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Quedarte a solas con tu alma y decirle la verdad
Samuel Segura comment 0 Comentarios

Al arrastrarme hasta la tumba encontré unos panfletos y dije que eran míos. Pues explicaban un peregrinaje que de otra manera carecería de sentido, igual que esta jornada, aunque dos veces más difícil de justificar.”

MALCOLM LOWRY, El plagiario.

Estimado Sergi Soler,

Hay un momento en que cierro el libro y me pongo a llorar mientras lo aprieto con ambas manos.

Sé que lloro con facilidad, que soy fácil de conmover, lo he dicho muchas veces antes, pero esta vez el llanto brota sin consuelo, como no me pasaba hace mucho tiempo (precisamente aquí, en este lugar desde el que ahora escribo, cuando era niño, casi a diario).

Sé muy bien que el llanto que provoca un libro no es un argumento de venta, Sergi, pero lloré, lloré muy apenado.

Por ti.

Por mí.

Por ellos.

Por todos

nosotros.

(¿A eso le llaman compasión[1]?)

El momento que me lleva a las lágrimas es la parte en la que hablas con tu padre, cuando le has platicado el ataque, lo que te sucedió, el incidente, y él te pregunta “¿en qué puedo ayudarte?”

El nonagenario, que vive en su aparente irrealidad, y que vislumbra muy de cerca la muerte, sabe muy bien que con sus últimas palabras, que con su alma que navega ya en otro plano (no tan mundano ni tan mezquino como el nuestro), te ayudará en serio, de verdad, como quizá nunca antes.

Tú, Sergi, que le cumpliste aquello de ser siempre el mejor en lo que hacías, estás ahí frente a él pidiéndole que te escuche.

Y lo hace.

Porque te la debía, supongo, de alguna forma.

Y lo paga.

De paso se paga a sí mismo.

Porque uno siempre paga sus deudas, Sergi.

Siempre.

Tú no me conoces, ni yo a ti (aunque no es casualidad que nuestros nombres y apellidos empiecen con la misma letra; tampoco que tanto tú como yo seamos personajes de ficción), pero me enteré de tu caso, que Sealtiel Alatriste narra en esta novela, Cicatrices de la memoria, cuando estaba ocurriendo. Un caso que él mismo vivió en carne propia (no voy a detenerme a detallarlo. Quién soy yo para hacerlo. Al fin y al cabo, el lector podrá enterarse en sus páginas).

Solo te diré que yo también lo viví.

La ignominia. La traición. La envidia. El rencor. El odio.

El ego.

Y quién sabe qué más.

A mi escala, es cierto, pero sé de lo que habla esta historia, perfectamente.

Por lo tanto, la novela sobre un fragmento de tu vida, Sergi, sobre un fragmento en la vida de Sealtiel, es también, de algún modo, una novela sobre un fragmento de mi vida (y de quien esto escribe). Como las buenas novelas.

Y no sabes cuánto me alegra que la haya escrito este vilipendiado escritor (o maldito, oscuro, marginal, transgresor, llámales como quieras, esos son mis preferidos, porque de sus historias emana la esencia misma de nuestro oficio: crear desde la adversidad). Que haya hecho caso a Elena Poniatowska y se haya puesto a aporrear la máquina de escribir y no haya cometido una tontería (como sí la cometió Armando; carajo, Sergi, yo tampoco pude llamarle por teléfono). 

Que el escritor, pues, se haya dedicado a escribir desde el más hondo de sus recovecos, pues a eso vino al mundo: a escribir, no a otra cosa.

No a posar, no a buscar la fama, el éxito, el prestigio.

La simpatía.

El reconocimiento.

Toda esa basura que muchos escritores (y escritoras) siguen persiguiendo, como moscas tras la mierda de los perros que se calcina bajo el sol.

O como moscas, también, atraídas por la purpúrea luz que al tocarla las fulmina.

(Pobres moscas.)

A propósito, Sealtiel escribe (lo cito, no vaya a ser la de malas):

“Ser el mejor, merecerlo, creer que lo merecemos, reclamar, en fin, que se reconozcan nuestros méritos, fue el infierno en que viviste esos años. Te convertiste en un ornitorrinco que pasaba de la gentileza a la soberbia por pasadizos que solo conocía tu alma, y que a todos dejaba perplejos. Ahí estaba de nuevo la palabra maligna: reconocimiento. El ego nos tiende trampas insondables, le dio lo mismo la candidez de tu padre para entregar la administración de su negocio a un primo sin credenciales auténticas, que la vanidad con que ostentabas el título de coordinador; no importaba la simpleza del primer planteamiento con la sofisticación del segundo, lo único que el ego pretendía era doblegar su voluntad. Frente al ego somos una pobre variación del Fausto: le vendemos el alma al primero que nos asegura que nos dará el reconocimiento que creemos merecer. Tu ego, vía esa agenda secretísima que buscaba reconocimiento, y que tú ocultaste a la vista de todos, te había vencido.”

