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Historias de amor diversas
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Los siguientes textos son los ganadores del concurso ‘Historia de amor LGBT+’ realizado en conjunto con Librería El Sótano:

Veo mi reloj, estoy bañado en sudor ¿realmente dejaré que me vea así? Él ni siquiera vendrá, pienso, y mi respiración se agita de manera inusual. ¡Lo he decidido! ¡Me voy! Giro y la sorpresa de topármelo le causa gracia y sonríe.

  -¡Hola amigo! ¿Qué pasa? ¿Todo bien?  

-¡Sí! ¡Nos vemos después!- me acobardo y quiero salir corriendo. Acelero el paso y él toma mi mano.

-¡Hey hermano! Tranquilo, ven acompáñame. -Sabes, espero a alguien- dice dirigiendo su mano a la bolsa de su pantalón y saca mi carta -Mira, estaba en mi mochila ¿No crees que es algo lindo? 

-¿Lindo?

-Sí, el que aún expresen sus sentimientos con lápiz y papel,  por eso siento que esa persona merece mi atención.

Feliz escucho eso pero con miedo, así que argumento un pretexto y me empiezo a retirar. No he dado ni tres pasos cuando Andrés me dice:

-¿Y no quieres mi respuesta?- Me pongo helado.

-¿Respuesta? ¿De qué hablas?- Digo con esa sonrisa nerviosa que me delata. 

-De la carta que me diste ¿no quieres la respuesta?- Me lanza una mirada sería y fría que resalta sus grandes ojos azules. ¡No lo puedo creer, he perdido a mi amigo! Él nunca me había visto así, lloro avergonzado. Él se acerca  velozmente adelantando mi paso, lo veo de frente mientras me dice: deja de llorar tonto, claro que quiero salir contigo. Aparto mis manos de mi rostro, lo miro fijamente y ahora noto que está mirándome conmovido y honesto. Besa mi frente con ternura diciendo en mi oído: en verdad lo deseaba, tardaste mucho en decírmelo.

Por Candy Gisselle Cruz Espejo.

***

Desde niño me he sentido solo, ya saben, el bicho raro de la primaria. Crecer en una familia pequeña, mis hermanas mayores siempre preocupadas por su vida de adolescentes y mis padres trabajando sin amigos y para colmo, ¡ser un niño homosexual! Todo eso generó un solo escenario: crecer aislado de los demás, siempre a la búsqueda de una mirada tierna, de un abrazo sincero. Ese niño fue creciendo, el sueño de ser cantante iba aumentando en su interior, pero todas las inseguridades de su infancia lo comían vivo, se lamentaba no tener a nadie que le echara porras, que lo impulsara a lograr sus sueños. Todo parecía estar en su contra: un físico no agradable y una orientación sexual que la sociedad siempre veía con malos ojos. Al ir creciendo fue conociendo muchos chicos, ya saben, Internet y sus aplicaciones de ligue. Este joven tenía citas y relaciones sexuales que, por momentos, le hacían sentir bien. Eran como un calmante, como una pastilla que da la felicidad, pero era un sentimiento espontáneo.  Una tarde soleada, cansado de su forma de vivir, tomó un baño y se miró al espejo y ¡ahí estaba! La mirada tierna que tanto buscaba. Se dio cuenta que no importa cuántos hombres tenga, cuánto lo quieran sus papás o cuánto ejercicio haga, lo importante es cómo se trate él. Así es, amigos, yo les hablo de ese amor que ignoramos mucho: el amor propio. Esa tarde, al verse en el espejo, se dijo las palabras mágicas «te quiero», le costó mucho pero supo que todo estaría bien.

Por Brayan Arturo Ramirez Jamaica.

***

El ocaso de los amantes

Hubo una vez, cuando se comenzó a crear la existencia en la Tierra, unos Dioses que comenzaron a poblarla con hombres y mujeres los cuales tendrían que cuidarse y amarse entre ellos, pero nunca pensaron sobre el amor y adoración que debían sentir por los Dioses. Y así fue, el tiempo pasaba y desde lo más alto del cielo los Dioses adoraban su creación. Un día, mientras los Dioses observaban, descubrieron el nacimiento de dos niños llamados Mateo y Lucas quienes, al estar juntos, irradiaban amor, alegría y una gran adoración entre ellos. Los Dioses, celosos, decidieron separarlos para siempre convirtiendo a Mateo en la oscuridad llamándolo Noche mientras que a Lucas lo transformaron en luz y lo llamaron Día. Cada uno de ellos tendría la oportunidad de estar cerca de la humanidad pero nunca de su ser amado. Los dos enamorados estaban destrozados ante aquella separación, nunca más podrían estar juntos de nuevo. Uno de los Dioses, al ver aquella injusticia, les concedió un pequeño regalo: cuando el Día tenía que irse y llegar la Noche, y de igual manera, cuando la Noche se iba y llegaba el Día, ambos podrían tocarse brevemente. Para sorpresa de los Dioses, al estar los dos juntos de nuevo se lograba observar el amor absoluto entre ellos, la luz y la oscuridad se mezclaban creando grandes matices que la humanidad admiraba todos los días, llamándolos amanecer y atardecer.  

Por Fernanda Abigail Velázquez Ruiz.

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