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Pinceladas salvajes de Kurt Cobain
Erick Baena Crespo comment Un comentario

Una de las primeras palabras que Kurt Cobain pronunció, a los dos años de edad, fue “adiós”, como si estuviera predestinado a las despedidas. Y no sólo eso, sino que a lo largo de sus 27 años ensayó la muerte con el mismo ímpetu de un funambulista: el domingo 12 de enero de 1992, seis horas después de su participación en “Saturday Night Live”, tuvo una sobredosis de heroína en una suite del hotel Omni, de Nueva York. Esa noche estaba acompañado de Courtney Love, su pareja, quien, al amanecer, lo descubrió en medio de la estancia, en donde yacía como un “cuerpo sin vida”. La piel de Kurt tenía un color verdoso, agarrotados los músculos y no respiraba.

Love le arrojó agua fría y le dio reanimación cardiopulmonar. “Finalmente, tras varios minutos de esfuerzo, Courtney oyó un jadeo, lo que significaba que Kurt había recobrado la respiración”, narra Charles R. Cross, en el su libro Heaver than Heaven (Reservoir Books, 2017).

Ese fin de semana su segundo disco de estudio, Nervermind, había desbancado a Michael Jackson en la lista de éxitos de Billboard. Esa noche, de la presentación en “Saturday…”, nació el mito de Nirvana y Kurt se convirtió en el ícono maldito de una época.  

“En el transcurso de un solo día, Kurt había nacido a los ojos del público, muerto en la intimidad de su propia oscuridad, y resucitado gracias a la fuerza del amor”, escribe Cross, en esa escena que condensa todo lo que fue Kurt Cobain: fama y oscuridad.


En Kurt Cobain, una biografía (Random Comics, 2020), David Aceituno, apoyado por las ilustraciones de David M. Buisán, se toma la licencia de escribir la vida de Kurt en primera persona, lo que provoca esa extraña sensación de escuchar una voz de ultratumba, que narra su ascenso y caída.

Cobain nació el 20 de febrero de 1967 en la localidad de Aberdeen, Washington. Creció en el 1210 de la calle Primera Este. En el referido libro de Aceituno y Buisán, cuyas fuentes son los diarios del músico, algunos documentales y otros libros biográficos, esa voz de ultratumbra dice: “Aberdeen era como Twin Peaks. Era una ciudad de perdedores, un criadero de paletos. […] Podrías medir la pobreza en el olor de muchos lugares, de las casas, del alcohol en el aliento de los hombres y del polvo de tabaco Skoal que usaban aquellos parludos que tenían como objetivo en la vida dejarse crecer el bigote, conseguir un trabajo, formar una familia, emborracharse, maltratar a sus mujeres y morir”. En ese orden.

A los dos años tenía un amigo imaginario que se llamaba Boddah, con quien conversaba durante horas. Ese mismo Boddah a quien le escribe en su carta de suicidio.

Kurt formaba parte de un nucleo familiar roto. Cargaba con esa disfunción y la convirtió en parte de su estética. Se lee en el libro, en palabras del rockero: “Sería fácil coger esa foto y prenderle fuego. La idea de la unidad familiar es ilusoria: podrías extirpar uno a uno a los miembros que componen una familia feliz y no ocurriría nada”.

A los siete años, su tía Mari le regaló una guitarra tipo slide hawaiana, color azul, y los primeros tres discos de los Beatles. En la Navidad de 1974, Kurt le pidió a Santa Claus una pistola de Starsky & Hutch (un reflejo de su sino trágico). En lugar de ese regalo, en su bota, apareció un trozo de carbón. Una de sus primeras canciones, compuesta a los seis años, era un alegato contra los policías. Sus padres le regalaron un tambor de hojalata que tocó sin cesar hasta el día que su hermana menor, Kim, lo agujereó con un destornillador.

Sus padres se divorciaron cuando él tenía nueve años. Después de que sus padres se lo anunciaron a él y a su hermana, Kurt escribió estas frases en la pared de su recámara:

Odio a mamá

Odio a papá

Papá odia a mamá

Mamá odia a papá

Solo dan ganas

de estar triste

Kurt tuvo que mudarse con su padre a una caravana situada en Montesano, como si fuese una cruel metáfora de la imposibilidad de la huida: habitaba un vehículo que permanecía quieto.

