Roberto Bolaño o el espíritu o la ciencia o la ficción

Hasta hace relativamente poco tiempo —digamos, hace cinco o seis años, cuando era reciente la publicación de 2666 en inglés—, parecía que Roberto Bolaño tenía la mesa servida para el gran banquete de la inmortalidad literaria. Con esto quiero decir: parecía que Roberto Bolaño accedería sin problemas a esa difícil condición o ese selecto club del canon total, el canon irrefutable. ¿A qué me refiero con esto del canon total? Pues a ese selecto club, decía, de escritores que son aceptados (e incluso admirados, e incluso leídos) por los extremos opuestos del espectro crítico. Conocemos bien esos bandos opuestos: de un lado están los duros y rebeldes, los románticos irredentos, podríamos decir, los hijos e hijastros del limo, los que no admiten nada que huela a tradición o institución o buenas maneras, los que proclaman que la única tarea digna de la literatura es la destrucción de la literatura; del otro, por supuesto, están los duros y correctos, los guardianes del precioso centeno del establishment, los clásicos de aparador, los que sostienen, sin decirlo, que el fin de la literatura es la construcción de la catedral de la literatura (donde se reparten becas y premios y direcciones y secretarías).

Parecía, pues, que Roberto Bolaño se sentaba a la mesa de ese ambiguo y amplio banquete. Sin embargo, a últimas fechas, le han retirado la silla o le han pedido, al menos, que muestre nuevamente su invitación, para que los censores puedan determinar si es auténtica. Los rebeldes sin fin ya no están muy seguros de querer aceptarlo como uno de los suyos: es demasiado popular, demasiado merecedor de elogios de Vargas Llosa, demasiado póstumo. Los santones oficiales tampoco confían en él —aunque, para ser sinceros, nunca lo hicieron—. Y, por supuesto, cuando hablo de santones oficiales me refiero a los santurrones mexicanos, los contemporáneos de Bolaño, a quienes Roberto les comió el mandado, a quienes ofendió gravemente al no querer participar en el gran juego de la corte. (Esto último, por cierto, se dice con fruición y frecuencia, aunque pocas veces se escribe; no vaya a ser que quede constancia.)

¿Qué hacer entonces? ¿En qué oasis salvamos o en qué desierto perdemos la obra feroz y luminosa de Roberto Bolaño? No lo sé. Sé que a esa obra le debo un mejor texto, un ensayo de a deveras: es decir, una carta de amor. Estas líneas no son esa carta; son, apenas, un mensaje escrito y enviado a las tres de la madrugada, cuando ya todo está perdido y quiero decirle que la quiero y que la extraño siempre. (A la obra de Bolaño y, por supuesto, también…)

Sólo adelantaré aquí una cosa: creo que la dificultad para canonizar a Roberto Bolaño —y por canonizar sólo quiero decir: disfrutar plenamente— se debe no sólo a coyunturas, circunstancias y conveniencias críticas, sino a la misma ambigüedad de la literatura de Bolaño. Una ambigüedad que no es accidental ni defectiva, sino minuciosamente deliberada. Hay, en todos los cuentos y poemas y novelas y ensayos de Bolaño, una permanente tensión entre melancolía e ironía, entre erosión y ceremonia (es decir ritual) (es decir fiesta). Es como si nunca supiéramos si, a cada falsa disyuntiva, se estuviera burlando despiadadamente de nosotros, o bien estuviera padeciendo un ataque atroz de solemnidad y cursilería. Y lo cierto es que no podemos saberlo. Porque su literatura camina sobre la delgada línea que separa ambos estados, la delgada falla telúrica que es el mundo y que acabará con el mundo.

Quizá por ello Los detectives salvajes sigue despuntando como el buque insignia de la flota. No es el mejor libro de Bolaño, ni siquiera su mejor novela (este puesto se lo pelean 2666 y Estrella distante, aunque casi siempre gana la primera), pero sí el más representativo de esta ambigüedad esencial. Los detectives parten de dos premisas: 1) ese lugar existe y 2) no llegaremos nunca; y la novela es el desarrollo de esa pesquisa, tan cándida como incrédula. Así, la novela admite dos lecturas contrarias: por una parte, es, efectivamente, la celebración del artista adolescente, del poeta como una especie de héroe trágico que vive a la intemperie —no es extraño que esta novela cosechara byronianamente adeptos en mi facultad de filosofía y letras, en las exequias del siglo xx—. Bolaño rinde homenaje a ese mundo de lecturas de café, talleres literarios y despropósitos; fue ahí donde se formó y donde asumió la escritura como una apuesta de vida o muerte. Pero, al mismo tiempo, Los detectives salvajes es el escarnio de todo ese protocolo de pubertad y presunción, la ridiculización del emperador que se pasea desnudo por las calles de la autoproclamada República Independiente y Soberana de las Letras. La celebrada novela de Bolaño admite ambas interpretaciones, pero cobra su verdadera y compleja dimensión en una tercera lectura, que la descifra como un canto tanto a la inocencia como a la experiencia.

Ya me extendí demasiado en este mensaje de texto. Sé que lo leerás mañana, que ya estás dormida y que nada de esto tiene sentido. O muy poco. Sé que te malmiran los exquisitos de uno y otro bando, pero a mí eso no me importa. Comprendo, como dijiste en ese ensayito perfecto que es “Literatura + enfermedad = enfermedad”, que “los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado ahí”.

Sé que ya te lo había dicho antes, pero, bueno, ahí está otra vez.

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