Los secretos son para compartir

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El cuento número trece / Debolsillo, 2008

Prediqué esta historia como al evangelio y lo que conseguí fue una hermana mandona que me comandaba “cállate y lee”. Claro que no necesitaba decirlo dos veces para que yo siguiera la orden. Ambas nos volvimos víctimas de las palabras de Setterfield. La rutina diaria pasó a segundo plano y sólo podía pensar en cuál sería el desenlace de cada capítulo. Si hacía mis deberes, comía o dormía, poco importaba, lo único relevante era conocer la verdad que Vida Winter estaba desesperada por revelar.

Debo admitir que antes de comenzar a leer El cuento número trece de Diane Setterfield, no tenía grandes expectativas sobre lo que podría encontrar en su interior. Sí, me habían recomendado esta novela varias veces, pero en mi caso las palabras “está bueno” son a menudo confundidas con “no está malo”. No me encantan las novelas de misterio y las historias de fantasmas nunca han sido lo mío, francamente esperaba algo predecible y monótono. Dejando el orgullo al lado, no pude haber estado más equivocada.

Margaret es dependiente en la librería de su padre y el mayor contacto que tiene con las personas es cuando algún despistado aterriza en la tienda. Este comportamiento sería extraño en cualquier otro individuo, al cual probablemente acusaríamos de ermitaño, huraño y taciturno. Sin embargo, éste no es el caso de Margaret. Ella no es como los demás, esconde un secreto que no le permite navegar por la vida sin sentir que arrastra una pesada ancla atada a sus pies.

En el mismo país, a unas cuantas horas de distancia, vive otra mujer con secretos asfixiantes que deben salir después de haber sido embotellados por muchas décadas. Vida Winter, famosa autora de bestsellers, contacta a Margaret para que sea ella quien escriba su biografía. Pero después de tantas mentiras, ¿qué hace pensar a Vida Winter que es tiempo de decir la verdad? ¿Y por qué contársela a Margaret? (No revelo más sobre la trama porque tendría que empezar la reseña con un letrero gigante que advierta Spoiler Alert!)

El cuento número trece sigue la tradición de sus antecesores literarios, como Jane Eyre y La dama de blanco. Evoca épocas sombrías y desconsoladoras, donde los secretos más que un lujo eran una necesidad. La atmosfera que envuelve a la historia es casi palpable y a instantes uno deja de ser lector para convertirse en testigo de las desgracias que los personajes reciben como el pan de cada día. El libro se transforma en las manos en una partida de CLUE (sí, el juego de mesa). Misterio, horror, pérdida, esperanza: todos se balancean al ritmo de un electrocardiograma.

La novela tienta a los lectores que son débiles de corazón y viciados, en mi caso, a mirar las últimas páginas para asegurarse de que al final todo va a estar bien. Ya saben, esas personas detestables sin un solo gramo de paciencia que no pueden leer una novela sin espiar los últimos capítulos. Pero este ejercicio no es del todo reconfortante, créanme, y no lo recomiendo. Las intrigas persisten hasta las últimas páginas del libro. Lo que sí recomiendo es apartar un fin de semana completo para dedicarlo a esta pieza de Diane Setterfield, porque no hay nada más odioso que las interrupciones a medio capítulo.

Adriana Martínez

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