Algunos pensamientos insanos provocados por la lectura de “Cuando todo era para siempre”, de Federico Traeger

Al igual que tú, no te hagas como que la Virgen te habla, yo también quiero ser puercamente millonaria; pero cañón, de veras cañoncísimo. Como para salir entre los tres primeros lugares en la lista de la revista Forbes. Y saber que para mí habrá siempre un obsceno flujo de dinero, dinero y más dinero. En tus mejores días, y quizás también en los peores, ¿acaso no has delirado con pensamientos así? ¿Qué harías si de pronto, por obra y gracia de dios o del diablo, que no existen, fueras dueño de miles de millones de dólares? Aunque no te conozco, ya que llegaste a este portal y estás leyéndome, de seguro eres una persona bien nacida y por lo tanto no te obsesionarías con dedicarte a cuidar o incluso acrecentar tu fortuna, ni a las obras de beneficencia, ni a cambiar el mundo, ¡por supuesto que no! Y probablemente procederías como la persona normal que en el fondo todos somos: te dedicarías a realizar todas y cada una de tus más locas fantasías, por más excéntricas que parezcan.

Aquí están algunas de las mías, nomás por si escribirlas contribuye a que se realicen: para empezar, con diversas intensidades, podría divertirme en todo momento y en cualquier lugar. Nada de reales extravagancias como esa a la que llamamos amor, no… ¿para qué, si podría rolar diversos acompañantes de toda edad, color, sabor? Siempre es mejor el relajo en buena compañía, como dijo el sabio Lao-zi. Viajaría pues, muy bien acompañada, por Camboya, por Sabah y Sarawak, recorrería el enigmático Bagan y haría una larga escala en Luang Prabang. Y eso, nomás para irle tomando práctica al arte de gastar billullo. Además, compraría todo lo que se me dé la gana, quizá el ranchito de Neverland ahora que está a la venta, aunque en realidad no estoy segura de querer una casa en Gringolandia… o, ya sé: me compraría la Trump Tower y la haría demoler, nomás para liberar al mundo de una espantosa muestra de la más rampante naquez. Ah, y regalaría cosas realmente significativas a mis cuates (en especial a aquellos que se sienten dignos de ser nominados al Premio Nobel de Literatura), como la publicación de sus libros, con grandes tirajes, en cualquiera de los sellos del potente consorcio editorial de mi propiedad.

Como dice, con pleno acierto, Fernando Voorman en Cuando todo era para siempre: “Ser rico consiste en experimentar capas y capas de sosiego y felicidad”. Así pues, querida lectora o lector, te sugiero leer esta divertidísima novela para que te vayas familiarizando con esas capas, no sea que el día de mañana poseas tremenda fortuna y no tengas idea ni de por dónde empezar a gastar alegremente tus millones. En todo caso (cuando dispongas de esa fortuna, pues), puedes contactarnos a Federico y a mí, que con gusto te daremos asesoría.

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