El ego —tu Satán— fue el artífice de eso que llamabas Paraíso del infortunio.

El mismo que ya mero me destruye, Sergi, y que ahora trato de pagarle, como tú, con la misma moneda: haciéndolo trizas, cada día.

Aunque no siempre fue así.

No siempre lloré.

No al principio del libro, porque conforme pasaron cinco, diez páginas, sentí que todo lo que esperaba de esta novela, la novela misma, se reblandecía.

Ya, ya sé que no debo esperar nada de nadie, Sergi, yo también estoy aprendiendo, pero debo decirte que desde que supe que Sealtiel escribiría tu historia, que es la suya propia, pensé: “No me puedo perder esa novela. Seguro tendrá algo que decirme.

Y así fue, desde luego (el morbo se lo dejo a los carroñeros).

Por lo que mi juicio anticipado, mis ansias por recibir los chingadazos (sigo aprendiendo), fueron poco a poco saciándose conforme avanzaba en el relato.

Nunca había leído a Alatriste, Sergi (¿tú sí?), y quién sabe si lo vuelva a hacer, pero me congratulo de haberlo hecho esta ocasión. Si bien en mi faceta de editor le habría sugerido algunos ajustes extra (más de los que de por sí tuvo la novela, que a decir del autor la trabajó una y otra vez sin obtener fácil ni pronto una versión última, como ocurre con las buenas novelas), como el arriesgarlo todo con la voz en primera persona, su manejo de la segunda, que a veces me resulta —en general, en cualquier libro— impostada y artificiosa, me sorprendió. Porque es difícil sostenerla. Porque es difícil establecer tal nivel de intimidad desde esa voz de la conciencia. O eso pensaba. La voz del alma a la cual no queda más que mentirle o decirle la verdad, la propia, la única que importa (cierto: uno puede engañar a todo el mundo, menos a uno mismo), resultó muy efectiva.

Porque sí, Sergi, yo sí creo que la literatura es lo más cercano a la verdad, lo que sea que esta signifique.

Ni el periodismo, ni el panfleto, mucho menos el artículo de opinión o un hilo de tuits se le acercarán a la verdad literaria (sea en novela, en cuento, en ensayo, sobre todo en poesía), la que habla a fondo de uno mismo, y a veces, como en este caso, de los errores, de los yerros; del lado más oscuro que involucra a fuerza al más luminoso; si el escritor escribe honestamente desde ahí, pues, hablará a fondo de eso mismo en todos los demás. Es decir, en aquella entelequia a la que llamamos lectores.

Así ocurre aquí.

Por eso Sealtiel dice que esta novela le ayudó a ordenarse. Que no es necesariamente un exorcismo. Ni una reivindicación. Sí una expiación. Eso dice. En general estoy de acuerdo, aunque lo siento un poco blando: la escritura a estas alturas de nuestra vida, Sergi, es una lucha a muerte… contra la muerte misma.

Porque de no ser por la palabra escrita, te confieso, yo ya no estaría aquí tecleando esto: probablemente andaría bebiéndome unos ardientes tragos de mezcal con el mero mero Señor de los Infiernos.

Como sea, Sergi, les agradezco a ambos, le agradezco a Sealtiel, que espero también lea esta carta, por atreverse, por levantar la cara, por continuar, pues me brinda esperanza, fe, de que las cosas pueden ser distintas, quizá mejores, el que no le preocupe ni le atemorice más lo que puedan decir sobre su persona (que va más allá de la figura del escritor; entiendo que el miedo —el ego, diría mi querida Mont, quien, no es casualidad, Sergi, es kabalista— se pierde cuando se ha perdido todo. O cuando eso parece) después de la publicación de estas Cicatrices de la memoria; que no le atormente más la vivencia que le llevó a escribirlas.

Ya ha pagado lo que le correspondía.

Con cariño,

Señor Segovia


[1] Sí, y autocompasión: “Sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien”, dice la RAE.

Cicatrices de la memoria Sealtiel Alatriste Sergi Soler

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