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Una conjura para el día de muertos
Ariel Rosales comment 0 Comentarios

Literatura de fantasmas

I.

Los fantasmas son los muertos que regresan al mundo de los vivos. También se les llama “aparecidos” y desde siempre se han contado sus historias. Existen en cualquier tradición popular y conforman un acervo inconmensurable, ubicado en el espacio del folklore y las leyendas de todo el mundo. 

Pero también desde el siglo XIX se hace manifiesto un género literario que tiene como protagonistas a quienes regresan de sus tumbas. ¿Cómo surgió?  En realidad es una especie de mutación de la ficción gótica, esa extraña corriente prerromántica que surge en la segunda mitad del siglo XVIII, básicamente en Inglaterra. 

Hasta puede afirmarse que en este ámbito la palabra clave (en el sentido de keyword) fue, es y sigue siendo “gótico”. 

El fenómeno resulta fascinante. Fueron varios los factores que propiciaron el nacimiento de lo gótico, pero principalmente el convencimiento de que lo horrendo y lo terrible podían transformarse en fuentes legítimas de lo sublime.

Dos libros se establecen como los primordiales: El castillo de Otranto de Horace Walpole (1765) y El monje de Matthew Lewis (1796). Varios nombres de autoras y autores forman parte del catálogo de góticos de esa época: Ann Radcliffe, Ch. R. Maturin —autor de Melmoth el errabundo (1820), reconocida como obra cumbre de lo gótico—, Clara Reeve y Sophia Lee, entre otras. 

La influencia gótica es tan amplia e intensa que está presente, por ejemplo, en un clásico del XIX: Cumbres Borrascosas de Emily Brontë (1847). Para algunos es el ejemplo más brillante de lo gótico, “al expresar la  terrible posibilidad de una pasión tan intensa como para trascender la barrera biológica entre vivos y muertos” (Patrick McGrath).

Emily Brontë

Pero hay un genio vinculante, quien muere dos años después de la publicación de la gran novela de Emily Brontë: Edgar Allan Poe. En la obra de este escritor lo gótico se interioriza y, como se ha postulado, “inicia una exploración sistemática de los estados extremos de la alteración psicológica” (Bradford Morrow).

II.

Gracias a los predecesores ingleses, pero, sobre todo a Edgar Allan Poe, el terreno queda abonado para que germine y se desarrolle la literatura de fantasmas, en su impulso inicial de ghost story (relato de fantasmas). Lo que aquellos pioneros góticos buscaban era producir un estremecimiento en el lector, muy profundo en el caso de Poe. Pero a diferencia de este, que prefirió el relato, quienes fundaron el género gótico optaron por la narración más extensa, es decir, por la novela, al igual que Brontë.

Sostener la tensión del terror durante muchas páginas resulta muy difícil. Por ello, con el propósito de inquietar, estremecer y espantar al lector sin pausa alguna, los autores del nuevo género eligieron el relato corto. También dejaron atrás los ambientes de castillos medievales, con sus pasadizos y sótanos misteriosos. Lo que realmente les importó fue “jugar con el escepticismo del lector y utilizarlo contra él como una especie de llave de judo psicológico” (Rafael Llopis). 

“Crees o no crees en fantasmas”, reta el autor al lector. “Pues léeme –parece alegarle–, y al menos en el espacio de mi cuento no tendrás más remedio que sentir el tremendo miedo que soy capaz de provocarte a través de mis creaciones cuasi sobrenaturales”.

Quien hace madurar el género es el irlandés Sheridan Le Fanu (1814-1873). Llamado  el “Príncipe Invisible” a causa de su misantropía, siempre escribió relatos estremecedores y de factura magistral (“Carmilla”, “Shacklen el pintor”, “Té verde” y unas decenas más). Otro gran maestro de la ghost story, M. R. James (1862-1936), dejó el siguiente testimonio sobre Le Fanu:

“Después de leer todos sus relatos, este es mi firme veredicto: nadie dispone la escena mejor que él, nadie acierta en el eficaz detalle con más habilidad”.

