(Re)visita al canon latinoamericano

La idea del canon ha acompañado a la literatura universal desde hace mucho tiempo. De Aristóteles a Bloom, de Shikibu a Calvino, de Pound a Cervantes, el separar a “los mejores” autores de una rama –por género literario, por nación, por lenguaje, por generación, por sus diferencias cromosomáticas o por cualquier otra cosa– es una de las grandes actividades de la crítica.

Práctica de la cual los grandes pensadores nunca han podido alejarse.

De ahí que no extrañe que Carlos Fuentes se haya aventado a eso. Lo hizo primero con el texto La nueva novela hispanoamericana. Y lo volvió a hacer, con más fuerza, en La gran novela latinoamericana.

El libro está planteado a partir de una idea: desde la colonia hasta la actualidad, la novela en Latinoamérica ha seguido tres líneas diferentes. La primera es el deseo de lo que debería ser (desde Utopía, de Tomás Moro), la segunda es el deseo de lo que puede ser (desde Elogio a la locura, de Erasmo de Rotterdam), y la tercera es el deseo de lo que es (desde El príncipe, de Maquiavelo). Es desde ahí desde donde Fuentes forma su propio canon de la novela creada en América Latina (aunque se toma el tiempo de destacar a poetas como sor Juana, Sarmiento, Hernández, Darío y Neruda).

Dicho canon tiene nombres que, de algún modo, son de esperarse. Resulta evidente la inclusión de Gabriel García Márquez (el árbol frondoso), Rómulo Gallegos, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Joaquim Machado de Assis, Juan Carlos Onetti, Augusto Roa Bastos o Juan Rulfo (el árbol desnudo).

Resulta necesario poner a Jorge Luis Borges por su peso en la literatura, por más que no tenga novela alguna. Es su influencia, la de “El Aleph” específicamente, la que más interesa a Fuentes.

(A modo de paréntesis, casi literalmente, están Juan Goytisolo y Miguel de Cervantes. El primero, me parece, una rareza. El segundo resulta un camino obligatorio si se habla de novela).

Hay otros nombres, claro, que muchos no suelen tomar en cuenta con el peso que el autor mexicano les otorga. Gente como José Lezama Lima, Nélida Piñón, José Donoso, Agustín Yáñez o Bernal Días del Castillo (el primero en novelizar Latinoamérica, de acuerdo a lo planteado por Fuentes). Es justo el acercamiento a estos autores el que conforma la primera de las tres grandes fortalezas del libro.

La segunda, sin duda, es la posición que Carlos Fuentes ocupa en el boom latinoamericano. Su conocimiento de la narrativa –desde el interior, desde su protagonismo– es una fuente anecdótica importante que ayuda a condimentar tanto sus lecturas como la relación que el mismo ensayo entabla con el lector.

La tercer fortaleza, y una de las cosas más interesantes, son sus apuestas. Fuentes avienta al ruedo títulos y autores que él siente que pueden formar parte de un canon latinoamericano. Nombres como Jorge Volpi, Laura Restrepo, Ignacio Padilla, Isabel Allende, Xavier Velasco, Cristina Rivera Garza, Sergio Ramírez, Margo Glantz, Antonio Skármeta, Daniel Sada, Carmen Boullosa, Alberto Fuguet, Elena Poniatowska, Tomás Eloy Martínez o Ángeles Mastretta desfilan entre aquellos en los que el autor de La región más transparente deposita su confianza para continuar el legado de la gran novela latinoamericana.

Por otro lado, hay que mencionar algo importante alrededor del libro. Como todo canon, hay omisiones importantes con la que algunos lectores pueden no estar de acuerdo. Destaca la ausencia de nombres como Roberto Bolaño, Clarice Lispector, Juan José Saer, Macedonio Fernández y otros más (incluida la del mismo Carlos Fuentes). Esto no demerita de ninguna manera la selección. De hecho son las ausencias las que delatan los límites del camino que Fuentes plantea para recorrer la historia y la actualidad de esta tradición narrativa. Es justo esa propuesta de ruta la que hace de este libro algo valioso para cualquiera que quiera adentrarse en el mundo de la novela latinoamericana.

 

 

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