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Réquiem por Ciudad de México
David Rubio comment 0 Comentarios

El Distrito Federal… es decir, la Ciudad de México: un espacio en el que confluyen los tiempos, todos ellos, hasta transformarse en presente, para luego desdoblarse y verse transformado en pasado. Una ciudad pequeña e inabarcable al mismo tiempo en donde, si se me permite el atrevimiento, el futuro no existe. Al futuro le llamamos presente. Del futuro sólo sabemos lo que arroja el pasado desde sus oxidadas cañerías para ser nombrado presente. El futuro es el presente.

En los 60´s, Ciudad de México aún era conocida como Distrito Federal. Ciudad fundada en el enredo, edredón tejido a partir de tramas curiosas, terribles, tristes, jocosas, felices y memorables, remendada hasta el agotamiento es la que nos revela Héctor Aguilar Camín en su novela Fantasmas en el balcón.

Partiendo de lo contado por un narrador omnisciente que no tiene empacho en entrometerse en su propio relato para aclarar, ampliar o modificar cierta información, este libro inicia en las inmediaciones de Garibaldi en el pasado, en un punto de la década de los 60 donde conocemos a Gamiochipi, Lezama, Cachorro, Changoleón, Alatriste y Morales, avatares —Odiseos errantes, briagos, vagos, ávidos de sexo (machos masturbines, sentencia el narrador en varias ocasiones)— que Aguilar Camín elige como protagonistas de esta novela de iniciación contada en un tono retrospectivo que incita al lector a la nostalgia, a regresar a una época anterior al hoy (o antes del terremoto), a un ayer conservado en la memoria. Un ayer que ya no volverá.

Como señalé con anterioridad, es la Plaza de Garibaldi el espacio que Camín elije para iniciar esta novela. Nos referimos al Garibaldi jocoso, dipsómano y parrandero del pasado, ése en el que la plaza estaba tupida de grupos de mariachis caminando de aquí para allá, como bandadas de palomas, a la búsqueda de clientela deseosa de escuchar una canción (y, claro, de pagar por ella). Y es aquí donde entran en escena nuestros protagonistas, pidiendo canciones “de a grapa” a los mariachis, pidiendo tragos gratis a nombre de un famoso torero, dándose la gran vida a costillas de los demás.

Pronto, el narrador hace llover comentarios y acotaciones sobre el relato, declarándose así autor único de lo escrito; protector de una verdad que el tiempo, despiadado como es, podría borrar en cualquier momento. En este narrador omnisciente se cifran las coordenadas del presente y el pasado; es gracias a él, a sus intromisiones, que iremos enterándonos de acontecimientos futuros en su propio relato de forma anticipada.

De Garibaldi viajamos a la Arena Coliseo, sitio sórdido en el que se libraban —todavía antes de la pandemia actual se seguían celebrando— peleas de box y lucha libre. Aquí nuestros protagonistas estelarizan una gresca que les permite retirarse del lugar con un premio y la idea de continuar su camino errático en las calles del centro histórico de la ciudad.

Y así, entre revelaciones de amores fugaces, citas arruinadas, conatos de sexo, disparos de testosterona, insinuaciones eróticas, prolongaciones onanistas y personajes secundarios que aparecen y desaparecen (tal como si se tratase de fantasmas), es que esta novela nos conduce hasta el cuartel general de los protagonistas; ese sitio en la Colonia Condesa, frente al Parque México, donde yacen juntos compartiendo vivienda; bien esperando el llamado de la aventura, bien arrastrando la aventura hasta ellos. Un lugar que, dicho sea de paso, cuenta con un balcón desde el que, en más de una ocasión, veremos que inician o terminan las acciones de los machos masturbines.

