Oda a la soledad y a todo aquello que pudimos ser y no fuimos porque así somos de Gisela Leal

La anécdota que anima Oda a la soledad no es extraordinaria; la novela, sí. La trama parte de la tentativa de suicidio de Emiliano Rivera del Pozo, exitoso cineasta neurótico que mantiene una tensa —por decir lo menos— relación con sus padres. A partir de este hecho, la autora establece las coordenadas familiares y sociales que están detrás de la decisión: la infancia solitaria del protagonista, en medio de lujos pero sin amor; la indiferencia de una madre, María Helena, soberbia y dominante, más interesada por su estatus socioeconómico, y el bienestar de su hijo mayor —Renato— que en las necesidades del protagonista, a las cuales ella experimenta como exigencias injustas; la vida inercial y timorata del padre, Luis Leonardo, que repite con Emiliano las imposiciones arbitrarias por él padecidas, y se engaña concentrándose en hacer crecer la empresa familiar a costa de su vocación artística y de su incapacidad para enfrentar a su propio padre; la absoluta intransigencia de éste, también Leonardo, quien —traumado porque el desbordado alcoholismo de su progenitor le hiciera perder la fortuna familiar— trabajó desde los ocho años para realizar un proyecto empresarial que se convirtió en destino para su hijo (y por extensión, para sus nietos); el aislamiento rencoroso de la abuela, Genoveva, quien encuentra en las artes y la cultura el pretexto para alejarse de un mundo que considera hostil o, en el mejor de los casos, desagradable, y donde incluye a su único hijo (Luis Leonardo); la decidida ambición de su abuela materna, Graciela, cuya capacidad emprendedora y visión de la moda le permite progresar desde una posición social modesta hasta una desahogada, alimentando con su ejemplo y sus palabras las incontroladas pretensiones de su hija (María Helena); la sombra de su abuelo materno, Damián, apenas advertido en una familia dirigida por mujeres; la insoportable vacuidad de su hermano (Renato), junior consentido e inútil, once años mayor que Emiliano, a quien sus padres y abuelos —muy en especial su madre— consideran la suma de todas las virtudes; y la situación de descomposición social de un país que reproduce la violencia en una magnitud tal que alcanza a cualquier familia —la familia Rivera del Pozo en este caso— a partir de un hecho fortuito.

¿Qué hay de extraordinario en todo ello? Nada. Excepto que la forma como se muestra al lector es una suerte de explicación, es una respuesta a la pregunta “¿Cómo llegó a suceder que el protagonista tomara la decisión de suicidarse?” y, detrás de ésta, a la más importante y general: “¿Cómo llegamos a ser lo que somos?” (la cual, con cierto desparpajo, encontramos disfrazada en el título del libro: Oda a la soledad y a todo aquello que pudimos ser y no fuimos porque así somos). Podría decirse que Gisela Leal tiene más pasión por comprender que por escribir, si no fuera porque la buena literatura trata de la verdad. Y ciertamente, es la sustancia con la que está entretejida la novela, siempre que se entienda que la verdad buscada y mostrada no remite a un hecho o una serie de hechos que podrían postularse de manera científica, sino que es indecible. Si bien la autora aborda las diversas determinaciones causales que constituyen la vida de Emiliano —biológicas, psicológicas, genéticas, familiares, históricas, sociales— nos deja ver que ésta no se reduce a ellas. En otras palabras: muestra la libertad del protagonista en medio de la multitud de datos objetivos de toda índole que lo conforman, la cual es inasible precisamente porque está más allá de las determinaciones. He aquí lo extraordinario de Oda a la soledad —y sin embargo propio de toda gran novela—: busca la verdad de lo que somos en el continuo enfrentarse la libertad al mundo.

Si la frase anterior remite demasiado al existencialismo de la segunda mitad del siglo XX, me apresuro a aclarar que el aire de familia —que sin duda existe— no debe exagerarse. Por un lado, ya sugerí que el tema antedicho es condición constante, o al menos frecuente, en la literatura de cualquier época. Por otro, conviene enfatizar algo que sólo superficialmente es una perogrullada: se trata de un libro actual. No únicamente me refiero al empleo de un lenguaje cotidiano en personas menores a los treinta años —que incluye subdivisiones tribales—, ni a la incorporación de elementos estrictamente contemporáneos —tecnológicos, publicitarios o de moda—, ni a un imaginario colectivo que los posmodernos se niegan a seguir tratando de posmodernidad; me refiero, además —y sobre todo— a la cultura que engloba tales factores (y a la que debe agregarse el saber en general —genética, sociología, psicología, etcétera—) y que sirve como horizonte de interpretación del texto, dando verdadero sentido a su condición de actualidad.

Se trata, en este sentido, de la reinvención —o actualización, si se prefiere— de la novela psicológica. De alguna manera todas lo son, pero aquí se habla más específicamente de aquellos textos que se preocupan por explicar o exponer las acciones de sus personajes como productos de su vida interior o subjetividad. Aunque se trate de un recurso muy antiguo, existe amplio consenso en identificar al siglo XIXStendhal y Dostoievsky— como su época de florecimiento. El siglo XX también se ocupó del género, en particular bajo el impulso del psicoanálisis. La variante que introduce Gisela Leal es —una vez superado el pansexualismo freudiano y la poderosa idea de alma (libertad) en la que el novelista ruso situó los conflictos— multidisciplinaria, pues atiende a diversos factores (historia, sociedad, genética, etcétera) que, introyectados, explican la acción del individuo; y bidireccional, pues hay una dialéctica permanente entre subjetividad y objetividad.

En una época signada por la banalidad de casi todo, incluyendo la literatura — “La época se volvió laxa”, observaba Ezra Pound—, Oda a la soledad debe saludarse como un intento serio, honesto (y en muchas ocasiones divertido) de llamar la atención sobre lo que verdaderamente importa.

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