la memoria y el tiempo […] el trauma bloquea la rutina de los procesos mentales que convierten una experiencia en un recuerdo o algo que se olvida, es un paralelo de la estructura definitoria de la fotografía, que también atrapa un evento mientras ocurre para bloquear su transformación en la memoria”.

² “Uno de los terribles efectos del trauma es precisamente el reemplazo de la vida-mundo normal con un universo violento, hermético y sofocante—una red aplastante de fuerzas que atrapa lo todo entre la insensibilidad, la continencia y el miedo. En casos de trauma prolongado, las víctimas son incapaces de concebir un universo diferente o siquiera cuestionar los entornos violentos”.

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