La asfixia de la nada

La semana pasada leía un texto que cavila en torno al miedo y al deseo; la autora se refería a estos conceptos bajo la analogía de un “pulpo que nos abraza dejándonos casi sin poder respirar”. Lo relevante para mí fue la imagen del pulpo con sus ocho brazos, sus movimientos suaves pero lo suficientemente perversos para sofocar a cualquiera. Esa idea continuó en mi mente cada que avanzaba en la lectura de la novela de Margaret Atwood, Nada se acaba. La autora ‒quien publicó este texto hace ya un par de años‒ inserta a los personajes en una narración a tres voces: la de Elizabeth, Nate y Lesje (la amante de Nate). Este triángulo amoroso nos guía hacia su propia des/evolución y nos enfrenta a sus miedos, a su salvajismo, a la melancolía, a la sobrevivencia y a la adaptación del más fuerte. A la prolífica Atwood le precede una fama que custodia celosamente en cada texto. Con paso firme, ella nos introduce, a través de su escritura, en un universo de modelos y complejidades humanas que permiten al lector vivir, junto a los personajes, los sinsabores de una vida sin identidad.

La historia abarca un lapso de dos años en la vida de los personajes, y nos sumerge en el  entretejido existencial y amoroso de los personajes; su desconexión ante el deseo, y la brutal honestidad que tenemos que enfrentar en el camino. La novela parte de un matrimonio estancado que sólo es sostenible en tanto que son los padres de dos hijas. Los amoríos repentinos de ambos los llevan a un punto en el que se ven forzados a hacer cambios y buscar respuestas que casi siempre intentaron no encontrar. Gradualmente aparecen fugas y raíces que los hacen sentir su vulnerabilidad ante el mundo que los rodea. Curiosamente, el título de la novela en inglés, Life Before Man nos permite ver una parte clave en la vida de ellos, la vida antes del hombre la enmarca todo el tiempo Lesje con referencias prehistóricas sobre su vida, su trabajo y su mundo. Aunque parece ser que hasta ahí llega esa otra era entre dinosaurios y huesos, finalmente la relación entre sus comentarios y la novela apuntan hacia una disección del día a día, sus tradiciones y actitudes que los llevan a situarse en una vida antes de la verdadera evolución del ser humano. Atestiguamos esa nada que han construido y que lentamente se acaba; esa “prehistórica inocencia” en donde como humanos en la gráfica de la historia y el tiempo somos un punto apenas visible, pero que sufre y madura en el proceso.

Cada que me viene a la mente la asfixia que provoca el pequeño octópodo (porque así lo imagino, pequeño e insignificante, aunque letal), no puedo evitar que un par de versos del poeta Luigi Amara se cuelen en estas líneas:

Por miedo,

tal vez por resistencia

a los hallazgos fáciles

‒a la decepción con que golpea

la mano pálida

de la verdad‒,

invocamos lo oscuro

las sombras

deslizándose detrás,

remolinos de fango y de desdicha

que lo explican, que lo sostienen

todo.

Imagino esos remolinos de fango cada que Elizabeth hurga en la intimidad de su infancia, en esa resistencia a los hallazgos fáciles que experimenta Nate cuando habla con su madre en la sala, o a través de esa sofocación entre pulpos que abrazan las verdades de Lesje al procrear con la esperanza última de renunciar a su invisibilidad. Entre todo eso, Margaret Atwood retrata en Nada se acaba su capacidad crítica para ver la rareza de lo que representa la realidad.

Su narrativa tiene una textura y densidad tan profundas y ácidas que nos permiten asirnos a los recuerdos, cavilaciones y sensibilidades de los personajes, atestiguando la sentencia con que se acusa a la escritura narrativa de Margaret Atwood como “novela de poeta”. De ahí que cuando cito a Luigi Amara, conviene que nos acompañen sus versos, por ejemplo en el momento en que Elizabeth reflexiona sobre esa dependencia insostenible de su vida a lado de Nate; en voz de ella leemos:

Antes Nate quería que lo protegieran, quería que una mujer fuese una puerta que él pudiera atravesar y cerrar a sus espaldas. Todo iba bien con tal de que estuviese dispuesta a fingir que era una jaula, que su corazón era de puro queso y Nate un ratón. Elizabeth sabe que es un sentimental incurable. La madre tierra, Nate un topo, husmeando en la oscuridad mientras ella lo acuna. Creo que nunca veré un poema tan bello como un árbol.

Es así como Atwood conduce a sus personajes en una sintonía, depresiva y poética, de las relaciones humanas y con su propia identidad. Una lectura que desde el comienzo, de frente y con la mujer melancólica en tinta azul de la portada, nos prepara para atravesar otros tiempos y verdades que cobran fuerza en el tránsito de lo actual.

Nada se acaba de Margaret Atwood (Lumen).

Escrito por
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