A los 12 años su padre se volvió a casar con una mujer llamada Jenni. Y de golpe tuvo una madrastra y dos hermanastros. Nunca se adaptó a esa familia.

En ese entonces, la creatividad de Kurt no sólo se manifestaba a través de la música, sino de sus dibujos y sus videos. En 1981 filmó un cortometraje con una cámara super 8, titulado, con un halo premonitorio, Kurt y su sangriento suicidio, con figuras de plastilina en stop motion. En esa época, de acuerdo a la recopilación de Aceituno, Kurt le dijo a su amigo John Fields que se convertiría en una estrella de rock, luego se suicidaría y se vería “rodeado de un halo de gloria”.

Luego, en el cénit de su adolescencia, se convirtió en un nómada: abandonó la caravana de su padre e inició su peregrinaje. Vivió en una docena de casas distintas, con familiares diferentes. En una de esas casas, que nunca fueron un hogar para él, conoció a Warren Mason, un guitarrista de Aberdeen, quien le enseñó a tocar. A los 14 años, su tío Chuck le regaló una guitarra eléctrica Lindell.

A los 18 años fundó la banda Fecal Matters, misma que se desintegraría en 1986. Luego, junto a Krist Novoselic, formó un grupo llamado The Sellouts, que prefiguró a Nirvana.

Antes de eso, al final de ese deambular sin rumbo, vivió cuatro meses en la calle, durmiendo, en ocasiones, en la casa de Dale Cooler, baterista de The Melvins, una de las bandas favoritas de Cobain. También llegó, incluso, a dormir en el Hospital comunitario de Grays Harbor, en donde nació, fingiendo ser familiar de algún enfermo, como si su inconsciente lo hiciera regresar sobre sus pasos, a esa vida calma dentro del útero. 

Encontró algo de estabilidad cuando conoció a Tracy en un bar de Seatle. Kurt se fue a vivir con ella y abandonó algunos trabajos temporales de limpieza y mantenimiento. Mientras Tracy trabajaba, él se metía LSD, veía la televisión y componía algunas rolas.

En esa época –otra vez el asalto de los presagios–, Kurt tenía pesadillas en la que un grupo de desconocidos lo perseguía, con la intención de matarlo.

¿Acaso eso no era una representación onírica de su fama posterior?

¿Acaso eso no es la imagen de millones de fans demandando un trozo de él?

¿Acaso no moría todas las noches, en cada concierto, en cada descenso al abismo?


Para entender el ascenso meteórico de Nirvana en una era predigital, sin redes sociales, en tres años los integrantes de la banda pasaron de alimentarse, durante una gira, en un comedor comunitario, a tocar en algunas ciudades de Europa.

Kurt trató de huir de ese tipo de miseria, de la pobreza de la clase baja norteamericana, insivibilizada en el cine norteamericano, que nos vende la vida en los suburbios de forma edulcorada. Y la suya no es una historia banal de superación, sino de insistencia, de desesperación, de un afán calculado de posteridad. Un rockstar es un artista vanidoso y, a veces, un estratega del marketing. Kurt no se salva. Y el éxito era, para él, al mismo tiempo, anhelo y tormento.

“Pese al hecho de que los efectos secundarios de la fama a Kurt le desorientaban y a veces le atormentaban, echando la mirada atrás me parece claro que él llevaba años meticulosamente planeando el éxito exactamente en sus términos”, escribe Danny Goldberg, ex manager de Nirvana, en su libro Serving the servant (Alianza editorial, 2020).

Genio y figura, Cobain no sólo era el líder de la banda en términos de notoriedad, sino en los hechos: él componía música y letra (a pesar de ciertas concesiones a Kris y Dave), definía el título de los álbumes, las portadas, los textos que los acompañaban, entre otros aspectos: en sus Diarios ((Reservoir Books, 2016) abundan muestras de su afán por el control creativo a través de los bocetos de los estampados de las camisas, ideas para las fotografías o ilustraciones de las portadas y sus apuntes (casi argumentos cinematográficos) con las indicaciones precisas para la filmación de los videos de la banda.

