Con las alas rotas

“(…) abordaría la más universalmente accesible de estas metáforas sociales: describiría al hombre en su estadio más vulnerable, como un niño, y a la sociedad en su forma más mortífera, en estado de guerra. Mi idea básica consistía en que la confrontación entre el individuo indefenso y la sociedad aplastante, entre el niño y la guerra, simbolizara la condición antihumana esencial.” Estas palabras del autor para el prólogo a la edición norteamericana de 1976, escritas años después de que El pájaro pintado fuera vituperada (y por lo tanto su autor) e inaccesible en Europa del Este, así como las líneas que culminan la cuarta de forros de esta edición: “una obra que no puede leerse sin experimentar miedo, vergüenza y una profunda tristeza”, me hicieron pensar que tenía que leer, obligatoriamente, sus páginas. Así lo hice y el prólogo por sí mismo abonaba a esa sensación de que esta novela, hasta cierto punto prohibida, o muy satanizada, en efecto podría tratarse de una de las 100 mejores del siglo XX en lengua inglesa, como también afirma la cuarta, o de las mejores sobre la Segunda Guerra. En fin, yo qué voy a saber de eso si no he leído, ni siquiera, cien libros en lengua inglesa o sobre la Segunda Guerra, juntos. Así que parto de la ignorancia, y me ciño exclusivamente en el contenido de estas casi 300 páginas y recuerdo especialmente las palabras de Jerzy Kosinski que más o menos decían que de haber sabido la controversia que este libro acarrearía para él y para su familia, no lo habría escrito. Aunque a la distancia, y leyendo desde México, no encuentro nada insultante en aquellos elementos que son extra-novela, pero sí en los que le conciernen completamente a ella: la premura por narrar, por ejemplo. Los nulos diálogos. Y es que de pronto El pájaro pintado, como su protagonista, dice a su parvada, o a la gente, que pertenece a ellos. Que es un ave auténtica. Pero el color de sus plumas pintadas de colores diversos, ante sus ojos, ante los nuestros, dicen otra cosa: que no lo es, que miente, que es otro pájaro, de otra especie. Y entonces las aves lo atacan y lo hacen pedazos. Como al protagonista por su condición de “maldito gitano”. No dudo que los hechos aquí narrados hayan podido ocurrirle, en efecto, a alguien durante los cuatro brutales años de la Gran Guerra. No, no lo dudo. Sin embargo en esta ficción –porque eso es–, la inverosimilitud se erige como la gran protagonista. Trataré de explicarme: en primer lugar, el narrador juega dos papeles peligrosamente, y en esa treta resulta mal parado. Es la voz de un niño que piensa, reflexiona (digamos que a la distancia) como un adulto. Sin embargo, esas sesudas reflexiones se contraponen a una supuesta inocencia que definitivamente choca, y nadie le cree, del niño. Desde las primeras páginas, cuando éste (que alcanza los doce años de edad en lo que dura la narración) no alcanza a distinguir la muerte de una persona. O cuando tampoco distingue sus primeros deseos carnales, pero sí es capaz de comprender a cabalidad los principios de la política soviética (…)Entonces uno ya no sabe si es el niño o el adulto recordando o qué. Todo esto lo digo así, sin conexión alguna, para no develar la trama. Una trama que, por cierto, tampoco considero que esté lograda al cien por ciento: para empezar la guerra queda totalmente marginada y el autor se centra en lo que ocurre Al paralelo en las aldeas. La mayoría de sus capítulos tiene una estructura similar, en la que el niño vaga de aldea en aldea, de personaje en personaje que lo maltrata, hasta que acaba el conflicto bélico. Sufre u observa ciertas atrocidades, nos habla de la vida de quienes le rodean, de sus pensamientos recurrentes y… nomás no nos sentimos avergonzados ni atemorizados. Insisto, no porque los hechos no sean vergonzosos o atemorizantes en el caso de que alguien los haya padecido, sino que la manera en cómo se cuentan, o simplemente se enuncian, es quizá laxa, o apresurada, como dije al inicio. Los detalles se difuminan en la persistente consecución de secuencias, donde apenas acabó un hecho atroz y ya empezó otra cosa mucho menos atroz; a la nulidad de diálogos: apenas conocemos a los personajes salvo por lo que hacen, incluido al principal, quien tiene el grave error (asunto de este autor) de ser a su vez el narrador. Sí, sé que debí abandonar la lectura, porque desde el inició detecté que no sería la azarosa y cruenta aventura que me esperaba (si lo comparamos con Kaputt, de Curzio Malaparte, esta obra empalidece). Pero no quise caer en el prejuicio que algunos de sus lectores del este de Europa cayeron, en su momento, sin haberla leído, aunque se tratara por asuntos ideológicos. Este fue el resultado.

Por Samuel Segura

Hablamos de ☞  El pájaro pintado, Jerzy Kosinski, Debolsillo.


 

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