Los errores y los días

Coetzee3
Diario de un mal año / Debolsillo, 2014

Siempre me ha llamado la atención la serenidad con la que puede vivir la gente a pesar de sus recuerdos. No creo haber tenido más de diecisiete años cuando una noche de juicio sumario me di cuenta de lo difícil que es lidiar con el pasado. Me resultaba particularmente complicado entender cómo alguien con una veintena de años o con todo el peso de la vejez podía dormir en paz sin reclamarse nada a sí mismo. Nunca creí en algún pacto con el pasado. Mucho menos en el perdón que por amor propio nos corresponde. Confieso ahora, varios años después, que sin tener hoy ninguna respuesta aprendí que con el mismo tiempo uno dosifica sus reproches para cada noche. Que los sueños nos juzguen y que la vigilia nos limpie la memoria. Por eso me siento agradecido de no conocer nunca mis sueños.

También tengo que ser justo: si algo he aprendido del arrepentimiento es de la literatura: Banville, Auster y ahora Coetzee son el tipo de novelistas viejos que me han regalado el fuego y la flecha: el conocimiento de que hay pocas cosas tan permanentes como la memoria, y que cada año puede ser peor que el anterior. Por ello me parece tan pertinente el título con que ha nombrado Coetzee su penúltima novela: Diary of a Bad Year (Diario de un mal año, Mondadori 2007). En ella relata el proceso de instrucción de un hombre para aprender a envejecer sin que esto signifique la muerte, paradójicamente.

No me atrevería a decir, sin embargo, que Diario de un mal año es el tipo de novela de aprendizaje. Por el contrario, ésta es una obra donde el narrador, un misterioso escritor de iniciales J.C., comete los errores indispensables de la vejez sin que en ningún momento rectifique su suerte. No es necesario cometer algún crimen o desatar una de las siete plagas sobre algún pueblo. A veces basta con haber conocido a la persona equivocada o estar en el momento incorrecto para arrepentirse todo un año. Al héroe de la novela le ocurren ambas cosas.

J.C. es un importante escritor sudafricano que reside en Australia desde hace varios años. Por encargo de un par de editores alemanes se dispone a escribir una serie de ensayos que se antologarán junto con los de otros 5 importantes literatos para formar un libro de nombre Opiniones contundentes. Los temas van del contraterrorismo a la creación del Estado, y de Bush a la pedofilia. Estos escritos se plasman en el mismo libro y uno puede consultarlos casi como un elemento independiente, aunque dentro de la obra funcionan para dosificar la tensión.

Digamos, para empezar, que la novela es ligera gracias a su compleja estructura, que se divide horizontalmente en dos secciones (‘Opiniones contundentes’ y ‘Segundo diario’) y perpendicularmente en tres (los ensayos del narrador, la opinión del mismo, y los comentarios de su mecanógrafa, la mujer en cuestión).

El viejo escritor, que vive quizá los últimos años de su vida en un complejo de departamentos cercanos a alguna costa en Australia, conoce a una encantadora muchacha, Anya, en el cuarto de lavado de su edificio. Abrumado, probablemente más de lo que ya estará jamás en su vida, entabla una áspera conversación que terminará con la invitación por parte de él para trabajar mecanografeando los ensayos que prepara. Ahí comienza ‘Opiniones contundentes’, que como toda la obra contiene las tres secciones perpendiculares en cada hoja. Ahí se comienza a gestar la muy particular relación entre un hombre viejo y una mujer joven.

Ella, que tiene su propia voz en el libro, es un personaje estereotípico que no siempre logra ser convincente, pero que modifica tanto la tensión del drama como las Opiniones contundentes. Ahí mismo, dentro de aquel apartado, emerge poco a poco la voz de Alan, el hombre con quien ella vive.

Las Opiniones contundentes, textos políticos que siempre son una voz sagaz aunque presumiblemente parciales, van perdiendo o ganando territorio según dependan las necesidades de la novela, y aunque en momentos parezcan estorbar, ésa es precisamente su función. Coetzee controla así el ritmo de la partida. Se estanca cuando deseas que avance pero fulmina con una maniobra de viejo lobo de mar. ‘Segundo diario’ es el latigazo que cualquier estratega querría contar entre sus tácticas. En ella todas las voces convergen en una escena particularmente incómoda. Una cena donde se encuentran J.C., Anya y Alan, quien para ese momento ya cuenta con suficiente voz y presencia dentro del drama como para tensar las cuerdas y pelear su propia parcela. La tragedia de los celos del hombre que se sabe superado y por ello tiende a la mezquindad y la trampa como sus últimas opciones. La novela no termina con un final inesperado, pero sí con una sensación inquietante de lástima y desierto, casi de inconcluso. Coetzee, que conoce sus recursos, deja la sensación de que la novela trasciende el libro.

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