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El mundo reflejado en los ojos del niño extraño
Citlalmina Guadarrama comment 0 Comentarios access_time 4 min de lectura

Lo que viene a la mente con el nombre Truman Capote tiene siempre que ver con historias excéntricas, narcisismo, Nueva York y un largo etcétera. Pero al preguntarnos por ese joven sureño que pasaba los días en los paisajes rurales de Alabama junto a su vecina Nelle, el contraste es grande. Es por esto que el descubrimiento de trece relatos en 2014 por el editor suizo Peter Haag y su mujer, Anuschka Roshani trae a colación una nueva visión acerca de ese pasado en el que la soledad y la reclusión de Capote salían mediante la pluma.

Para Capote el cuento era la forma más difícil de escritura y la que exige mayor disciplina, pues es allí donde se presenta cualquier argumento en su forma más cruda. Decía en una entrevista que la técnica para el cuento es descubrir la manera más natural para contar la historia, y así llegar a la honestidad que requiere. Y sin duda lo seguía, sus trabajos cuentísticos carecen de rodeos o de paja, va al grano con un carácter en el que el contar resulta ser siempre la única y estupenda finalidad. Obtenemos así relatos  naturales.

Los primeros cuentos (Lumen, 2017) es una increíble muestra de lo que el mismo Capote llamó “un estilo de ver y oír”, de esa observación del otro en la que uno se da cuenta de lo que pasa desapercibido para casi todo el mundo. Vemos esa intimidad mental en cada personaje, captura la verdadera esencia de la individualidad en todos ellos. Muestran el propio desamparo que él sufrió en la infancia, al hablarnos en un tono sumamente inocente de temas sombríos como lo son la muerte, el racismo o las enfermedades mentales. Nos atrapa en los ojos de niños extraños –como el mismo Capote lo era– que se enfrentan a debates con la autoridad, encarnada ya sea en la directora de un instituto para señoritas, o en la niñera fastidiosa que nunca podrá comprendernos. Personajes arrojados al descubrimiento de sí mismos en un mundo que se despliega cruel y probatorio desde la infancia.

Capote quería que la gente leyera A sangre fría tan afectada como él mismo se sentía con el caso. Intentaba poner al lector en la primera fila de su trama, como un voyeur indiscreto. Observaba a las personas frecuentemente, apuntando en su diario extensas transcripciones al pie de la letra de conversaciones escuchadas con disimulo, una herramienta que después marcaría la pauta en su escritura.

Los primeros amores de los jóvenes personajes, podría ser uno de los aspectos que tal vez más ternura evoquen en esta serie de cuentos. Tal como lo demuestra en el genial y ya famoso “Niños en sus cumpleaños”, la ilusión y la estupefacción al no entender esas nuevas sensaciones llenan de vida los cuentos. Al mismo tiempo, sorprende la gran maestría sobre la estructura de los breves relatos, pues todos tienen una redondez extraordinaria, y el toque exacto de cotidianeidad, mismo que habita en la narrativa de autores como Raymond Carver o Joyce Carol Oates, recordando así el nombre de Capote como una de las figuras canónicas para la literatura estadounidense contemporánea.

Truman Capote conserva una vigencia innegable, disfrutar de la dulzura melancólica de sus relatos es un sensible placer en un mundo en el que las presentaciones de libros ya no son galas, ni los cincuenta dólares para el tocador alcanzan para joyas. Nos contagia esa pesadumbre de la tortura de escribir, de ser capaz de observar lo que nadie más y retratarlo de la manera más sublime. Estos primeros cuentos nos dan una idea de todo aquello que lo llevó a ser el gran escritor que se revelaba a sí mismo con el mote de “ser alcohólico, ser drogadicto, ser homosexual, ser un genio”.

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