Las nubes se movieron, y todo se tornó en caricatura

¿Qué pasa cuando alguien deja de ser un autor de historias para convertirse en su protagonista? El relato es bastante conocido: el 14 de febrero de 1989, un hombre llamado Salman Rushdie, para entonces ya un respetado escritor británico de ascendencia hindú, recibía en Londres una llamada telefónica en la que se le informaba que a miles de kilómetros de distancia, un anciano moribundo había puesto precio a su cabeza: 6 millones de dólares a quien asesinara al autor de Los versos satánicos, texto infiel que ridiculizaba al islam, o la santificación para el que muriese en el intento.

A partir entonces, escribe Rushdie, lo incomprensible se volvió comprensible, lo inimaginable se volvió imaginable. Joseph Anton es, precisamente, un profundo repaso de ese momento, de los años de formación que lo llevaron a escribir el fatídico libro, así como la enumeración de sus consecuencias; un intento por organizar el caos en el que se sumió su vida durante los casi nueve años en que vivió como un fantasma, apareciendo apenas para recordarnos, como Mijail Bulgákov, que los manuscritos no arden.

El libro es la narración de un destino. Abolida la primera persona común en todas las memorias, Joseph Anton nos presenta a un personaje a la distancia cuyo pasado y futuro bailan ante nuestros ojos sobre el mismo centro; un caudal por el que desfilan su infancia en Bombay, un padre alcohólico y brillante, la llegada a Inglaterra y la consciencia de la extranjería, Cambridge y los estudios islámicos, los años sesenta, una fatal serie de matrimonios, su hijo. Todo ello traspasado por una inquebrantable fe en la literatura, en el poder de contar historias.

En El arte de la novela, Milan Kundera afirma que sólo este género permite la mezcla de sucesos históricos y las pasiones personales. Salman Rushdie, novelista de cepa, mezcla en Joseph Anton dos historias: la suya, la cadena de minucias privadas que componen una experiencia, y otra, mucho más macabra: el renacimiento de los estados totalitarios, de la intolerancia y el fanatismo. Como nunca, ambas se encuentran unidas por sangre.

Cuando ese invierno de 1989 un periodista le preguntó a Rushdie si se arrepentía de haber publicado Los versos satánicos, su respuesta fue melancólica: “sólo me arrepiento de no haber escrito un libro más crítico”. Ahora, 25 años después, tenemos ese libro.

Roberto Culebro

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