Cuando el amor naufraga

Cuando el amor naufraga, los libros salen a flote. Dos movimientos completamente encontrados: la lectura eleva, el amor hunde. Nos hallamos en ese lugar donde las palabras nos acompañan y nos hieren: un poema de Neruda exalta y otro de Ted Hughes nos arrastra hasta el fondo de la nada. La desolación no tiene límites y la esperanza no termina de extinguirse, late interminablemente, a contracorriente. Como cuando uno lee Ciudades desiertas.

Es desde el cuarto propio que entonces podemos reconstruir las palabras veladas de la desolación, de la pérdida. Si tenemos a Alejandra Pizarnik en nuestras manos, entendemos que en la lectura del naufragio la existencia busca un depositario que no es el amor, que no es el amado: es el lenguaje. Y cuando el lenguaje comienza a recomponerse en figuras, en posibilidades, la lectura abre nuevamente la puerta: Jane Austen nos hace sonreír; Alejandro Reyes nos da la mano; Malzieu, la magia. Y quizá, volvemos a creer en el amor.

Escribió Joaquín Sabina que “lo atroz de la pasión es cuando pasa”. Que la caída de la ruptura es más precipitada que la adrenalina de la cuesta arriba. ¿Soy yo, o es verdad que el amor parece pesar más en la poesía que en la prosa? Será que la poesía es desgarrarnos y la prosa es catarsis. Y a pesar de todo, más allá de Neruda y de Paz, sobre Jane Austen y sobre Flaubert, por encima de Albert Cohen y de Thomas Mann, retumba por siempre en los lectores la conmovedora historia de aquel conde que se resiste a morir sino hasta poseer nuevamente a su amada, para fundirse en un abrazo infinito y trasladarse en su sempiterna compañía. El amor eterno es una quimera, pero es verdad que la literatura nos ha mostrado, en repetidas ocasiones, que hemos de preferir la muerte a una vida desposeída de los arrebatos del amor.

En definitiva, el amor es lenguaje desbordante y desbordado. Pura exuberancia. Pura hipérbole. Exceso de vida y vida en el exceso. Goce de la palabra. Tal como lo explicaba Roland Barthes en sus famosos Fragmentos: “El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Mi lenguaje tiembla de deseo […] envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio […] Hablar amorosamente es desvivirse sin término; es practicar una relación sin orgasmo”. Y de qué hablamos cuando hablamos de amor… Un fantasma sutil, un gesto. Balbuceos. Cigarrillos. Consumación. Fuga y destrucción.

El choque de las olas.
Drácula, Bram Stoker
Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda
Cartas de cumpleaños, Ted Hughes
Ciudades desiertas, José Agustín
Mi vida querida, Alice Munro
Poesía completa, Alejandra Pizarnik
Un cuarto propio, Virginia Woolf
Orgullo y prejuicio, Jane Austen
La reina del cine Roma, Alejandro Reyes
El beso más pequeño, Mathias Malzieu

Andrés Ramírez, Fernanda Álvarez, Wendolín Perla y Enrique Calderón

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