Para nosotros una extensión contenida, Japón

La ruta de entrada a Japón no debiera replicar una guía de lectura sino ventanas a un universo. El magnetismo que hace décadas despertó su cultura en la idea occidental del exotismo visual y filosófico se llamó —por qué no— efecto quimono. Expansivo, ese efecto terminó por caer y, por fortuna, a reconocer las verdaderas capacidades de su expresión. Pero donde hay labores de compresión comienzan los hervideros de cabeza ante una cultura ajena y donde meter la mano resulta asir todo sin tocar nada. La ruta de entrada a Japón es pues la entrada al vacío.

Tal es el caso. En las trampas estéticas que distintas tradiciones perfeccionan, la que convierte a la mitad de Asia en el continente de la contemplación son sus duras referencias a lo anticlimático y la reacción por lo periférico: una réplica de unos modelos que nos asombran por su mirada exigua o su asombrosa rapidez. En la paridad se desmonta el sistema.

En el arte como en la vida, dentro de la inmediata concepción del vacío en Japón se encuentra la complejidad y su estética es oyente pura de la intención. Con una referencia directa a su literatura y que pretende sumarse a todos los aspectos de su vida, como dice el especialista Carlos Rubio, en Japón las historias se detienen. Al mismo tiempo que existe un tren cuya magnitud de velocidad se compara con un proyectil y una famosa calle en Tokio despierta asombro por la cantidad de personas que cruzan de un extremo a otro, hay una —casi inconmensurable— indagación por la simplicidad y el detalle. En una misma ciudad donde conviven armoniosamente la reflexión sobre la naturaleza —durante la entrada a la primavera los noticieros hacen espacio en sus intervenciones para informar sobre el florecimiento de los cerezos en su localidad y los arquitectos mezclan el hormigón alrededor de árboles centenarios que conviven con sus rascacielos— se puede viajar horas sobre la vía sin que el paisaje urbano se detenga.

En la frenética expansión de actividades existe la necesidad de buscar una salida irregular y límite que, pese a su forma, continúe. Alargando esa idea, aquello que se piense vacío es una oportunidad inmediata —obvia— para encontrar algo. De esa misma forma, aunque la paridad comience a entenderse, es imposible someterse al rudo juego del sube y baja.

El arte y la literatura se sientan en la excepcionalidad de Japón —y por extensión original, de China— al lado de la naturaleza, donde se funde sin contraste la contemplación de las cosas para llevarlas en paralelo a la poesía.

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