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De recuerdos, amistad y secretos, tres libros LGBTI que no pueden faltar en tu librero
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Existen ciertos recuerdos que son como ciudades intrincadas de las que uno no puede escapar. Truman Capote escribió: “Venecia es la ciudad más compacta que existe; es un museo de ambiente carnavalesco, un inmenso palacio sin puertas en el que todo está conectado y una estancia conduce a otra”.

Los recuerdos son también como una estancia estrecha que te conduce a otra puerta que te revela deseos, sensaciones, perfumes, sabores…

Llámame por tu nombre

Elio nos cuenta una historia pasada, una historia que se desdobla para recordarnos que el amor feliz no tiene historia y que la desdicha nos hace sentir amor y empatía por los personajes sufrientes de amor.

Me perturba y me asombra leer en Llámame por tu nombre las minucias a las que nos conduce el deseo y la curiosidad.

Alguien llega y toca la puerta, entonces nosotros nos volcamos sobre este intruso intentando conocer a través de su piel, de sus ropas, de sus palabras, lo que ese extraño no quiere revelarnos.

La historia de Oliver y Elio podría encontrarse también Muerte en Venecia, en Il gardino dei Finzi Contini, en Romeo y Julieta, o en Ana Karenina. Creo que es una exageración, pero una exageración necesaria: el deseo nos torna repetitivos. Al enamorarnos creemos que todo es nuevo, que cada cosa tiene un significado doble, es decir que todo es una clave o un secreto que será descubierto por nuestro amado.

Muerte en Venecia es, como Llámame por tu nombre, una elegía a las despedidas. Pero también es un canto a la espera.

Lo dice Elio en algún momento al comienzo del libro:

“¿Qué se podía hacer por allí?

Nada. Esperar a que acabase el verano”.

Llámame por tu nombre, nos cuenta la historia de un encuentro, nos hace sentirnos Oliver (el que llega y huye de sí mismo) y Elio (el que intenta vivir a través de los recuerdos).

¿Qué nos fascina y nos atrapa en esta historia de amor trágico? Digo trágico por no decir imposible. Son esos resquicios, los alrededores, la sensación de todo lo experimentado es exquisito…

Elio resulta encantador para mí por una razón: en mi existencia colecciono más fantasmas que presencias.

Las despedidas se erigen como pequeñas estatuillas en una isla abandonada, que es mi memoria.

Tan poca vida

¿Qué nos duele de la existencia? Escucho una y otra vez una canción aprendida, no sé en qué momento, pero que dice que la vida es algo así como una sinfonía agridulce… lo pienso un momento y pienso también que sí: a veces nos miramos a nosotros mismos, en una plancha mortuoria y somos testigos de nuestra propia autopsia. Vemos, como en un retrato renacentista, cómo nos van abriendo. Observamos el corazón y entonces sabemos que no estamos muertos.

Esta alucinación nos regresa a la vida.

Para hablar de Tan poca vida, es necesario hablar de aquellos momentos secretos que nos parten en dos y nos dejan grietas, solamente visibles cuando estamos a solas frente al espejo.

Hanya Yanagihara, la autora de Tan poca vida, ha dicho que le gustaba acompañar a su padre para observar el dolor. Su padre era médico y continuamente estaba en cercanía con casos de gente que podía morir de un momento a otro.

Quizás esa cercanía con la muerte, empujó a Hanya Yanagihara a pensar en una historia que retrata una existencia oscura.

Cuatro vidas se unen y en el centro, como un nudo, la amistad.

Pero en el centro real de este libro se encuentra el sentimiento de devastación. No tener un hogar, no tener una identidad. Existir con nuestros cuerpos y sus rechazos… ser lo que los otros nos indican que somos: negro, gay, mantenido…

Somos vulnerables al nacer. Al entregarnos un cuerpo se nos entrega un armazón que guardará el abuso, las miradas ajenas, la constante de no comprender que hay tan poca vida para absorber tantísimo dolor.

Fun Home

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, debería decir Alison al contar la historia de su familia.

Pienso si la literatura no intenta contar la historia de una familia que observa su tragedia y partiendo de esa tragedia, cuentan una historia ficticia de sus deseos.

Fun home: una familia tragicómica, la novela gráfica escrita por Alison Bechdel, parece un álbum de estampas trágicas y dolorosas. Un álbum que nos deja ver las obsesiones de una relación familiar peculiar: ¿cómo miramos a nuestro padre? Pienso en la Carta al padre, de Franz Kafka. Pienso en lo extravagante que resulta conocer y descubrir los secretos de aquellos que al engendrarnos nos idealizaron.

El padre de Alison desea construir un hogar. Sus manías, su obsesión, casi puntillosa por edificar un museo: La casa de la vida, como diría Mario Praz.

Se dice que la literatura es también una manera de mirarnos al espejo, y lo creo: descubrir nuestras diferencias y partiendo de esas diferencias replantearnos quiénes somos.

Sabiendo que el padre oculta su homosexualidad, Alison descubre también quién es. Dédalo, el constructor de alas, es tomado como centro para hablar de la construcción de una identidad.

¿Qué sueñan Dédalo e Ícaro? ¿Cómo se proyectan el padre y el hijo en esta idea romántica de alcanzar la libertad para volar? ¿Y cómo esa historia nos habla también de la imposibilidad y la crueldad? Basta con leer Fun home: una familia tragicómica. Basta con observarnos al espejo y contar nuestra historia.

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