La nostalgia por la ciencia-ficción

Hubo un momento en nuestras vidas en que no fuimos cínicos. En que, entusiasmados o desconsolados, les podíamos escribir a nuestros autores preferidos para hablarles de sus libros, aunque no esperáramos respuesta. Cuando la mayoría de las cosas que nos ocurrían eran novedosas. Las primeras veces en un taller literario, cuando sabíamos que podríamos, quizá, algún día ser escritores y lo que nos movía es lo que dice Roland Barthes que motiva la escritura: la lectura de los grandes maestros. De esta intriga vital que nos mueve en la primera juventud habla El espíritu de la ciencia-ficción, la novela inédita de Roberto Bolaño, terminada en 1984, que acaba de publicar Alfaguara.

En esta novela nos encontramos a un Bolaño “pre-Los detectives salvajes” y “pre-2666”, sus dos obras capitales. Sin embargo, en las historias iniciales de abandonar la universidad, de ir a cineclubs y a fiestas, de conseguir trabajo de corrector en alguna editorial pero, sobre todo, de idear proyectos insólitos, hallamos las semillas maduras de lo que años después encontró otra forma en Los detectives salvajes.

El espíritu de la ciencia-ficción, entonces, se puede leer de dos maneras, aunque ninguna contradice o niega la otra: como un pozo sin fondo en donde los estudiosos podrán sondear en busca de los orígenes de sus libros posteriores ¿más pulidos?, ¿más ambiciosos? No sé. Quizá más desconsolados. Porque en El espíritu de la ciencia-ficción lo que subyace, lo que va caminando junto a los personajes por las calles del una vez D. F., a pesar de todo, de la pobreza universitaria, de la nostalgia, del amor no correspondido, es una alegría inocente y rebelde. Ésa es la fuerza que cruza este libro y, consecuentemente, su segunda lectura: la historia de una inocencia perdida, de cuando no éramos cínicos, es decir, adultos.

Hay una noción interesante en esta novela: la necesidad de sus personajes de contarse historias, que a veces parten de sueños y otras tantas de lecturas. Tenemos, por un lado, a Jan Schrella, quien desde una covacha estudiantil, romántica, le escribe cartas imposibles a los santones de la ciencia-ficción. Estos documentos son todo un diagnóstico de la soledad íntima y decidida. Alice Sheldon (y su seudónimo James Tiptree Jr.), James Hauer, Forrest J. Ackerman, Robert Silverberg, Fritz Leiber y hasta Ursula K. Le Guin aparecen como destinatarios de un manojo de mensajes dentro de botellas lanzadas al mar, en donde Jan Schrella problematiza el asunto de la juventud y los deseos potenciados. Les escribe porque ha encontrado sus direcciones en fanzines de ciencia-ficción y porque son concentraciones de sueños que no podrán ser: “Ay, si pudiera comunicarme con los muertos le escribiría a Philip K. Dick”.

El otro personaje central, un chileno que quizá no sea chileno (dice Jan), es Remo Morán, quien va contando distintas historias que determinan, como en Los detectives salvajes, la búsqueda insólita de la resolución de un misterio. Si allá eran los pasos perdidos de Cesárea Tinajero, acá son unas “hojas culturales” de Conasupo que se repartían en supermercados de manera arbitraria. Los personajes quieren saber quién las produjo, por qué, para qué. La historia está situada en los años setenta en el antes Distrito Federal, en una temporada en la que las revistas “líricas” proliferaban con sentencias lapidarias en su página legal, como el legendario y salvador “Registro en trámite” que las condenaba a apenas unos cuantos números. Publicaciones cuyo tiraje no superaba “los diez ejemplares fotocopiados”, instrumentos que de tan primitivos e ingenuos se vuelven un enigma. En este andar resolviendo el acertijo y en distintas estaciones con personajes que les darán, o no, la siguiente pista a seguir, las historias parecen multiplicarse. Lo que buscan los personajes de Bolaño en esta novela de aprendizaje, de iniciación, es lo que todos vamos perdiendo al crecer: la capacidad de sorpresa, la habilidad de considerar las “otras” posibilidades reales.

