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Un asesino serial, un catálogo de fracasos y el olor inolvidable del buen café
Sobre La velocidad de tu sombra de Jorge Alberto Gudiño Hernández
Arturo Valadez Cosme comment 0 Comentarios

La muerte es ubicua en la Ciudad de México. Su sombra reina en las los callejones y en los juzgados, en las cárceles y en las vías rápidas, en los cuerpos abusados de las mujeres y en el corazón de los hombres.

Una de las lecturas que permite La velocidad de tu sombra, séptima novela de Alberto Gudiño, es la de erguirse como amargo testimonio de la violencia trivializada, convertida en sustancia cotidiana y casi anodina, que se vive en la inmensa urbe cualquier día normal.

Lo interesante del texto es que, no obstante ser puntualmente cierto lo dicho, la narración fluye vertiginosa y amena, vertebrada por una trama policiaca y no exenta de humor.

Es precisamente en este carácter dual donde conviven sin anularse diversos pares opuestos —densidad y ligereza, tragedia y comicidad, amor y odio, entre otros— que cabe ubicar el mayor mérito de la novela y el secreto de su tensión dramática, cuyo efecto es mantener el interés del lector de principio a fin.

En efecto, el tercer libro de la serie que tiene como protagonista al policía Cipriano Zuzunaga se inscribe de lleno, igual que sus antecesores, en el género novela negra. A diferencia de la policiaca o detectivesca, ésta se caracteriza por privilegiar el desencadenamiento de los sucesos sobre la armazón lógica que lleva a la resolución del crimen. En esto Alberto Gudiño es un maestro. A lo largo de las tres obras ha perfeccionado un estilo de escritura formada con frases breves, casi telegráficas, que confieren a los acontecimientos descritos un ritmo intenso y acelerado con el que atrapa al lector.

En consonancia, el infrecuente empleo de la narración en segunda persona permite al autor —lo que no es fácil— pasar del “interior” del personaje principal a la trama “externa” sin solución de continuidad, contribuyendo de esta suerte al vértigo narrativo, en el cual también quedan subsumidos los diálogos.

En Tus dos muertos, Gudiño Hernández nos presentó a su personaje, un capitán de la Policía Judicial degradado —no sólo jerárquicamente—, que investiga el asesinato del hijo de un diputado y se encuentra con su propio pasado. En Siete son tus razones, Zuzunaga se involucra en un peligroso juego de espejos marcado por la venganza y los odios familiares. En ambos libros desarrolla un catálogo de bien delineados personajes secundarios —Lola, La Amarilla Nelson, su propia hija (Leslie), Nat y su bebé, Alvariño y el procurador, entre otros—, que reencontramos en La velocidad de tu sombra.

Aunque varias historias transcurren en las páginas de la novela, son dos sus principales líneas argumentales. Una de ellas trata el caso de un asesino serial que mata a conductores en la carretera urbana de la Ciudad de México; sus crímenes en principio pasan inadvertidos y, más tarde, merecen la casi total indiferencia de las autoridades y los medios. Únicamente un periodista, el propio Zuzunaga y El Pitaya, su nuevo ayudante, se interesan por la ola de muertes que a menudo se adjudican a accidentes de tránsito. De una manera un tanto fortuita y desorganizada los tres se unen para localizar al multihomicida.

La otra vía de acción dominante está asociada con el intento de matar al procurador por parte del propio Zuzunaga, para lo cual se vale de vidrio finamente molido integrado a una botella de tequila que le obsequia. La tensión creada por la posibilidad de que el funcionario descubra el atentado, en la cual convergen diversas traiciones y venganzas, se encuentran entre las más emocionantes páginas del libro.

Junto a los dos temas dominantes, Gudiño Hernández genera una serie de historias magistralmente enlazadas con la personalidad y el desempeño dramático de los personajes, de modo que nunca parecen disquisiciones o digresiones, sino episodios que efectivamente concursan en un solo cauce argumental. Entre éstas destacan la relación de Zuzunaga con su hija, quien le pide la urna con las cenizas de su madre, Sonia, que él rompió en un ataque de ira; la historia familiar de Nat, tocada por el incesto; la fallida amistad entre el detective y Pabilo, el forense; el comercio necrófilo que éste cultiva junto con su jefe Alvariño; los terremotos registrados en el mes de septiembre en la Ciudad de México y la diversas conductas de la población ante la tragedia; el amor malogrado entre Zuzunaga y Lola, asustada por la violencia con la que él la defiende de su exmarido golpeador; la corrupción del sistema de justicia del país, con sus infames vericuetos; la normalización de la venta de drogas en la ciudad y sus violentos códigos; la actitud protectora del protagonista hacia Nat y su hija, que prevalece sobre su deseo de la adolescente, lo que incluso para él es sorpresivo.

Este catálogo de horrores y fracasos da la impresión, como se dijo al principio, del amargo testimonio de un mundo sombrío y sin esperanzas. Sin duda el logro más entrañable del libro es que, en medio de estas negras historias, la compasión y la ternura permanecen intocadas.

 

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