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Una lista de poetas
Karina Sosa comment 0 Comentarios

En la memoria tengo una antología de poemas que pertenecen a mi existencia.

Cada libro leído, cada línea, van configurando nuestra vida. Lo creo así porque recuerdo con pesar que de muy niña, me regalaron un poemario de Jaime Sabines sobre la luna. Me parece terrible pensar en que mis primeros intentos de poesía intentaban emular poemas edulcorados… me aterra saber que escuchaba a Silvio Rodríguez para escribir cartas a los chicos que me gustaban. Me arrepiento y pido disculpas. No tengo nada contra la música de Silvio Rodríguez ni contra los poemas de Jaime Sabines, pero creo que a los quince años la vida comienza y apenas se abre el umbral de libros por leer.

Al pensar en los poetas que me han acompañado en los últimos años, no deja de sorprenderme que algunos de los que mencionaré han llegado hace relativamente muy poco.

Diez años atrás me encontré de manera obsesiva con Alejandra Pizarnik, y es ella la primera en esta lista. Cuenta César Aira, que se llamaba Flora Pizarnik. Pienso en el jardín que Alejandra Pizarnik plantó desde su interior, llevándolo a las palabras, creando pasajes tenebrosos, acueductos en donde mirarnos como narcisos ofuscados por nuestra monstruosa realidad. La vida de Alejandra merece todas las páginas que por ahora no tengo. Sus poemas irrepetibles a veces son serpientes luminosas. Eso creo. Pienso en las serpientes como símbolo de sabiduría, de revelación. Sé que la poesía, como escribió alguien antes, es también la zarza ardiente en mitad de la nada.

“La noche se astilló de estrellas

mirándome alucinada

el aire arroja odio

embellecido su rostro

con música.

Pronto nos iremos”.

Sueño que entro en una librería. Hay una mujer que hojea un libro. Se detiene en un libro que la hace reír a carcajadas. Veo el rostro de la mujer y la portada del libro. Son la misma mujer. En el sueño estoy en una librería que en la realidad ya no existe.

En el sueño la mujer comienza a recitar poemas. Y yo la escucho a solas. Así sucede siempre me dice la poesía es un momento a solas. Todo lo que deseamos se revela en esos momentos que los otros han descrito con sus palabras: la poesía.

¿Qué es y qué no es poesía? Una lista larga de palabras. Una infinita conversación.

Imagino que soñé que Ida Vitale me hablaba de su vida, de la poesía, de todo lo que deseo. La ficción nos ayuda a sostenernos, a existir.

Ida Vitale, nacida en Montevideo en noviembre de 1923, ha escrito también ensayo.

Ida Vitale es un poema en mi memoria: Llamada vida. En su De plantas y animales, uno de mis libros más queridos, aprendí a pensar en las minucias. En varios de sus poemas comprendí algo sobre mi existencia.

“estar en busca de alma diferida

preparar un milagro entre la sombra

y llamar vida a lo que sabe a muerte”.

Estoy en un cine, viendo Paterson y pienso si la poesía es también oscuridad. Los poemas son como vampiros que sobreviven en una eternidad luminosa. Todo lo que digo es contradictorio, lo sé.

Otro momento: veo un programa equis en la televisión y pienso en los pendientes por hacer. Pienso en Sei Shonagon, pienso en un poema de William Carlos Williams.

Sobre William Carlos Williams, dice Pura López Colomé: “existe una ambigüedad que permite todo aquello que es claro y delicado conviviendo con lo áspero y horrible; y, por supuesto, todo lo anterior lleno de un terco o invencible gozo”.

Pienso en las frutas, pienso en un lugar que no existe: manzanos, naranjales, árboles de limón. En esa huerta llueve y alguien corta una fruta, la mastica y sacia su hambre…

Pienso en todo ello y pienso en una mano que arranca la yerba. Corta hojas para un té, que empieza a hervir… Pienso en alguien que se refugia del mundo en los libros, en las palabras de los muertos. Pienso en la joven que vuelve a casa, después de horas de trabajo acomodando montones de ropas en un almacén…

Descansar lo andado en un poema. Reposar en los delirios de otros:

“Papeles

(consumidos) echados al viento. Negros.

La tinta, al quemarse, se hizo blanca, blanca metal. Así sea.

Ven, belleza avasalladora. Ven pronto. Así sea.

Polvo entre los dedos. Así sea.

Ven, futilidad zarrapastrosa. Aduéñate.

Así sea. Así sea”.

¿Quién podría, como lo hace Anne Carson, decir en las biografías de sus libros: Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo? Pienso que el primer libro de Anne Carson que leí fue Autobiografía de Rojo. Lo leí y algo dentro me hizo pensar en lo que me duele, en las imposibilidades, en una figurilla de barro rota en el centro de un sitio abandonado después de la guerra. No importa mucho qué guerra es. Todas son igual de absurdas y sangrientas. Todas nos punzan en la memoria.

Me gustaría, para hablar de Anne Carson, saber más sobre Grecia. Saber más sobre todas las cosas. Saber sobre el dulce amargo. Saber más sobre despedidas que te hacen morir un poco más. La oscuridad y lo cotidiano: un túnel de palabras.

Una llamada telefónica con su madre o Albertine y sus múltiples maneras de convertirse en una flor acuática… Allí, en su escritura, está lo que se desmorona o lo que nos sostiene.

“Piensa en tu vida sin el dormir.

Sin la losa del tiempo proscrito puntuando cada almohada, sin almohadas.

Sin la enorme cocina negra y la estufa hirviente donde

arrancas los trozos

de piernas y brazos de tu padre”.

La casa que habito empieza a envejecer, pronto necesitará remodelaciones. Pronto empezará a rebelarse contra los que la habitan. Pienso en un vidrio que se fragmenta, en una tubería colapsada, en una pared llena de grietas y en las moscas coronándolo todo.

Pienso en las abejas y sus celdillas perfectas: cavidades prismáticas hexagonales, dice internet. Me da pena mi torpeza. Para eso, también, existe la poesía: para salvarnos de nuestra estupidez.

Pienso en todo esto, porque pienso en esa mujer que se separa del mundo: que habita una casa, que hace que esa casa y su naturaleza la habiten.

Que siente el rumor del viento, que preserva lo que ve y lo lleva a sus cuadernos…

Pienso en la mujer delirante que cuida de las palabras, como especies vivientes.

“Se necesita un trébol y una abeja

Para hacer una pradera,

Un trébol y una abeja,

Y soñar.

Soñar es más que suficiente

Si las abejas son pocas”.

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