Lo que las estrellas escriben

Octavio Paz 3

El barrio de Coyoacán es una de las zonas más pintorescas, hermosas y también históricas del D. F. En él han vivido muchos intelectuales y artistas, personalidades como León Trotski y Frida Kahlo. Aquí fue donde Hernán Cortés, luego de tomar Tenochtitlan, estableció su cuartel general. Aún hoy pueden verse muchos de los edificios de los siglos xvii y xviii. Entre ellos se encuentra la Casa de Alvarado, en la calle de Francisco Sosa número 383, barrio de Santa Catarina, que en algún momento se supuso que debía su nombre a Alvarado, el conquistador que dio aquel famoso salto que cuenta Bernal Díaz del Castillo. En realidad parece que fue un comerciante que se apellidaba Alvarado, que tenía menos hechos heroicos en su haber.

Esta casa de Alvarado fue una vivienda particular y luego se convirtió en la Fundación Octavio Paz. Aquí vivió sus últimos años, estando ya muy enfermo. Había sufrido un incendio en su casa de la Avenida de los Insurgentes, en el que perdió parte de su biblioteca, algo que lo afectó mucho y posiblemente haya acelerado su rendición al cáncer. Fue entonces cuando las autoridades le ofrecieron la posibilidad de trasladarse aquí, junto con lo que quedaba de su biblioteca. Así nació la Fundación Museo Octavio Paz.

Este edificio es en la actualidad la Fonoteca Nacional. Yo tuve el triste privilegio de visitar a Octavio Paz poco antes de su muerte en 1998 aquí en esta casa. Conté en más de una ocasión que, estando en la ciudad de México por asuntos laborales, me atreví a llamar a su mujer, Marie Jo, para preguntar por Octavio. Con generosidad, ella me invitó a visitarlos.

Llegué muy conmocionado, temiendo ver a mi amigo en estado de sufrimiento. Octavio se encontraba ya muy consumido, prácticamente no podía hablar, y lo trasladaban en silla de ruedas sólo el par de horas al día que se levantaba de la cama. Pero aun así, al verme me lanzó una sonrisa con el afecto y la complicidad que habíamos tenido durante muchos años. Yo no sabía qué decir, era tal la emoción que me embargaba. Entonces Marie Jo tuvo un gesto maravilloso y le pasó la mano por el cabello mientras decía con ternura: “Mira qué pelo más bonito tiene todavía”. Esa caricia me desgarró, pero también me llenó de vida. Fue la última vez que lo vi.

Aquello me recuerda unos versos que él escribió, casi como una especie de epitafio póstumo, para Ptolomeo, el famoso astrónomo renacentista, aunque probablemente ese epitafio podría servir para el propio Paz: “Soy hombre, duro poco, y es enorme la noche. Pero miro hacia arriba, las estrellas escriben, sin entender, comprendo. También soy escritura, y en este mismo instante, alguien me deletrea”.
 

Fragmento tomado del libro Lugares con genio de Fernando Savater.

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