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Mario Vargas Llosa y el origen mestizo de la canción
Carlos Priego Vargas comment 0 Comentarios

Mario Vargas Llosa y el origen mestizo de la canción

Le dedico mi silencio es sin duda una de las novelas más interesantes publicadas en 2023 y también una de las más subestimadas. Como antecedente —desde el reino de la no ficción— de esta extraordinaria fábula, sobre la música criolla y su factor de unidad social en un país, Perú, donde el novelista encuentra tantas distancias sociales y económicas, no vacilaría en mencionar El estado mestizo del académico y experto en literatura Joshua Lund. Y en lo que se refiere a cronistas y expertos musicales —por su manera de abordar los hechos— uno de los libros más importantes con los que emparenta esta novela del escritor peruano Mario Vargas Llosa es: La música. Una historia subversiva del historiador musical estadounidense Ted Gioia. Ambos son autores de no ficción, pero para este lector que comenta deben aparecer como clara referencia y sustento de Le dedico mi silencio.

Primero porque ambos —Lund desde su análisis de la literatura y Giogia desde su repaso de la historia de la música— encuentran en los productos realizados con finalidades estéticas —la música y la literatura— un factor de cohesión social. La música y literatura en sí mismos son suficientes para crear sentimientos de lealtad tribal y Mario Vargas Llosa usó su experiencia como escritor para fortalecer esta propuesta desde la ficción según las necesidades de lo que deseó contar. Capítulos que no se alargan demasiado, frases breves y con una velocidad de la narración que recorre distintos registros del lenguaje y las intensidades de la realidad, Le dedico mi silencio se trata de una novela que explica y refleja lo que observa y vive su narrador en su intento de explicar el Perú que lo tocó ver.

Multitud de recuerdos, diálogos, canciones, conversaciones entre personajes, el narrador testigo —que permite una profundidad de conocimiento sobre los personajes y situaciones que otro tipo de narrador no permite—, y muchas más técnicas demuestran la capacidad para contar historias del Premio Nobel peruano. Hay que mencionar que esta novela se vuelve particularmente interesante por la manera en que lleva a la literatura a ocuparse de la realidad en algunos momentos con mayor contenido histórico —sin ser una novela histórica—, o con tonos de ficción más marcados en otros, pero con la reflexión sobre la necesidad de contar hechos verdaderos con la ayuda de la mirada literaria como una constante.

Y en algo más se emparenta El estado mestizo y Le dedico mi silencio, ambas se ocupan de la identidad de las naciones derivadas de Europa —la peruana y la mexicana— como producto del diálogo con el discurso racial, como lo indica en el título el autor norteamericano. Le dedico mi silencio es una novela que reflexiona —en algunos momentos más marcados que otros— sobre el papel de la raza como una categoría que se erige como pilar central para la conceptualización de las dinámicas socio históricas de donde surge el Perú moderno.

La última ficción de Mario Vargas Llosa propone, a través de la raza, pensar la historia cultural andina. Así, en su última novela, nos enteramos de la obra y vida de personajes tan carismáticos como Toño Azplicueta, un triste “intelectual proletario”, o el prodigioso y misterioso guitarrista Lalo Molfino, pero también de los músicos o los intelectuales peruanos y la vida de otros personajes más, cuyas pasiones, esperanzas, tribulaciones y soledades son descritas magistralmente por el narrador, un artífice del lenguaje de gran capacidad prosística y dominio estilístico que ya volcó en obras como La fiesta del chivo, La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral.

De la misma manera, esta narrativa ofrece un formidable mosaico que se preocupa por describir la historia cultural de Perú a través de la música y entender los misterios del mestizaje y de la huachafería peruana expresados en la música criolla, en el vals, los pasillos, la marinera, la polca y los huainitos serranos. Tras leer la breve novela comentada, el lector puede comprobar que el novelista convirtió a su narrador en testigo de una realidad, violenta, dividida y contradictoria, que se produjo ante los ojos de los personajes y de la que decidió presentar —alejado de las estériles descripciones y de los extensos debates de los intelectuales vanidosos que desprecian las expresiones artísticas populares por querer parecerse a los franceses o a los ingleses— las historias que retratan las particularidades de los peruanos.