“Carmilla”, para muchos su principal narración, cuenta entre sus múltiples aciertos el haber fundado la literatura de vampiros e introducido el tema lésbico en plena época victoriana. Pero este relato precursor —más bien novela corta— no sólo estremece al lector sino que lo sacude y perturba, merced al desenfreno contenido y perfectamente articulado por Le Fanu a lo largo de toda la narración. No en vano la protagonista (muerta en vida) está inspirada en la “Condesa Sangrienta”, Isabel Báthory  (1560-1614), aristócrata húngara, quien sin duda es la multiasesina más funestamente célebre de la historia.

“Teníamos la acostumbrada novela del señor Le Fanu junto a la cama, la lectura ideal para después de medianoche en una casa de campo”, escribió Henry James (1843-1916), valorado como el creador de la novela psicológica moderna y uno de los grandes narradores de todos los tiempos. James también tiene el mérito de haber escrito un clásico del género: Otra vuelta de tuerca (1898). Sólo vamos a consignar el hecho, porque en esta misma entrega se aborda con detalle la memorable novela gótica de James. Lo que sí hay que agregar es que en ella está encarnada una de las cualidades esenciales del género, llámese ghost story, terror o gótico: lo numinoso.

III.

¿Qué es lo numinoso? El término fue acuñado por el teólogo y fenomenólogo alemán Rudolf Otto (1869-1937), en su obra Lo santo (1917). Se refiere a la irracionalidad del sentimiento religioso. Lo numinoso es “por un lado, mysterium tremendum, es decir, algo que aterra y estremece al ser humano; es lo ´totalmente diferente´, lo que nunca coincide con el hombre ni con el mundo… Por otro lado lo numinoso es ´algo singularmente atractivo atrayente, cautivador, fascinans´. Ambos aspectos, lo tremendo y lo fascinante, están indisolublemente unidos” (Manuel Fraijó).

Quien mejor ha explicado esta propiedad numinosa de la literatura de fantasmas, terror o gótica es el crítico hispano Rafael Llopis. Lo numinoso-como-ficción, sostiene, surge cuando las creencias religiosas empiezan a ser cuestionadas y negadas por la razón positiva. Es esta una auténtica mutación: el escepticismo derivado de la evolución científica hace que lo numinoso se refugie en el arte, en la literatura. Y el temor a los muertos encuentra su propio refugio en la narrativa sobre “entes fantasmáticos”.

Esta idea de lo numinoso, postulada por Otto, también la hace suya Mircea Eliade (1907-1986), sin duda el mayor historiador de las religiones del siglo XX. Revolucionó esta disciplina y escribió una vastísima obra, dentro de la cual se cuenta Lo sagrado y lo profano (1957), un libro donde siguiendo al teólogo alemán expone y expande su teoría filosófica sobre el origen de las religiones.

Pues bien, Eliade, también fue un destacadísimo narrador, quien  escribió casi todas sus novelas y cuentos en rumano, su idioma de nacimiento, a diferencia de buena parte de sus libros científicos, escritos en francés e inglés. En 1935 publicó La señorita Cristina (Domnisoara Cristina), traducida al español por Lumen (1994). 

“Esta novela cuenta la historia de un muchacha hija de terratenientes que murió asesinada a los treinta años en una revuelta campesina; sin embargo, ella se obstina en sobrevivir, se alimenta de sangre, quiere comunicarse a toda costa con los vivos y pretende seguir siendo deseada y amada, para lo cual corrompe a su sobrina de diez años”. Maestro en el manejo de lo numinoso (en este caso lo numinoso negativo), espacio que conoce mejor que nadie como teórico de las religiones, en La señorita Cristina Mircea Eliade“logró crear un clima fantástico —hecho a partes iguales de abyección, horror y sensualidad—, raramente alcanzado dentro del género”.

Quizás sólo le compita Otra vuelta de tuerca.  

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