Esta es una novela que invita a hacer un recorrido por calles y sitios de la Ciudad de México con nuevos ojos; ojos melancólicos, añorantes de un tiempo y un espacio que ya no existe en nuestro hoy; ojos que observan todo cuanto tienen al paso tintado de tonalidades sepia o blanco y negro. A la par de otros libros que nos incitan a deambular por la ciudad para imaginar y reconstruir retazos del pasado, Fantasmas en el balcón nos plantea, en su primer capítulo, una caminata al más puro estilo del Ulises de Joyce; ideal para descubrir o, mejor dicho, redescubrir los significados que yacen ocultos en la ciudad, esa desordenada enredadera de nombres de calles y sitios que bullen de gente en la memoria colectiva del mexicano, aún hoy, cuando la pandemia sostiene todavía el recuerdo de calles vacías y negocios quebrados que ha dejado su paso por el mundo y, más específicamente, por el otrora llamado Distrito Federal.

Fantasmas en el balcón es una obra constituida en tres ejes:

*Los epígrafes de un texto que se titula como la novela —es decir, Fantasmas en el balcón—.

*Los capítulos “Surcando la noche” (donde conocemos a nuestros protagonistas, se nos presenta la Ciudad de México y, más específicamente, el centro de ésta), “Lamento de Do” (en el que se nos introduce al mundo hormonal de nuestros protagonistas, espacio donde el sexo es primordial y se nos hace partícipes de las batallas perdidas o a medio ganar con las que cuentan en el ring del amor), “El hijo del presidente” (donde, por azares del destino, los machos masturbines quedan enredados en una situación de espada y pared en la que se convierten en “amigos” del hijo del presidente por un día), “Conversaciones con el arcano” (donde la supuesta visita de ovnis a la ciudad lleva a los protagonistas a hablar sobre sus creencias y fantasmas), “Mañana lloraré” (donde se detona una riña en la que se ven implicados los machos masturbines a raíz del acto de desnudismo constante de otro de los habitantes recurrentes en su vivienda), “Investigación sobre dos ciudadanas dignas de toda sospecha” (en el que se cuenta un asesinato al interior de una casa de citas y se sospecha de un amorío turbio) y “Carnaval de ida y vuelta” (aventura final, en la que nuestros protagonistas hacen un viaje al carnaval de Veracruz que culmina en Tlaxcala), que se suceden como aventuras independientes y que, al mismo tiempo, se hallan ligadas por la pluma del narrador.

*Las seis partes de “Edenes perdidos”, que fungen de puente entre las historias de los capítulos anteriormente mencionados, además de proporcionar información complementaria —historia familiar, rasgos de carácter y psicología, así como la narración de algún episodio importante en la vida de Gamiochipi, Lezama, Cachorro, Changoleón, Alatriste o Morales— sobre el pasado y presente de los protagonistas.

Ya desde sus primeras páginas, los lectores de títulos como Historias Conversadas, Adiós a los padres y Plagio lograrán reconocer la inconfundible pluma de un escritor avezado como lo es Héctor Aguilar Camín, otorgándonos en este trabajo un carnavalesco juego de contrastes entre el lenguaje coloquial (la jerga de barrio) y otro verborreico, nutrido de terminología dominguera, prácticamente académica. El resultado final, contrario a lo que podría pensarse de inicio —que podría ser tedioso de leer, que podría requerir de un enorme esfuerzo por parte del lector para comprender ciertos términos, por mencionar dos ejemplos— será agradable tanto para los lectores constantes así como para aquellos que sólo buscan una buena historia que entretenga y, de paso, instruya un poco sobre el pasado.

En conclusión, Fantasmas en el balcón es un viaje al pasado; una carta de amor escrita por un autor al que no le tiembla la mano para arriesgarse a experimentar con la combinación de dos estilos de prosa en apariencia incompatibles, pero que ya al leerlos en su conjunto funcionan, y bastante bien. Novela de iniciación colmada de nostalgia por lo que fue y no volverá a ser, este es el réquiem de Héctor Aguilar Camín para una ciudad que literalmente se hunde, presa del anhelo por mantener a flote sus mitos, o lo que es lo mismo, a sus fantasmas.   

Revive la presentación de Fantasmas en el balcón en la FIL Guadalajara 2021

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