A manera de asombro

Hace relativamente poco tuve la oportunidad de escuchar en una mesa redonda a Rafael Chirbes. Penosamente no conocía nada de él y por supuesto jamás lo había leído. Y sin embargo, estar ahí para mí significó una especie de reivindicación literaria que desembocó, claro está, en salir corriendo y comprar algún libro suyo. Cualquiera. No era importante el título ni el contenido. Sólo quería leerlo.Pero déjenme retroceder un poco para explicar esa euforia repentina que tuve por este autor desconocido para mí. Entré a la charla en la que iban a hablar acerca de la crítica: Chirbes, Juan Francisco Ferré y Eliot Weinberger y conforme cada uno exponía lo que significaba esa labor, de pronto (sin que lo recuerde con palabras exactas), Rafael reiteró (a pesar de la obviedad que para muchos de ustedes supondrá) que la literatura es una visión del mundo. E insisto, reconozco el pleonasmo e imagino que sus ojos estarán viendo hacia arriba, casi con un gesto extra de encoger los hombros al leer esto, pero no puedo evitar recordar el brillo recuperado en mi mirada al sentir que existía todavía esa ética literaria. La literatura volvió a tomar su lugar en el tiempo y en el espacio. Así que terminó la charla y salí con el ánimo renovado y las esperanzas puestas.

Entonces, tiempo después, cuando cayó en mis manos Contarlo todo de Jeremías Gamboa, vino Chirbes a mi memoria. Escuché por primera vez acerca del autor y la novela cuando en la feria de Frankfurt Carmen Balcells lo llamó “el nuevo Vargas Llosa”. Meses después tuve la oportunidad de leerlo. Claro, tanta expectativa genera un especial escepticismo al respecto, pero como no soy ninguna crítica podía acercarme al libro simplemente como eso: como lectora. Y no me decepcionó.

Contarlo todo es una novela acompañada de Lou Reed. Así hay que leerla. Es la historia de un chico, Gabriel Lisboa, que empieza en el mundo del periodismo a los 19 años. Consigue un trabajo en un periódico que le consigue su tío. A partir de ahí descubre que quiere ser escritor y que tiene que arriesgarse para conseguirlo. Y para escribir debe dejarlo todo.

Con una prosa clara y tejida, Gamboa nos descubre un mundo iniciático de una etapa en la que todos podemos reconocernos: la importancia de la amistad, del amor, de la búsqueda existencial, del futuro. Y sobre todo, para mí, con una ética literaria que agradecí enteramente y que me conquistó: la honestidad del texto.

Fernanda Álvarez

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