El periodismo es un oficio ingrato

Había una vez un hombre que se alistaba para la ceremonia de coronación del presidente municipal de Tijuana. Añoraba, en ese momento, la presencia del general Arturo Durazo y su mano dura para su mandato, y la guía política de Gustavo Díaz Ordaz. Tenía 19 hijos con distintas mujeres, a los que podía nombrar uno a uno sin falla u olvido. Solía vestir, en ocasiones especiales, con  prendas de su difunto padre (modelo excepcional del compadrazgo político mexicano), de quien decía que era dios y platicaba con él todas las noches. Fue la vergüenza de la familia Wolf, una vez, por pisar la cárcel acusado de contrabandear marfil y pieles exóticas. Su zoológico particular era una réplica cualquiera de un bestiario medieval y donde su animal favorito era la mujer. Bebía, religiosamente, tequila reposado donde nadaban restos de serpiente y testículos de león. Sus empleados le profesaban una lealtad infinita y le atribuían cualidades místicas. El semanario X acusa a Alfio Wolf de ser el autor intelectual del asesinato de su codirector y principal columnista Hilario el gato Barba.

“Alfio Wolf, ¿por qué me asesinó tu guardaespaldas Salomón Saja?”. Ésta es la pregunta que aparece en la página negra del semanario X y que obsesiona al reportero alcohólico, divorciado y en declive Guillermo Demian Lozano protagonista de Vientos de Santa Ana. La novela de Daniel Salinas Basave (Monterrey, 1974) es un libro que contiene los requisitos “de cajón” del género policíaco: un asesinato, una suerte de detective (periodista, en este caso), un único sospechoso a voces y una trama que fluye y, especialmente, intriga (e indigna). Sin embargo, Salinas Basave no se conforma con desarrollar un ejercicio literario detectivesco y opta por una reflexión, aguda y ácida, sobre el oficio del periodista, la sociedad desmemoriada y los sistemas para denegar justicia y verdad nacionales.

A partir de un narrador en segunda persona (que funciona excepcionalmente a manera de conciencia despiadada del periodista Guillermo Demian Lozano y de la sociedad desmemoriada también), se desarrollan varias líneas argumentales: el encanto que ejerce la figura de Alfio Wolf o cualquier político; la vertiginosa carrera periodística de Hilario el gato Barba; la oportunidad de entrevistar a personajes clave que pueden destruir la carrera de un gobernante; la creciente violencia (no sólo) en Tijuana: levantados, encobijados, secuestrados, desaparecidos, narcos, muertos; los medios de comunicación y sus hechuras al vapor de presidentes o gobernadores; y el entramado del mundo periodístico. Quizá es esto último a lo que más tiempo e ímpetu le dedica esta voz implacable, este narrador en segunda persona, y que, a decir verdad, no deja bien parado.

La voz narrativa se regocija en describir puntualmente los sueldos miserables por los que se trabaja, o los avatares para obtener y escribir las notas a destajo que exigen las redacciones, o la falta de recursos para reportear una nota como dios manda, o la falta de seguridad para ejercer la profesión (no hace falta recordar que México ocupa uno de los primeros lugares en reporteros ejecutados), o la humillación de utilizar una corbata en cualquier cobertura a 40 grados (metáfora de una asfixia personal del protagonista de la novela), y que demuestra veladamente que hacer buen periodismo en este país es un oficio noble y “casi” un acto heroico. O si se quiere ver: un oficio de cambio social, a cuenta gotas, pero de cambio al fin y al cabo.

Como contraparte a esta carencia está el personaje de Amber Aravena, periodista chilena, quien seducida por la figura de Alfio Wolf  (y por el trabajo bloguero de Guillermo Demian Lozano) llega a Tijuana para trabajar sobre un perfil del empresario. Las entradas de la bitácora de Aravena son una efectiva representación no sólo geográfica, sino demográfica de esta ciudad fronteriza. Y completan de manera certera y real el contexto de Vientos de Santa Ana: una ciudad de contrastes o, como lo define la propia Aravena, un laberinto sin Ariadna y el Minotauro, como cuento de Borges, pero sí con los ligres de Alfio Wolf.

Pero volvamos al tema del periodismo poco honesto y ramplón. Pues si algo mueve al personaje protagonista de la novela (y demás reporteros: Alfredo Juárez e Hilario el gato Barba) es el ímpetu por el reconocimiento desmedido y la ambición despiadada de ser “intocable” socialmente a costa de lo que sea (el escarnio de defectos físicos o la exigencia de una declaración a un enfermo en agonía, consumido por el cáncer), ser los Golden boys de las primeras planas y con ello los premios o las giras artísticas del corto, corto, largo, largo. Y en eso se le va el tiempo al protagonista, en su delirum tremens hace castillos en el aire sobre una entrevista poco probable y una confesión ambigua palabra por palabra (que, por supuesto, no tendrá su final feliz).

O las redacciones que se vendan al mejor postor, un día son de izquierda y otro de derecha. Un día publican: “Alfio Wolf, ¿por qué me asesinó tu guardaespaldas Salomón Saja?”. Y al otro, pactan económicamente para desaparecer su página negra. En este contexto, resulta certera la comparación que hace este narrador despiadado entre el periodismo y la prostitución, donde están las “esquineras” y las “escorts”. Saque usted sus conclusiones sobre quién es quién (claro, después de leer la novela).

“Se siente como si el Diablo mismo soplara desde la puerta del infierno… Es un aire seco, rasposo, como un abrazo de arena; un aire cargado de presagios y malos augurios”, son los vientos de la corrupción, la violencia, el cinismo, la impunidad, la hipocresía que soplan en el México actual y que Daniel Salina Basave ha sabido atrapar en Vientos de Santa Ana.

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