Pinot Noir

juliomtzriosTE2
Yo soy Constantinopla / Debolsillo, 2013

Té.
Té negro.
¿Té negro?
Si, respondió una voz dentro de mi. Siempre tomamos té negro cuando leemos. Y más si es de noche.

Es un ritual. Un tipo de habito que tengo. Libro nuevo que llega a mis manos merece ser leído con una taza de té en mano en un cuarto lejos del ruido mundano del exterior.
Hay gente que lee con vino. En ocasiones me he preguntado si es solo una copa o una botella o hasta que la lectura empiece a tener sentido…
Quizá ésta habría sido la oportunidad perfecta para intentarlo. Quizá habría hecho la lectura más fácil.

Fue un poco extraño empezar a leer. Al principio, sentí una burbuja estallar en mi estomago cuando ciertas partes me resultaron extrañamente familiares. No porque yo sueñe constantemente con la idea de un México alterno donde Colosio no fue asesinado, llegó a la presidencia y posteriormente se convirtió en un dictador. No… sólo por el simple y sencillo hecho de que en esos momentos me encontraba compartiendo mis ratos libres con un libro introductorio al software de Pro Tools, por razones que en algún otro momento platicaremos. Entonces, el software, frecuencias, horas en el estudio grabando y el efecto que la música puede tener dentro de uno, han sido temas de los que he discutido ampliamente durante los últimos dos años. Y fue lindo tener ese sentimiento de ‘Oh vaya’ cada que hacían una referencia que hacia un sentido en mi vida real.

Hasta el momento donde se me presentó un diagrama de cómo estaba estructurada la canción (con propiedades de algún tipo sobrenaturales) en dicho software. Verán, parte de la historia trata de un músico tan adelantado a su época y tan tocado por las musas, que sus canciones producen que la gente se desinhiba por completo y se agarre a quien sea que esté a lado. Algo así como lo que sucede cuando uno escucha John Mayer después de cuatro cubas y media.

Ahora, no he llegado al capitulo donde se hablan de diagramas en el software, por lo que pedí asesoría con la persona que le sabe al asunto y me contestó que eso no era un diagrama de Pro Tools. Y fue entonces que me adentré en un túnel que ocasionó el humor que prevaleció durante el resto la lectura. Un humor que se describe con la siguiente expresión: o sea, ¿qué pedo? (el acento se deja a la discreción del lector).

Aun así continúe, esperando algún tipo de explicación maravillosa que me hiciera sentir mindblown mamon. Y claro, para este entonces, las expectativas ya eran bastante altas. ¿Qué habría hecho al autor hacer un diagrama inexistente en la vida real? ¿Qué explicación nos iba a dar al respecto? ¿Sería teóricamente posible recrear dicho diagrama en nuestra realidad? Oh unknowable universe!

¿Alguna vez han ido a comprar un helado con un sabor en mente, tan en mente, que lo pueden casi saborear y en el momento en que piden dicho sabor el vendedor les dice que no hay? Así se siente leer Yo soy Constantinopla.

Llegó un punto en donde me di cuenta que no estaba leyendo por placer. Había momentos donde retomaba la lectura de malas. No me interesaba ya la historia, lo único que quería saber era por qué estaba pasando lo que estaba pasando. Qué explicación habría después de tantos capítulos inmersos en una narrativa exhaustiva llena de palabras grandes que, en vez de pintar un cuadro para ver la historia en mi mente, pintaban un acertijo abstracto que no lograba ser lo suficientemente interesante para animarme a descifrarlo.

Confundida entre distintos puntos de vista que hablaban de cosas diferentes mientras trataba de unir los hilos de la historia, llegó un momento donde no pude más y me enojé mucho.

Mi pasatiempo favorito había sido reducido a una batalla sin fin con el escritor y su visión. Que, muy en mi opinión, ya era bastante complicada como para agregarle más puntos de vista de los que eran necesarios. ¿O ese era su propósito? ¿Esto es lo que buscaba el señor Martinez Ríos cuando se sentó a escribir? ¿Buscaba sólo confundir al lector? Porque si sí… me pongo de pie y me quito el sombrero.

Andrea Pintado

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