En los capítulos cortos, mezcla de voces e intenciones, que integran El espíritu de la ciencia-ficción, además de las interesantes descripciones del D. F. de esa época (ver la del Cine Bucareli), Roberto Bolaño atisba uno de sus intereses centrales: los encuentros de personajes disímiles en cafeterías (o baños públicos), apropiaciones de espacios donde empiezan a liarse los primeros síntomas de una comunidad, amistades perdurables o azotadamente efímeras. Estas zonas atraen a Bolaño, de igual forma, por los ramalazos de nostalgia que nunca lo abandonan. Ahí veremos a Estrellita (quien “solía aparecer por los sitios más inesperados como una copia envejecida del Ángel de la Independencia”), a Angélica Torrente (ganadora del premio Eloísa Ramírez para jóvenes poetas) y a su hermana Lola; a Angélica, sorpresa para Jan; y a Laura, amor posible e imposible de Remo Morán.

El espíritu de la ciencia-ficción no es la cantera de Los detectives salvajes ni su hermana gemela ni su pozo de los deseos. Es otra novela. Un asunto curioso, que separa (de manera definitiva) las perspectivas y el sentido de ambas y las vuelve novelas separadas, es el punto de vista. Mientras en Los detectives… es casi siempre “juvenil”, acá, aunque un protagonista que fue joven es quien habla, se refiere todo desde después, desde meses o años más tarde. Eso agudiza el aire de nostalgia feliz en esta novela. Allá hay descubrimiento, sorpresa simple y llana, emoción nueva. Acá está el recuento de esas sensaciones iniciales que se fueron pero que aún viven en el espíritu del narrador.

Si en Los detectives… hay un diario y la reflexión para la escritura es, a veces, de apenas unas horas, acá hay mucho más tiempo entre lo sucedido y la narración. De ahí sus alientos distintos. El narrador, desde esa pretendida nostalgia, es capaz de dirigirse al nosotros: “Sin embargo, no imagine el paciente lector…”. Esta voz trabaja, además, sentencias existenciales de una madurez irónica y despiadada: “Ahora no estaría donde estoy sino en el Paraíso de los Hombres de Letras de Latinoamérica, es decir dando clases en una universidad norteamericana o en el peor de los casos corrigiendo galeradas en una editorial de medio pelo, remanso apacible, promesa infinita”.

¿Por qué los jóvenes se enfrascan en misiones tan insólitas, como de juguete? ¿Qué cosa buscan? ¿La ilusión? ¿La realidad que aún no palpan, ruda e insegura, en sus propias vidas? ¿En qué momento dejamos esas búsquedas para angustiarnos por cosas que tienen menos sustancia pero más practicidad? “Jóvenes, no acabo de entender el interés que les produce un fenómeno nada extraordinario”, les dice el doctor Carvajal.

En este sentido, a pesar de que las “hojas culturales” de la Conasupo son la recompensa, hay espacio para criticar esa fiebre de los fanzines y las revistas literarias al compararlas con otra fiebre, la carpintería, por esa novedad del oficio que azota, por ejemplo, a los pobladores de un aldea cercana a Kindu (Congo): “La falta de medios es suplida con imaginación y técnicas autóctonas”. Y la crítica continúa diciendo que en Estados Unidos a los adolescentes les da por el video, en Londres juegan a ser estrellas de la canción y “aquí [en México] buscamos la droga o el hobby más barato y patético: la poesía, las revistas de poesía”, como explicación a su proliferación. Entonces, las revistas de poesía, a comparación de otros hobbies, parecen “bichos heridos” pero “vivos”, se defienden. Pero los demás, los adultos, lo critican porque no saben cómo soportan la soledad, y creen que se han salido con la suya, que son los “padres anónimos de la patria”.

El universo literario de Roberto Bolaño, compuesto por miradas nostálgicas hacia la juventud, por un interés diáfano hacia los escritores y sus procesos, por la persecución detectivesca de la verdad detrás de un misterio, del juego, de las posibilidades de contar una historia, era ya una realidad en esta novela de 1984. Y si en 2666 Bolaño se quejaba de que ya ni siquiera los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, acá incluso el Mofles, un mecánico de motos, es poeta. A cierta edad, todos son poetas en todas partes.

Historias que no están escritas, que son historias orales. De eso se trata la primera juventud. De no leer ni escribir, sino de imaginar.

“¿Qué bonito es el mundo, ¿no?”, sentencia el Mofles rumbo al final de esta poderosa novela de aprendizaje en su sustancia, pero de madurez en cuanto a su punto de vista.

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