¿Qué diablos es el Perú moderno? ¿Por qué es de una manera y no de otra? ¿Cuáles fueron las culturas que pusieron una gota en las intensas mezclas raciales de las que nacieron los peruanos? ¿Hay algo más raro que ese particular tipo de americano? Toño Azpilcueta busca brindar una respuesta a todas estas cuestiones y el fruto de este dilatado empeño es un magnífico, enternecedor, esperanzador y trágico desfile de personajes que, igual que los de otras novelas de Llosa, nos serán familiares, adquirirán ciudadanía por derecho propio y, de hecho, muchos de ellos —o casi todos— nos van a sobrevivir como los pocos acordes que se desprendieron de la guitarra de Lalo Molfino, aun cuando en el libro perezcan o desaparezcan algunos. Ahí están por ejemplo Hermógenes Artajerjes Morones, el intelectual que más sabía sobre la música y los bailes que componen el folclor peruano; José Duran Flores, aquél escritor reconocido al que Toño admiraba y detestaba a la vez, pues estaba allá arriba y era mencionado con los adjetivos de ilustre y letrado; o el mismo Lalo Molfino, personaje destinado a la fama que se presentaba en el escenario con zapatos de charol, sin calcetines, un traje que le quedaba chico, por lo menos el pantalón, y una camisa floreada. De la mano del narrador conoceremos el destino de muchos de estos peruanos.

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Se conocerá la de la cansada Matilde, la esposa de Toño Azpilcueta. Al “Chino” Collau, compadre, mecenas y confidente del protagonista. Se conocerá al amor platónico de Azpilcueta, Cecilia Barraza, quien con su elegancia y finura, en el cantar y en el vestir, anda por los escenarios. Y la historia de amor entre Toni Lagarde, el blanquito miraflorino, que se casó con Lala Solórzano, una negrita que bailaba con mucha gracia los valses con sus ojos chispeantes y risueños, cuya historia de amor inspira al protagonista a escribir la historia cultural del Perú. De la misma manera, el lector se enterará de los ires y venires de los artistas populares como el famoso Karamanduka, quien aparentaba tocar la guitarra, cantar, bailar todos los valses y marineras de los callejones limeños y meterse con su pandilla a todas las jaranas que encontraba a su paso.

Conoceremos la vida de Óscar Avilés a quién la canción peruana le debe la vida. Y en ocasiones el volumen se adopta tintes de historia oral, algo que permite a los lectores conocer las historias de algunas canciones como la famosa Ódiame, que nació a partir de unos versos del famoso poeta tacneño Federico Barreto, famoso, además, por los recios y feroces artículos contra la ocupación chilena y muchas otras historias que se tejen, destejen, se hacen, se mezclan, se enlazan y se desenlazan, se juntan, arrejuntan y se separan ante nuestros ojos siempre asombrados.

El verdadero personaje de la novela del escritor peruano es, como sabemos, el Perú desunido y desigual, constantemente afligido por las grietas y las diferencias sociales. Un Perú roto y desangrado a consecuencia de la constante amenaza de Sendero Luminoso. Pero también es la historia de la memoria popular reencarnada en muchas voces. Y si bien abundan las páginas con unas crónicas musicales, teoría cultural y ensayo político deslumbrantes; en El estado mestizo la perspectiva de Joshua Lund fue la del experto en estudios culturales preocupado por leer “la raza” sistemáticamente a través de un conjunto de obras literarias. Le dedico mi silencio, en cambio, es una ventana a la cultura peruana a partir del recuerdo, una verdad contada desde el seno del hogar, desde donde su protagonista recuperó —con ayuda de las notas con las que llenó los cuadernos que celosamente transporta en una maleta y un excelso uso de la memoria pasando por la lupa del tiempo— numerosos testimonios.

