La muerte o De lo inexorable

Jorge Volpi y Solís murió el 2 de agosto de 2014. Su nombre de pila y primer apellido nos dicen lo mínimo necesario para comprender la exposición de su identidad en la esfera pública; en cambio, los diez ensayos escritos por su hijo mes con mes a lo largo de un año de luto nos cuentan mucho más. La minuciosa disección del padre revela en paralelo al propio Jorge Volpi, un hombre al que sus lectores habrán podido intuir a través de sus personajes, pero que nunca antes se mostró en primera persona sin más ficción que la exigida por la memoria para reconstruir con coherencia los recuerdos.

Examen de mi padre es una indagación biográfica doble y simultánea donde el autor mexicano expone y revisa sus ideas y el trasfondo de éstas en torno a temas esenciales en la conformación de su personalidad, como la religión, la sexualidad y la política:

Muchas de las ideas de mi padre, o que al menos llegaron a mi cerebro desde el cerebro de mi padre, se han vuelto parte de mí mismo y me hacen lo que soy; otras tantas he buscado desecharlas y combatirlas o me he batido contra ellas sin estar seguro de haberlas vencido.

Actitud, esta última, que responde al afán expreso de prolongar el combate con el padre, y con ello ‒debe suponerse‒ de mantenerlo vivo en las neuronas. Pero este ejercicio intelectual que se extiende por casi trescientas páginas es también, o sobre todo, una catarsis, un recurso para expresar emociones dolorosas, para, llevadas a la conciencia, procurar su mejor asimilación.

De entre éstas, apenas en el primer ensayo aparece la más intensa cuando describe a ese impecable cirujano que fue su padre, al mismo que de niño concibió, dadas sus energías, como una “fuerza de la naturaleza”, convertido en un hombre disminuido física (de tan sólo unos 45 kg de peso) y mentalmente (con una lucidez mental limitada a reconocerse y reconocer a los demás):

Cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia supimos que había llegado la hora de irnos. Mi padre ya no se sentía capaz de caminar o, azuzado por nuestra presencia, se negó a hacerlo. Trastabilló y estuvo a punto de caer. La cuidadora se abrazó a él y lo llevó al interior de la casa […] Vi a mi padre muy ansioso, casi desesperado. Le urgía orinar. Acaso desvariaba. No sé por qué razón la cuidadora no lo condujo a su habitación […] hizo algo extraño o que al menos a mí me pareció inusual: lo sentó sobre sus piernas, lo abrazó, le acarició el cabello y las mejillas. Esa imagen, una suerte de Pietà, es la última que conservo de él.

Lacerante de por sí, la imagen se torna contundente al proponer la comparación de su padre con un cadáver, en especial con uno que padeció una prolongada agonía. Ante tal decadencia, morir no parece el origen del dolor, sino la cesación de éste. Eso lo sabe bien Volpi, pero no es suficiente; es entonces cuando los cuestionamientos acechan. De aquí parte la necesidad de impulsar el proceso catártico y con él la reconstrucción del pasado, el afán de darles viveza a los recuerdos desdibujados por el tiempo para que a la advertencia del memento mori se contrapongan razones que reafirmen la propia vida.

Por esta razón, en sus ensayos en principio se entrecruzan dos ejes: la vida y la muerte de su padre, por un lado, y su propia vida y la certeza de su muerte, por otro. A estos dos se suma luego uno más: el del acontecer nacional. Observador atento y crítico, Volpi no puede abstraerse de su entorno, menos aun cuando a escasos dos meses de la pérdida paterna aconteció en México uno de los actos más infames de la historia: la desaparición forzada y el asesinato de los estudiantes de Ayotzinapa. Así, trazados estos tres ejes, el autor va de lo privado a lo público y de vuelta a lo privado.

El despliegue de conocimiento enciclopédico que no falta en la obra del escritor mexicano se entremezcla en este libro personalísimo e íntimo con anécdotas, reflexiones, cuestionamientos, denuncias y, por supuesto, con múltiples emociones siempre escrutadas por la racionalidad, lo que lo salva de toda sensiblería. Tal como el propio Volpi advierte retomando las letras de Montaigne: C’est icy un livre de bonne foy, lecteur.

«… si los demás, todos los demás, son habitantes de nuestro

cerebro, la muerte no puede arrebatárnoslos del todo. Mientras

pensemos en ellos seguirán vivos (en nuestras neuronas). Si yo

escribo estas líneas es para mantener a mi padre conmigo.»

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