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Receta literaria: Al faro
Julieta Flores Jurado comment 0 Comentarios

La comida en la literatura siempre es más que sustento físico. Puede simbolizar curiosidad, placer, refinamiento; pero también exceso o corrupción, mientras que aquellos que rechazan la comida pueden estar expresando una protesta o intentando acercarse a un plano espiritual más elevado. En particular, el acto de preparar y servir comida puede ser una expresión de hospitalidad y generosidad, pero también puede ser peligroso, evocando seducción, manipulación o violencia. Al faro (Lumen, 2021), la novela de 1927 de Virginia Woolf, recrea famosamente una escena en torno a la mesa en la que se resalta el poder de la comida para unir a una comunidad, aún si se trata de una armonía efímera.

Dos obras muy famosas de la narrativa modernista emplean banquetes o el acto de compartir comida como una vía para establecer contacto con lo trascendente e incluso lo sagrado en lo cotidiano. La primera es Por el camino de Swann (1913), el primer volumen de En busca del tiempo perdido (Debolsillo, 2022) de Marcel Proust, que contiene la célebre evocación del pasado avivada por un bocado de magdalena. Morder la magdalena untada en mantequilla y empapada en té despierta en el narrador un mundo entero de recuerdos y le permite recuperar momentáneamente el universo de su infancia, participando así en una especie de despertar espiritual fundamentado en lo cotidiano. Algo similar sucede en otra famosa escena de comida modernista: el banquete de Navidad en el cuento «Los muertos» (1914), incluido en Dublineses (Debolsillo, 2021) de James Joyce. Aunque hay momentos tensos durante la noche, compartir comida es fundamental para crear un espacio de confianza y celebración. Pero el festín no puede protegerse de los recuerdos dolorosos y de la conciencia del paso del tiempo y de la mortalidad. La Navidad se entiende como un momento de comunión y regeneración, pero el banquete finalmente llega a su fin, dando paso a la melancolía de no poder preservar el momento de unidad. En estos dos ejemplos, comer sirve como una poderosa metáfora del despertar de un personaje ante la inmensidad del mundo y su conexión con todo lo que lo rodea. Pero, dado que la comida es efímera, estos momentos de comunión también son fugaces.

En la primera parte de la novela Al faro, la familia Ramsay está de vacaciones en las islas Hébridas, cerca de la costa oeste de Escocia. Vemos a la señora Ramsay preocupada por desempeñar perfectamente el papel de anfitriona y por asegurarse de que la comida sea una ocasión agradable para todos. Al comienzo del festín, las cosas no van bien, pues los comensales se sienten aislados e incómodos, pero ocurre un cambio cuando se encienden las velas, sugiriendo el placer primordial de reunirse a comer en torno al fuego. Los esfuerzos de la señora Ramsay por unir a estos personajes culminan en el momento en que se sirve el estofado de carne, el boeuf en daube. La descripción es bien conocida, pero es lo suficientemente apetitosa como para que valga la pena citarla de nuevo:

Al destapar Marthe, con un movimiento delicado, la gran cazuela oscura, se desprendió un exquisito olor a aceite, a aceitunas y a jugo. La cocinera se había pasado tres días preparando el plato. Tenía que llevar el mayor cuidado, pensaba la señora Ramsay, tenía que investigar entre la blanda masa, para hallar una pieza especialmente tierna para William Bankes. Miraba hacia el interior, hacia las relucientes paredes de la cazuela, hacia la mezcla de jugosas carnes de color castaño y amarillas, con hojas de laurel y vino, y pensaba: Esto servirá para conmemorar este momento. La invadió una rara sensación, extraña y tierna simultáneamente, de estar celebrando una fiesta, como si se hubieran convocado en ella dos emociones diferentes: una profunda, porque, qué hay más importante que el amor del hombre hacia la mujer, qué es más imperioso, más impresionante, pues lleva en su seno las semillas de la muerte; pero, por otra parte, a la vez, estos amantes, estas gentes que inauguraban la ilusión con ojos brillantes, debían ser recibidos con danzas de burla, y debían adornarse con guirnaldas.

—Es un triunfo— dijo Mr. Bankes, dejando, durante unos momentos, el cuchillo sobre la mesa. Había comido con cuidado. Estaba rico, estaba tierno. Se había cocinado de forma perfecta.

Aunque los asistentes al festín a menudo lidian con una discordancia entre lo que realmente sienten y lo que manifiestan exteriormente, por un momento habitan este espacio colectivo y utópico en el que prevalece lo que tienen en común. Esto sugiere que el festín privado no puede separarse del mundo exterior, porque comer, incluso si parece ser una experiencia individual y privada, es el acto más social. Para Carolyn Korsmeyer, esta escena demuestra «las grandes preocupaciones de Woolf: el tiempo, su paso y los cambios que provoca, la memoria y el olvido: la irreconciliabilidad de nuestras perspectivas cambiantes sobre la realidad. La experiencia de la comida representa un momento en el que la conciencia corporal detiene temporalmente lo que la mente sabe que no puede detenerse: la despiadada desintegración que el tiempo impone a todos los seres vivos» (Making Sense of Taste, 1999, p. 212).

Boeuf en Daube

Ingredientes

  • 1 kg de carne de res, cortada en cubos
  • 4 cucharadas de aceite de oliva
  • 150 g de tocino, cortado en rebanadas gruesas y picado
  • 2 cebollas, picadas
  • 2 zanahorias, picadas
  • 2 dientes de ajo, picados
  • 2 ramitas de tomillo fresco
  • 1 ramita de romero fresco
  • 2 tiras de cáscara de naranja
  • 600 ml de vino tinto
  • 4 jitomates maduros, picados
  • 250g de champiñones frescos
  • 12 aceitunas negras
  • 4 cucharadas de perejil fresco picado
  • Ralladura de 1 limón
  • Puré de papa o pasta, para servir
  • Equipo especial: olla grande con tapa que pueda meterse al horno (barro, hierro esmaltado)

Preparación

Precalienta el horno a 150°C. Sazona los cubos de carne con sal y pimienta. En la estufa, calienta la mitad del aceite en la olla y fríe los trozos de tocino durante 5 minutos hasta que estén dorados, luego retíralos con una cuchara ranurada y reserva. Agrega la carne a la cacerola, en dos tandas, y fríela a fuego alto durante 5-6 minutos hasta que esté dorada por todos lados. Retírala con la cuchara ranurada y reserva.

Agrega el aceite restante a la cacerola y saltea las cebollas, zanahorias, ajo y hierbas con un poco de sal y pimienta durante 10 minutos hasta que se ablanden, sin quemarse. Vuelve a colocar la carne en la cacerola y agrega la cáscara de naranja, el vino y los jitomates.

Lleva a hervor y tapa la olla. Retírala de la estufa y pásala al horno con cuidado. Hay que vigilar que no se quede sin líquido durante la cocción. Pasadas 3 horas, agrega a la olla los champiñones y aceitunas, vuelve a colocarla en el horno y deja cocer todo durante otros 30 minutos hasta que la carne esté suave y la salsa espese. Finalmente, integra el perejil y la ralladura de limón. Sirve el estofado acompañado de puré de papa o pasta.

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