Esta narrativa no pertenece a un género literario propiamente dicho —los capítulos pares pertenecen a la historia de Toño Azpilcueta y de sus esfuerzos por encontrar al guitarrista Lalo Molfino, mientras que los capítulos impares están escritos en clave de ensayo y trasmiten al lector la experiencia de leer el libro que Azpilcueta tanto ansía—. Es difícil afirmar que se trata solo de una novela o de un ensayo sobre la construcción de Perú moderno o de un estudio de la noción de raza en los siglos XIX y XX o un trabajo de separación de la ideología del mestizaje o una lectura de la tradición musical peruana o una obra clave para entender el Perú de hoy, aún desgarrado por los discursos de la alta y baja cultura. Es una obra compuesta por capítulos muy breves —el más corto tiene apenas dos páginas, mientras el más extenso no pasa de quince— de diversos relieves narrativos que toma elementos de la realidad que se funden con la ficción. Una de las cosas particularmente interesantes del volumen es la manera en que esa soldadura queda totalmente oculta con un hábil pulido que no permite distinguir qué es realidad y qué es imaginación. El lector tiene la necesidad de ir a guglear algunos de los episodios de la novela para ver si realmente ocurrieron o no. Su principal característica, en este sentido, es el carácter de vitral de sus textos y luego su condición heterogénea entre ficción y no ficción. No se sabe si Mario Vargas Llosa agrega un dato de su invención o no, todo parece ser verdadero, aunque se trate de una mirada de un hombre adulto reformulada muchos años después, que dibuja cuidadosamente —con un idealismo bienintencionado que conduce finalmente al engaño, la derrota y la melancolía— un mundo expresado en la huachafería. Una situación que en la realidad continúa vigente. Lea la obra de Mario Vargas Llosa y cambie los nombres de los personajes. Todo continúa igual. Se desoye. Se manipula la realidad para probar las frágiles doctrinas.

No necesitamos, desde luego, abundar en descripciones y alegorías sobre la obra escrita por Mario Vargas Llosa —que en los tiempos en los que apareció publicada pasó de largo por las mesas de los lectores y no figuró en las listas de los mejores libros publicados en el año— lo que hace, con excelente resultado, el propio escritor es contar lo que vio y pasa lo objetivo por su filtro, de tal manera que al añadirle un habla coloquial, la huachafería, Llosa dotó a su texto con una subjetividad cuyo resultado es un extenso canto, los apuntes de un cómplice, de aquello que fue ignorado durante décadas. Y los involucra a todos: a la región, a sus habitantes, a sus calles, sus casas. A todos.

Es probable que una revalorización del —no tan nuevo— debate sobre la relación entre raza y representación cultural en América, tema poco revisado en mi opinión y en la de otros, nos lleve a reconocer la importancia que representó la aparición de la novela de Vargas Llosa. Señalando este antecedente respetable, no cabe duda que destella el gran talento del escritor para adentrarse, así sea a ojo de pájaro, en las vidas de los peruanos, sus músicos, sus hombres y mujeres. Y aquí es donde aparece la ironía, pocas páginas tan entretenidas se escribieron en la literatura, como las que describen, por ejemplo, a Toño Azpilcueta, presa del pánico, rascándose el cuerpo con vigor y quitándose esos animalitos repugnantes e imaginarios que lo rodean y le trepan por el cuerpo cada vez que se siente en aprietos. O tan serias y profundas como cuando el narrador habla sobre el origen.

Mario Vargas Llosa supo dónde poner su corazón, su amor, su entusiasmo, su verbo: en su preciada música criolla, ofreciendo un estudio sobre la misma y sobre la visión del mundo que expresa la huachafería. Este pequeño texto no me permite explayarme en la enorme importancia que tiene la historia de la música peruana en Le dedico mi silencio, así como en muchas de sus virtudes.

Dejo esto a los críticos y a los expertos que desde hace décadas exploran —a manera de una excavación para extraer minerales— la obra de este escritor y me limito a celebrar sus más de sesenta años de trayectoria como novelista y ensayista. Me gusta pensar que, al caminar por la calle, cuando las lámparas comienzan a iluminar las calles, voy a encontrar a Toño Azplicueta, alumbrándose debajo de una de ellas, repasando sus apuntes para escribir ese libro que, por fin, va a unir a Perú. Me gusta pensar que la libreta que se le cayó a Toño Azplicueta del bolsillo trasero de su pantalón será recogida por otros de los grandes narradores que continuarán el trabajo después de que Mario Vargas Llosa apague la luz y cierre la puerta.

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