La ciudad, ese otro gran personaje

Con edificios, pequeñas casas, callejones oscuros, con personajes mediocres o exitosos, con sus grandes suburbios, sus mercados, sus escuelas, sus centros nocturnos,  sus museos, sus cafeterías, sus librerías, con todos ellos o sin ellos la ciudad, a través de la literatura, se ha convertido en un protagonista más.

Es indiscutible que toda novela, cuento o historia de ficción se lleva a cabo en un espacio definido. Y dentro de éste se encuentra la ciudad, una zona donde la moral y el modo de vida son indispensables para el desarrollo de la trama o la personalidad de los protagonistas. Es el escritor quien en realidad da vida a una ciudad, quien la convierte en un mundo nuevo.

Los escritores tienen la habilidad de mostrarnos esa otra ciudad que no vemos día a día. No como una serie de rutas y destinos, sino como un todo colectivo. No es un cuadro de fondo que sirva para que los protagonistas se muevan, las ciudades en la literatura respiran y son personajes fundamentales para el desarrollo de sus historias.

Hay narraciones que han vuelto a sus ciudades tan icónicas que el nombre del personaje o la novela se vuelve sinónimo de la misma. Ahí están por ejemplo, Dublín y Joyce, el Nueva York de Gatsby, o el París de Proust y Hemingway.

En nuestro país hay libros que nos llevan a distintas épocas de la ciudad y por tanto a otros México como Aura de Carlos Fuentes o Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, ese México de antaño que puede ser a la ciudad lo que Pedro Páramo de Juan Rulfo es a los pueblos. Una ventana a través de la que no sólo vemos lugares de residencia, sino en el que nos vemos a notros mismos, a nuestros padres o a nuestros abuelos.

Pero no sólo en la ficción la ciudad tiene una íntima relación con la literatura, también hay grandes ensayos que la destacan. Por ejemplo, en sus Paseos nocturnos Charles Dickens nos lleva de la mano por las calles del Londres victoriano, nos invita a conocer a los seres que la habitan en las madrugadas.

Escribe Luis García Jambrina en Literatura y ciudad que “por eso, más que de materiales de construcción, la ciudad está hecha de la materia de los sueños, los delirios y las pesadillas. La ciudad es, de hecho, la representación del alma colectiva, la encarnación de nuestros miedos y deseos, y no tan sólo el marco o decorado en el que se desenvuelven nuestras vidas”. Y es que en muchos libros sin ciudad no habría historia que contar.

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