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Roald Dahl, cazador de fantasmas
Roberto Abad comment 0 Comentarios

Adolfo Bioy Casares Bioy define no sin ironía en el Breve diccionario del argentino exquisito (1978) lo que es un fantasma: “Objeto, real o irreal, que se agita”. Objeto, como una lámpara, un cuadro, una taza guardada en la vitrina; materia que ocupa espacio. Tan real como la atmósfera, tan irreal como las siete vidas de un gato (aunque, resta la obviedad, esto es irrefutable). Y que además se agita como una medusa desesperada. Pienso que esta definición encaja bien con Los fantasmas favoritos de Roald Dahl (Blackie Books, 2023).

Roald Dahl (1916-1990) fue, antes que todo, un diestro en la imaginación. Sus cuentos y novelas establecieron una manera de hacer literatura alejada de convenciones morales, especialmente aquella dedicada a la infancia y la juventud. Como adepto de los hechos sobrenaturales, los fantasmas le atraían particularmente y siempre quiso practicar este tópico. Una vez se aventuró a escribir un relato: “cuando lo terminé y lo examiné detenidamente, comprendí que no era lo bastante bueno. Yo no tenía ese don y punto, así que cambié el final y lo transformé en una historia de no fantasmas”.

Sin embargo, ese vacío que lo acompañó durante años tuvo frutos. Con la intención de crear una serie de televisión de historias de fantasmas, se puso a leer tantos cuentos pudo; más de 700, según dijo. El resultado no fue la serie prometida ­­–el proyecto se vendría abajo porque el capítulo demo abordaba un asunto inmoral para la época (principios de los 70) que incluía un cura–, sino una antología que reuniría en 1983 los mejores cuentos, desde el criterio de Dahl, sobre fantasmas:

“Las primeras 50 historias que leí eran tan malas que costaba horrores terminarlas. Eran triviales, estaban mal escritas y no resultaban espeluznantes. Al fin y al cabo, el verdadero objetivo de una historia de fantasmas es resultar espeluznante. Tiene que dar escalofríos al lector y perturbar sus pensamientos”.

Así, pues, lo que encontramos en Los fantasmas favoritos de Roald Dahl es el resultado de la criba lectora de un apasionado por esos seres que en el imaginario colectivo se la pasan atravesando puertas. Sin embargo, los fantasmas que escogió el autor de Charlie y la fábrica de chocolate rompen con el arquetipo convencional y amplían la gama de espíritus errantes. Están los fantasmas literarios (“W.S”, de L. P. Hartley) que saltan de la página para tomar venganza contra sus propios creadores; los amigos imaginarios (“Harry”, de Rosemary Temperley) que, bajo el aura de la ingenuidad infantil, perturban la calma de los padres; los que cuidan un lugar (“La tienda de la esquina”, de Cynthia Asquith) y que, por si fuera poco, siguen trabajando, entre otros.

Destaco la presencia de Robert Aickman, uno de los narradores de lo extraño que con las décadas ha ido encontrando lectores; su relato “Las campanadas” demuestra su gran capacidad para generar tensión y crear atmósferas opresivas. En este cuento, una pareja viaja a un pueblo a descansar, se instalan en un viejo hotel y pronto se percatan de que las campanas de la iglesia no paran de sonar; retumban por las calles y llegan hasta su habitación con una insistencia fastidiosa. La extrañeza de ese acontecimiento sonoro aumenta cuando los trabajadores del hotel se reúsan a dar información al respecto, aunque les anticipan la llegada de algo de lo que es imposible escapar.

Otra pluma que considero imprescindible en este tema es la del irlandés J. Sheridan Le Fanu, autor de Carmilla, la primera novela sobre vampiros, quizás se trata del escritor que le dio vida a más fantasmas (en la página) con los elementos del siglo XIX, cuando la literatura fantástica comenzaba a desvelarse e independizarse del gótico. Su relato “El fantasma de una mano” surge con un peculiar sentido del terror que hoy nos podría parecer cómico. Sin embargo, este relato influenció la literatura y el cine del siglo XX como quizá ningún otro. ¿Qué serían los Locos Addams y Dedos sin Le Fanu, por ejemplo?

En el prólogo, Dahl hace una suerte de defensa de las mujeres escritoras; en algún momento de su pesquisa literaria llega a pensar que los cuentos de fantasmas escritos por estas son mejores, más efectivos. Encontraría, al final, una forma de dar equidad de género a la antología, y al mismo tiempo, nos dejaría ver deferentes visiones sobre lo significa morir y seguir inconforme con la existencia. Larga vida a los fantasmas.

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