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Tiempo de magos: una década de filosofía
Josué Isaac Muñoz Núñez comment 0 Comentarios

1919, Alemania se recupera de la derrota de la Primera Guerra Mundial. El mundo burgués parece demasiado estable en sus valores e ideales. Matrimonio, academia y ciencia son los estandartes de la sociedad capitalista. Aunque haya guerras civiles y devaluaciones nadie se atreve a poner en entredicho los valores legados por la modernidad. Las ideas de progreso, razón, sujeto y objeto parecen firmes e inamovibles. En este ambiente de precariedad es que surgen cuatro pensadores que repensaron la filosofía: Wittgenstein, Heidegger, Benjamin y Cassirer.

Cuatro autores que de 1919 a 1929 encarnaron una filosofía que interpelaba su realidad y que experimentaban filosóficamente el mundo. Mucha gente cree que la filosofía es un discurso abstracto y ajeno al mundo; piensan que es un discurso aislado y no vivo, y no podrían estar más equivocados. Wittgenstein con su escalera, Benjamin con su pensamiento de collage, Heidegger con el replanteo de la preguntar por el ser, y Cassirer y la indagación sobre la relación entre símbolo y cultura: cada uno de ellos desde su perspectiva fue más allá del pensamiento moderno, que aún sigue determinándonos.

A lo largo de las páginas de Tiempo de magos. La gran década de la filosofía (Taurus, 2019) de Wolfram Eilenberger vemos cómo se desarrolla el contexto social e histórico en que nace la filosofía de estos cuatro autores. Y aunque ellos no se relacionan entre sí, cada uno mantiene una idea semejante: la crítica a la modernidad.

Vemos un Wittgenstein que afirma que su filosofía no la entenderá cualquiera: “No se preocupen, sé que jamás lo entenderán”. Un Wittgenstein abrumado por la idea del suicidio, la lucha contra su homosexualidad reprimida y el problema que más le dolía: la incomprensión de su pensamiento y de los demás. Se sentía aislado del mundo. Se dice que sufría un tipo de autismo no diagnosticado, por lo que su pensamiento era una extensión de su experiencia.

Un Wittgenstein que se exilió del mundo para ser profesor en la provincia, pero siempre en soledad y con el anhelo de volver a la academia. Cuando escribió el Tractatus tenía en mente acabar con los problemas que la filosofía plantea, aclarando los límites y el uso correcto de los términos. Sin embargo, descubrió que siempre quedaba algo más que decir y que era imposible de alcanzar; el lenguaje tenía un límite. Las ideas de justicia, mundo, verdad y realidad quedaban fuera de la experiencia y del lenguaje. Al intentar resolver los problemas de la metafísica, volvió a ellos. Y aunque el Círculo de Viena lo tomó como maestro, él se negaba a ser parte de ese grupo. La filosofía analítica era lo contrario al pensamiento de Wittgenstein. Además, prefirió dejarles toda su herencia a sus hermanas y vivir en la indulgencia. Un acto de rebeldía contra los valores modernos de familia, herencia y éxito.

También vemos a un Walter Benjamin disgustado ante la idea de ser profesor. Él prefería ser librero, editor o escritor, lo que le traería problemas económicos y su constante ir y venir de un lado a otro. Atosigado por su padre y su esposa, Dora, no encontrará paz más que con su amante, Asia, con quien también descubrió la vida bohemia, tal como Baudelaire, poeta que el filósofo tradujo al alemán. Benjamin vivió una de las experiencias más raras y fructíferas para su obra: ir a Moscú a buscar a su amante y hallarla con su esposo; al mismo tiempo, en ese viaje experimentaría el nacimiento de la Rusia socialista y podría comprender el pensamiento marxista. De ahí que luego se integrara a la escuela de Frankfurt, aunque nunca haya sido tan reconocido como Adorno o Horkheimer.

Benjamin tenía una vida disoluta, se la pasaba en cafés, bares y teatros hasta las tres o cuatro de la mañana. Siempre prometía que escribiría su próximo libro, por lo que pedía dinero por adelantando a su editor, pero se lo gastaba en mujeres y vino. Benjamin muchas veces tuvo la oportunidad de ir con su amigo Scholem a vivir a Jerusalén, pero prefirió quedarse con su amante y vivir una vida fragmentaria como su obra.

A Heidegger, católico y adversario de la academia, lo podemos ver viviendo en una cabaña en la Selva Negra. La esposa de Cassirer, Toni, menciona que la forma de hablar de Heidegger le recordaba a la de un campesino. Su pensamiento se oponía a la ciudad y a la burguesía. Su matrimonio con Elfride era una fachada burguesa, de ahí que buscara siempre la autenticidad. El amor para él no era determinado por un pacto social, sino que era considerado un acontecimiento. Su vida fue un ejemplo de cómo repensar lo que la modernidad estableció: el sujeto racional cartesiano fue puesto en duda y se buscó una relación más originaria y anterior al sujeto. Heidegger encontró que lo más auténtico era replantear el modo en que el hombre se relaciona con el mundo. De ahí la diferencia ontológica, donde el ente que se pregunta por el ser es el dasein, el hombre. A este hombre que se encuentra en el mundo las cosas le son familiares y olvida su experiencia originaria con aquél, acontecimiento que se da por el ocultamiento del ser. Para Heidegger, la filosofía, como la vida, no es algo ya conocido de suyo, sino un conjunto de hechos originarios y auténticos que sólo cobran su novedad cuando se ponen en duda.

