La isla de la infancia

circa 1890:  Scottish novelist, poet and traveller Robert Louis Balfour Stevenson (1850-1894).  He was born in Edinburgh, and after considering professions in law and engineering, he pursued his interest in writing. A prolific literary career ensued, which flourished until his death in Samoa in 1894. Among his most famous works are 'Treasure Island' (1883) and 'The Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde' (1886) and 'Kidnapped' (1886) .  (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

La isla del tesoro / Debolsillo, 2014

Frente a la casa de Heriot Row está el Queen Street Garden, uno de los lugares que más visitó Stevenson. En esta especie de mínima selva urbana tuvo sus primeras aventuras y se enfrentó con sus primeros piratas. Desde la ventana de su cuarto de enfermo veía este jardín anhelando poder estar aquí jugando, aunque fuera sólo con sus fantasías. Hay un pequeño lago, y en medio una islita. A veces pienso que este lugar, que a la vez es real y mágico, es la verdadera isla del tesoro, la isla de la memoria, de la infancia, la isla de la ilusión que nunca se pierde del todo.

A pesar de su amor por Edimburgo y de la enorme vinculación que tenía con esta ciudad, ya desde muy joven a Stevenson no se le escapaban los contrastes y las diferencias sociales de todo tipo que existían allí. Escribió, mostrando también su mentalidad: “Hay esquinas de calles vulgares, rincones sin historia, casas acomodadas junto a pobres campos de arrabal color café, barrios míseros y lluviosos deglutidos en uno solo hasta casi cuarenta años y que todavía subsisten, sensaciones complejas, lacerantes, consustanciales del genio del lugar. Por su melancolía podría suponer que pertenecen a los salvajes y amargamente infelices días de mi juventud, pero no es así; la mayoría de ellas se remonta a mi niñez, las contemplé mientras caminaba de la mano de mi nodriza, mirando boquiabierto el universo y luchando inútilmente por expresar en palabras sensaciones profundas. Se diría que he nacido con el sentimiento de que hay en las cosas algo conmovedor, de una fascinación y un horror infinitos e inseparables”.

La madre de Stevenson era hija del párroco de Collington, un sitio cercano a Edimburgo. Stevenson solía pasar allí los veranos, donde jugaba con sus primos en el pequeño cementerio. Le encantaban las viejas lápidas y las imágenes de huesos y calaveras, que luego se le presentaban en sus pesadillas. Siempre lo atrajo “la silenciosa poesía de los verdes túmulos y las lápidas ennegrecidas”. A pocos kilómetros de Edimburgo se encuentra la iglesia de Glencorse, rodeada por uno de los cementerios que más conmovieron a Stevenson. “Estaba entonces, como ahora, en una encrucijada, lejos de cualquier habitación humana y profundamente enterrado bajo el follaje de seis enormes cedros.”

Hawes Inn es una hermosa posada frente al mar, uno de los sitios preferidos por el joven Stevenson, y a donde venía con frecuencia. Este lugar le sirvió de inspiración para una de sus mejores novelas: Raptado. En ella un adolescente, David, va a buscar a su tío, el único pariente que tiene, para cobrar la herencia de su padre, quien acaba de morir. Cuando llega, se encuentra con uno de esos personajes de melodrama decimonónico, malvado, que no quiere darle absolutamente nada, y que incluso conspira para que sea llevado como esclavo a Indonesia. David logra escaparse de los piratas que quieren raptarlo con la ayuda de un personaje que es prácticamente el centro de la novela, Alan, un luchador escocés, rebelde, fanfarrón, bravucón, con quien traba una gran amistad. En esta posada es donde ambienta Stevenson el comienzo de la trama.
Es curioso que esa relación entre un adolescente ordenado, de esos que no sacan los pies del plato, como suele decirse, y otro más o menos turbio, rebelde, se da varias veces en la obra de Stevenson. La más famosa desde luego es la amistad entre Jim Hawkins y el pirata John Silver en La isla del tesoro. Aunque Alan no es un personaje tan turbio, también es un rebelde. Esa amistad entre el niño educado para cumplir las reglas y el personaje que está fuera de la ley, pero cuya vitalidad y empuje seducen al muchacho, es uno de los grandes temas de la obra de Stevenson.

Stevenson estudió derecho en la Universidad de Edimburgo, donde se recibió en 1875 con el objetivo de cumplir el deseo de su padre, porque prácticamente no ejerció nunca como abogado. Ocho años más tarde se publicó La isla del tesoro, luego de haberse conocido como folletín en la revista Young Folks. El libro fue un éxito entre los adolescentes, pero también encontró entusiastas lectores entre los representantes más característicos de la Inglaterra victoriana: médicos, religiosos, magistrados funcionarios de Estado, etc. En los dos años siguientes, fue traducido a distintos idiomas, apareció en forma de folletín en diversos países y —como siempre creí, con una gran dosis de justicia poética— fue “pirateado” de todas las maneras imaginables.

Stevenson creó esta historia con el propósito de intentar entretener al hijo adolescente de su esposa durante unas vacaciones en la campiña. Así, comenzó a contarle, noche tras noche, lo que luego se convirtió en el famoso libro. Empezó casi como un juego, porque a Stevenson le gustaba mucho dibujar mapas e hizo uno de una isla, y desde allí comenzó a fabular. El relato, que en principio iba a llamarse El cocinero de mar —por la figura de John Silver, el cocinero pirata que va en el barco—, poco a poco se hizo más complejo. Stevenson continuó la historia durante los meses siguientes, cuando fue con su mujer a los Alpes suizos para reponerse de su sempiterna afección pulmonar. Fue un extraordinario éxito, se convirtió en un clásico casi instantáneo. Empezaron a llegar elogios de todas partes, hubo gente que dijo que desde La Odisea o Moby Dick no había leído nada tan extraordinario. Pese al éxito, a su autor le reportó una cantidad de dinero relativamente modesta, pero se hizo un nombre y dio comienzo a un estilo: empezaron a hacerse imitaciones, se pusieron de moda los piratas y se produjo una verdadera revolución. A partir de entonces se ha convertido en un referente permanente de las lecturas juveniles.

Hace varios años escribí, y hoy lo ratifico, que se trata de la narración más pura que conozco, la que reúne con perfección más singular lo iniciático y lo épico, las sombras de la violencia y lo macabro, con el fulgor incomparable de la audacia victoriosa; el perfume de la aventura marinera —que siempre es la aventura más perfecta, la aventura absoluta— con la sutil complejidad de la primera y decisiva elección moral. En una palabra, la historia más hermosa que jamás me han contado es La isla del tesoro. Raro es el año que no la releo al menos una vez, y nunca pasan más de seis meses sin haber pensado o soñado con ella. No es fácil acertar a señalar la raíz de la magia inagotable de este libro, pues como toda buena narración sólo quiere ser contada y vuelta a contar, no explicada o comentada.
 

Fragmento del libro Lugares con genio, de Fernando Savater

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