Hacer el cuento largo

Reseña de La Gran Guerra de Joe Sacco

Llega a mi mente un pensamiento incómodo cada vez que no soy capaz de recordar algo que debí haber aprendido en mi etapa escolar. Seis años en primaria, tres antes en preescolar, tres más en secundaria, otros tres en preparatoria y cuatro más en universidad. Realmente me asusta lo poco que retengo de 19 años de mi vida sentado en una banca.

No culpo, por supuesto, al deficiente sistema escolar de mi país, sino al tedioso lapso de tiempo que lo sufrí. Una pasarela de maestros desfilaron frente al pizarrón para dejar menos que algo en mi desinteresada atención —hay que ser franco—. Sin embargo, de entre ese pantanoso camino de tiempo perdido, resalta una clase que tuve en secundaria impartida por una agradable cincuentona que contaba historias de la Historia Universal. De la señora me acuerdo poco, salvo que ya era más chaparra que mi chaparra estatura de adolescente nutrido con pan Bimbo. Lo que sí recuerdo es que uno se sentaba en el salón y sus historias comenzaban a encender el motor de nuestra imaginación.

Juro haber visto a Iván el Terrible evadiendo las trampas de la muerte, y a Jean Valjean huir prófugo entre la Rebelión de junio en París. Lo que quiero decir es que el cerebro también es una hoguera que se incendia muy fácilmente.

Pero para mi suerte, el curso acabó en 1900 y nunca tuve en mi cabeza las visiones tan desconcertantes de la barbarie que fue la Primera Guerra Mundial. Cuando tienes en tus manos La Gran Guerra, de Joe Sacco, es difícil captar a primera vista que cada lámina está contando un fragmento particularmente atroz de la guerra. De hecho, no son sólo algunas láminas, sino casi 7 metros de largo de dibujos caracterizando la cruenta Batalla del Somme.

Gran Guerra 1

Es el 1° de julio de 1916. Este episodio de la guerra se llamó la Batalla del Somme por el río circundante que dividía los frentes. Morirían casi 20 000 británicos sólo el primer día. Sería una ridícula catástrofe: tras meses de una desalentadora lucha entre trincheras por ridículos espacios de tierra, el ejército del Imperio británico deseaba dar un “gran golpe” al enemigo alemán. Para entender un poco el panorama, no sólo de quienes tomaban las decisiones militares, sino de aquellos que las ejecutaban, esa guerra fue la epopeya más importante de toda una generación europea y cada soldado tenía un manifiesto entusiasmo por vivirlo de forma épica. Pensaban que después de ésa no habría otra campaña bélica, o al menos no de esas dimensiones.

Ese día los ingleses dejarían caer más proyectiles en una franja de 40 kilómetros de tierra francesa que durante los primeros doce meses de guerra. Todo para abrir el cerco alemán y “combatir al enemigo en campo abierto”. Pero dos de cada tres bombas no explotaron y la apocalíptica ofensiva casi no tocó objetivos clave. Cuando el bombardeo terminó —duró apenas las primeras horas de la mañana—, las tropas británicas avanzaron para terminar el trabajo sin esperar casi resistencia (algunos solados llevaban balones de fútbol para jugar). Los alemanes —más diestros en la guerra y el fútbol—, salieron de sus trincheras de 12 metros de profundidad y dispararon desde sus intactos cañones.

Gran Guerra 2

Aunque el resultado fue desastroso para ambas partes (ingleses y franceses contra alemanes), el golpe anímico fue para el Imperio británico. Todavía hoy la recuerdan como “la batalla más sangrienta”. Y más allá de eso, la catástrofe militar significó más de un millón de muertos en total.

Lo impactante, obviando la narración histórica, es la capacidad del libro para plasmar la barbarie que el siglo xix defendió como heroica (intelectuales, científicos y políticos de la época, todos a favor) y con la que la industria del cine norteamericano del siglo xx legitimó, comercializó y con la que despenalizó el negocio de las armas. Mostrarla como no podríamos encontrarla en un museo o una pantalla no es la labor propia de un dibujante sino del corresponsal de guerra que es Joe Sacco.

Gran Guerra 3

Si bien son dibujos caricaturizados de los hechos, es difícil no conmoverse. De las tropas marchantes y los soldados entusiasmados seguimos hacia los cuerpos mutilados y los heridos esperando la muerte, y entre más avanzan las láminas es la resignación de la derrota lo que más representa el horror. La lucidez del autor está en mostrar un panorama de sadismo humano con dibujos. Es como aquella imagen en El resplandor donde aparecen las gemelas en medio de un pasillo. La visión es escalofriante y ha quedado en la memoria de muchos a pesar de ser en sí inocente.

Abordar un libro así es un reto más grande para el lector experimentado que para un nuevo lector porque se tiene que aprender a leer una imagen. Uno tiene la posibilidad de abrir por completo los siete metros de láminas e ir avanzando linealmente o aleatoriamente; enfocarte en el soldado vomitando por largo tiempo o pasar la vista rápidamente entre las tropas. La continuidad narrativa invita a no buscar estructura sino a confiar en nuestra intuición visual. Al final, lo que se fija en nuestra memoria es como esas historias que tenemos tan ancladas que contamos con nuestras palabras pero que no recordamos quién nos las contó.

Y ese es un objetivo no muchos libros consiguen.

Otros textos de Alejandro Noriega

El cantar de nuestros temores

“La realidad suele ser más cruel y minuciosa que los diccionarios”, dice...
Leer más

Deja un comentario