Su amorío con Hannah Arendt fue un quiebre a la idea de que el amor por compromiso era lo cierto. El amor es un suceso, algo que se da como la angustia o la muerte. Asimismo, la angustia es el estado más auténtico y originario del dasein, donde el sujeto logra superar las concepciones impuestas por la modernidad y logra preguntar por el ser. Todo esto surge de la experiencia vivencial de Heidegger, de la angustia de ver a su madre morir, de buscar una estabilidad económica y personal, que no tendrá sino hasta los cuarenta años, de vivir en soledad en una cabaña y de verla como un refugio para el pensamiento.

Cassirer fue el único de los cuatro que tuvo un matrimonio y trabajo estables. Sin embargo, él también sintió la necesidad de repensar la cultura; se dio cuenta de que había una separación entre el discurso científico, religioso, filosófico y artístico. Veía que todo esto era parte de la cultura, pero qué relación había entre un discurso y otro. Cassirer veía que el problema de la cultura alemana, y la occidental, era la separación entre los discursos de la cultura y que cada uno de los aspectos de la cultura era una forma, un símbolo, en que se expresaba el ser del hombre. No es que fueran discursos diferentes, sino que expresaban de distinta forma lo que es la humanidad. Por tanto, la cultura es la expresión del ser humano. Cassirer era un entusiasta de entender y conocer la totalidad de la cultura. En esta búsqueda de comprensión tuvo la suerte de ser invitado a la Biblioteca de Warburg, fundada por el historiador Aby Warburg, quien estuvo largo tiempo internado en el instituto psiquiátrico de Ludwig Binswanger. Warburg creía que la locura se podía curar si se lograban entender las formas del pensamiento humano y para ello sólo había que decodificar los símbolos que activaban la locura o que la curaban. Durante su estancia en la biblioteca, Cassirer descubrió que había varias relaciones simbólicas entre la investigación que realizaba y ese espacio; una de las más significativas era las separaciones nada comunes del catálogo:

Orientación                 Imagen                       Palabra                       Acción

Como si la biblioteca fuera hecha para Cassirer.

Aunque fue el autor más reconocido en su época y tuvo estabilidad económica y social, Cassirer también sufrió comentarios antisemitas, exclusiones por sus interpretaciones de Kant, que eran tomadas como la lectura judía, e insultos por su vida acomodada y simple. Sin embargo, fue un profesor que, aunque tenía que recorrer dos horas de viaje en tranvía para llegar a la escuela o pasar entre revueltas civiles, siempre se entregó a la tarea de pensar filosóficamente el mundo. 

Dentro del libro de Wolfram Eilenberger se narra uno de los eventos más importantes en el renacer de la filosofía alemana de la posguerra: el encuentro de Davos en 1929, donde Heidegger y Cassirer fueron invitados a dar unas charlas y a tener un diálogo entre ambos. En ese diálogo habría más bien una disputa entre los neokantianos, como Casirrer, y la fenomenología-ontología, defendida por Heidegger.

Este evento cambiaría el rumbo de la filosofía en Alemania. Tenemos por un lado a Cassirer, que defenderá la libertad y una lectura neokantiana de la filosofía; y, por otro, a Heidegger y su propuesta innovadora mediante la pregunta por el ser. No obstante, ambos autores buscaban responder a la pregunta: “¿Qué es el hombre?”, la cual tiene que ver con el lugar del hombre en el mundo y cómo se relaciona con éste. Ambos ven que las ciencias, el arte y la religión establecen presupuestos que ocultan el verdadero ser del hombre. La ciencia no es más verdadera ni única, así como tampoco la religión ni el arte, sino que los tres son modos de conocer el mundo, pero éste es inabarcable si se conciben estas disciplinas separadas. La filosofía busca romper con estas divisiones y pensar la totalidad; pensar qué es el mundo sin caer en divisiones.

Sin embargo, en el encuentro Cassirer quedó opacado por Heidegger. Como menciona Hannah Arendt, Heidegger tenía el “secreto rey” de la filosofía, por lo que tomó el lugar del nuevo exponente de la filosofía alemana; a Cassirer esto no le importó, pero no volvió a mencionar dicho encuentro. Posteriormente, en 1933, a Heidegger se le otorgó la rectoría de la Universidad de Friburgo y formaría parte del partido nazi. En 1929 esto no podía preverse, pero todo lo que ocurrió en ese evento y que se pensó en esa década influenció mucho o poco en lo que pasaría después y en lo que sigue sucediendo actualmente. La esposa de Cassirer recordará en su exilio en Estados Unidos el ambiente de antisemitismo que se respiraba en el encuentro.

Este libro es un recorrido histórico y teórico de una década de filosofía. Una década que rompió con lo establecido y que parte de la vida de cuatro autores que vivieron con desasosiego y desde una postura crítica.

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