La literatura es un bestiario

Hay un capítulo de la historia de los animales en la literatura que me gusta especialmente: el libro XI de la Historia general de las cosas de Nueva España. En él, Fray Bernardino de Sahagún describió a las criaturas que poblaban en ese entonces nuestra vasta geografía: peces y pájaros de colores imposibles, bestiecillas de tierra, iguanas y jaguares. Desde que conocí este inventario —no se me ocurre una mejor palabra para el impulso enciclopédico de Fray Bernardino– me gusta imaginar cómo habrá sido para los conquistadores llegar a esta tierra y encontrarse con nuevas formas de vida tan variadas.

Así como las vacas, cerdos, pollos y caballos eran desconocidos para los pueblos mesoamericanos, los europeos que inventaron América jamás habían visto el verde de las plumas de la guacamaya o a los perros sin pelo como el xoloitzcuintle. Y no fue solamente el aspecto físico de los animales lo que llamó la atención del misionero, sino su comportamiento: el cóyotl, parecido al zorro, es un animal agradecido, el toznene, con su piquito amarillo y su lengua áspera, aprende cualquier lengua que le enseñes, a los perros les gusta robarse mazorcas de maíz verde. Si un xoloitzcuintli te mueve la cola puedes acercarte (son tan mansos que se usan como mantas en las noches frías). También el tláquatl es bueno, lleva siempre a sus hijos cargando, y su cola larga y pelona es muy medicinal.

No es extraño que Fray Bernardino haya desarrollado un interés tan notable por el comportamiento de los animales mesoamericanos. Se trata de un fenómeno compartido por miles de escritores que, a lo largo de la historia, han encontrado en los animales a los personajes perfectos para sus historias y reflexiones. Son nuestro espejo: comemos como cerdos, hacemos el oso, cogemos como conejos, andamos de pata de perro o nos quedamos como perro de las dos tortas, dormimos como lirones, se nos hace el corazón de pollo, hablamos como pericos, cacareamos el huevo, nos hacemos patos, andamos como león enjaulado o como burro en primavera, viboreamos al prójimo, estamos más locos que una cabra, nos ponemos truchas, somos ratones de biblioteca (o pobres como ratón de iglesia), nos sentimos como pez en el agua, andamos a caballo entre una cosa y otra.

Así como los seres humanos nos encargamos de decidir cuáles animales se comen, cuáles podemos pisar sin pensarlo demasiado y a cuáles se les pone un suéter para que salgan en las fotos familiares, también hemos incluido a los animales en nuestras manifestaciones artísticas. Montaigne basó su elogio a los animales (que desarrolla principalmente en su Apología a Raimundo Sabunde) en un escepticismo total hacia la superioridad del ser humano. Tras observar nuestras imperfecciones, que son infinitas, el pensador bordelés concluyó que no tenemos base alguna para colocarnos por encima de los demás animales: “¿Se puede concebir algo más ridículo que esta criatura fracasada y miserable, que ni siquiera puede mandar sobre sí misma, se diga dueña y señora del universo?”

Los animales han protagonizado historias de amor, de venganza y de amistad, encarnando emociones humanas a veces mejor que nosotros mismos. Jack London, por ejemplo, colocó al perro Buck por encima de casi todos los protagonistas humanos de El llamado de la selva. Cuando un grupo de indios americanos ataca bestialmente el campamento de John Thornton, su último y generoso amo, Buck asesina a dos de los agresores. Al contrario de lo que creía Aristóteles (y medio mundo), que imaginó una scala naturae vertical con los seres humanos en la cumbre, los animales no caminan por debajo de nosotros, sino a nuestro lado.

Si no lo crees, abre al azar una página de la historia de la literatura.

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