Una historia con Enrique Serna

En términos llanos, bastos y quizás incluso precisos, hay destinos David Bowie y destinos Rolling Stones: o eres un innovador que irrumpe cual alienígena para sorprender a todos todo el tiempo y vives en constante cambio, o le suenas a la piñata al primer garrotazo y luego creas fama y te echas a dormir porque para preservar tu estatus te basta con recetarle al público un bien aderezado pan con lo mismo.

No entremos en la metafísica que implicaría discutir estas afirmaciones, que algunos tacharán de herejías o de ignorancia supina y que ahora me sirven para meterme en otra camisa de once varas: usualmente seguimos a un escritor, nos volvemos sus fans y nos proveemos de cuanta obra vaya publicando (o haya publicado) porque tuvimos una venturosa primera experiencia con uno de sus libros y esperamos que los subsecuentes nos den ocasión para repetir ese placer. A veces, esos libros son muy similares entre sí y lo que nos gusta es eso precisamente: las variaciones del mismo tema. A veces, esos libros son tan distintos uno de otro, que incluso llegamos a preguntarnos si en efecto son del mismo autor, y lo que nos mantiene en esa ruta de lectura es la maestría que exhibe para brincar de un registro a otro.

Esto último es lo que me pasa con la obra de Enrique Serna: que me emociona, me impacta y, sobre todo, me sorprende. En suma: puede serlo todo, excepto pan con lo mismo. Lo primero que me leí de él fue El miedo a los animales, novela negra que transcurre en el mundillo de los escritores, editores, poetas, parásitos de la literatura, funcionarios culturales y otras calamidades. Me reí mucho, me sorprendí con los giros de la trama y disfruté de su estilo. Y ahí fue donde me enganché. Así pues, me seguí con El seductor de la patria y supe que también se le da madura la novela histórica. Genial, pensé, que no se halla fosilizado en lo policiaco-thrilleresco. Con cierto escepticismo (comprensible, ¿qué no?) emprendí la lectura de los cuentos reunidos en El orgasmógrafo. Y también me convencieron, cosa harto sospechosa a estas alturas: ¿pues qué, no me las doy de lector duro, difícil de complacer y exigente al extremo? ¿Cómo era posible que a tales alturas no estuviera buscándole tres pies al gato? Y si no se los buscaba, ni lo hago ahora, es porque ya me resultaban ostensibles, por encima de las posibilidades de las variaciones, sus cualidades constantes: la pulcritud de su escritura, su imaginación literaria y su capacidad para administrar dosis de ácida ironía y humor negro incluso en situaciones que tenderían a ser almibaradas.

Pero la cosa fue a más: por razones que ahora no vienen a cuento, estuve a punto de ser el editor de La sangre erguida, que es al mismo tiempo una oda a la verga y una diatriba contra ella, y ahí, ante una novela tan íntima, azotada, gozosa y desgarrada al mismo tiempo, supe que leerme todo cuanto Enrique haya escrito y vaya escribiendo es cuestión de tiempo. El siguiente paso fue involuntario: me regalaron un ejemplar de Las caricaturas me hacen llorar, con el efecto concluyente de hacerme ver también talentoso a un ensayista.

Finalmente en esta historia, que aún me reserva otras lecturas del contramaestre Serna (pero aquí si ya no opinaré), hace poco salió al mercado La doble vida de Jesús, en una edición cuya pulcritud editorial estuvo a cargo de mi equipo y de mí. Ustedes dirán…

Ramón Córdoba

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