Borges y Cortázar y la muerte

A veces digo que hice mi tesis de licenciatura sobre Cortázar porque no me atreví a hacerla sobre Borges. La verdad es que esto es una mentira decorativa, un efectismo cobarde. Sé que Cortázar, desde hace tiempo, padece cierto descrédito entre los críticos y lectores más cultos y duros, esos que no se cuecen al primer hervor, esos que ya dejaron muy atrás las levedades de la inocencia, sacerdotes del malditismo vuelto corrección política o viceversa. Sé de este descrédito y me amilano. Intento disimular mi rampante cursilería, la permanente pubertad de mi paladar —cómo si eso fuera posible— y me refugio en Borges. Pero el tiro me sale por la culata, pues me encuentro entonces con los aún más duros e inmarcesibles censores que dicen que ya no debemos leer a Borges (porque no nació en Tijuana, supongo), o simplemente con los cretinos que toda la vida han declamado que es demasiado libresco, demasiado frío, demasiado intelectual. (Espérenme, ahorita regreso, voy a resoplar hasta que se caiga algo.)

No voy a ponerme hablar aquí, otra vez, de figuras y laberintos; no voy a asumir, una vez más, la defensa de dos obras infinitas —defensa que, al final, no lo es más que de mi propio entusiasmo y de mi cariño infinito por esas dos obras—. Sólo diré lo siguiente: ni Cortázar es tan azucarado, ni Borges tan cerebral como les gusta sentenciar a los árbitros del espíritu. Aún libros tan juguetones como Historias de cronopios y de famas encierran una malicia melancólica y corrosiva. Sí, Rayuela tiene a la Maga y los paseos por el quai de la Mégisserie; pero también tiene la muerte de Rocamadour y la autofagia de los capítulos prescindibles. Por su parte, Borges no es el mejor poeta del idioma (del siglo xx, concedo) por hablar de Berkeley y Schopenhauer (tampoco a pesar de ello), sino porque su música nos repite y nos confirma como un espejo, porque nos recuerda que somos los que se van y que son sólo dos nuestros deberes: ser justos y ser felices.

Como siempre, ya me extendí más de lo debido. El propósito de estas líneas sólo era presentar y confrontar lo que Borges y Cortázar dijeron alguna vez sobre la muerte. Borges es más sobrio y seguramente más sabio al respecto. Sin embargo, me resulta imposible coincidir con él. Ante la muerte, mi reacción sigue siendo el aspaviento: el berrinche y el rechazo. Para Cortázar la muerte es el gran escándalo; para Borges, el gran consuelo. “Cada uno es su sentimiento de la muerte”, dice Cioran. Somos lo que sentimos sobre dejar de ser. Quizá por eso hice mi tesis de uno y no del otro.

Precisamente porque en el fondo soy alguien muy optimista y muy vital, es decir alguien que cree profundamente en la vida y que vive lo más profundamente posible, la noción de la muerte es también muy fuerte en mí. Yo no tengo ningún sentimiento religioso. Nunca se despertó en mí el menor sentimiento religioso. Y entonces la noción de la muerte para mí no es una noción que yo pueda esconder o disimular o buscarle un consuelo con la idea de una resurrección, de una segunda vida. Para mí la muerte es un escándalo. Es el gran escándalo. Es el verdadero escándalo. Yo creo que no deberíamos morir y que la única ventaja que los animales tienen sobre nosotros es que ellos ignoran la muerte. El animal no sabe que va a morir. El hombre lo sabe, lo sabe y reacciona de distintas maneras, histórica o personalmente. Mi reacción te la acabo de decir y por eso tienes que comprender que la muerte es un elemento muy importante y muy presente en cualquiera de las cosas que yo he escrito.

De Cortázar por Cortázar, entrevistas con Evelyn Picon Garfield (1981).

Cuando me siento desdichado pienso en la muerte. Es el consuelo que tengo: saber que no voy a seguir siendo, pensar que voy a dejar de ser. Es decir, yo tengo la certidumbre más allá de algunos temores de índole religiosa, más allá del cristianismo, que desde luego lo llevo en la sangre también, más allá de la Church of England y de la de la Iglesia Católica Romana, más allá de los puritanos, más allá de todo eso, yo tengo la certidumbre de que voy a morir enteramente. Y es un gran consuelo. Es algo que le da mucha fuerza a un hombre, el saber que es efímero. En cambio la idea de ser duradero, me parece que es una idea horrible realmente. La inmortalidad sería el peor castigo. Cualquier forma de inmortalidad sería el infierno. El cielo si durara mucho sería el infierno también.  Cualquier estado perdurable es la desdicha. Quizás una de las mayores virtudes de la vida es que todo es efímero, incluso lo físico es efímero, el placer es efímero también, y está bien que sea así porque si no sería muy tedioso todo.

Del documental Borges para millones (1978).

Sigue leyendo por temas:
, ,
Escrito por
Otros textos de Romeo Tello A.

El Romanticismo nuestro de cada día (dánoslo hoy, dánoslo ahora)

I. La noción de ismo me hace pensar en islas. Más allá...
Leer más

Deja un comentario