Una anécdota lo traza a la perfección: en una sola noche, Kurt escribió las letras de Bleach, su primer disco, lanzado en junio de 1989. El 24 de diciembre de 1988, la banda se trasladó a Seatle, rumbo al estudio Reciprocal Records, que cobraba 20 dólares la hora, para grabar el disco. Kurt había compuesto las melodías del álbum, pero no tenía ninguna letra. Así que pasó la noche componiendo y acabó de escribirlas todas.

Mientras atravesaban San Francisco, Cobain vio un cartel de la campaña contra el SIDA que advertía sobre la falta de higiene de las jeringas. El eslogan asaltó su vista: “Bleach your works, before get stoned”. Y de ahí el título.

¿La oscuridad era previa o parte de un performance del rockstar obsesionado con la trascendencia?

“Es entretenida la idea de contemplar a un artista de rock de dominio público mientras se autodestruye mentalmente”, escribió en una entrada de su diario. Si bien hay momentos en los que se aprecia el sumo grado de ensimismamiento en el que se encontraba, como cuando escribe: “Llevo meses sin masturbarme porque he perdido la imaginación”, es clara su obsesión por la posteridad. Su breve carrera musical estuvo atravesada por un conflicto interior, que lo agobiaba y exhibía los vicios de su carácter: se escindía entre el rockstar que se identifica con los marginados, con las subculturas urbanas, y el artista pop que ambiciona llegar a un amplio público (una vez le habló a su manager y le dijo: “He estado viendo MTV y ha puesto videos de Pearl Jam tres veces y el nuestro solamente una. ¿Hemos hecho enojar a alguién?”).

Ese rasgo, esa tensión que habitaba en él, lo inquietó hasta la muerte. Kurt también era un artista con ideas progresistas, pero –como todo artista que se precie de serlo– estaba convencido de que la agenda política no debía de empañar su música ni convertirla en un panfleto.

Al respecto, escribió en su diario: “Nosotros no somos políticamente correctos, aunque sí que tenemos opiniones acerca de dichas cuestiones pero no merecemos ser presentados engañosamente como una banda cuyo único fin es político”. Y en una entrada anterior apuntó una especie de declaración de principios: “Estoy total y absolutamente a favor de: los homosexuales, el consumo de drogas como forma de experimentación (aunque yo sea la prueba viviente de los resultados perniciosos de la excesiva permisividad en este sentido), la antiopresión (entendiendo por opresión la religión, el racismo, el sexismo, la censura y el patriotismo), la creatividad a través de la música, el arte, el periodismo, el amor, la amistad, la familia, los animales y la revolución a gran escala organizada de forma violenta y alimentada por el terrorismo”.

El paso de Nirvana del underground al mainstream era otro de los aspectos que agobiaban al cantante, quien oscilaba entre la diatriba y la justificación autoadulatoria. Comulgaba con la idea (utópica, sin duda) de infiltrarse en el sistema y doblegar al monstruo corporativo. Algo que no ocurrió, a pesar de que gozó con plena libertad creativa, debido al éxito de ventas de Nevermind. En enero de 1992, el álbum logró vender 300 mil copias a la semana.

Esa ambivalencia, a veces, como si le brotara del inconsciente, se expresó en una de las ideas narrativas que garabateó en su diario para el video “Heart Shaped Box”, y que no aparece en el corte final: “Un anciado ajado en una cama de hospital con un feto de goma dentro del gotero intravenoso. […] Hay un montón de flores en la sala y Kurt sostiene un viejo reloj de bolsillo que hace oscilar de un lado a otro, indicando que el tiempo se acaba”. Esa oscilación en sus manos también se reflejaba en su ánimo, en sus convicciones.

A lo largo de su corta vida, Cobain padeció de fuertes dolores estomacales que los médicos nunca supieron diagnosticar. Sopesaron, incluso, la posibilidad de que el dolor era un síntoma somático. No obstante, Kurt –como escribe su manager– lo sentía real, en carne propia.

“Probé la heroína en 1987 en Aberdeen y seguí utilizándola unas 10 veces más desde el 87 hasta el 90. Cuando volví de nuestra segunda gira europea con Sonic Youth decidí consumir heroína a diario, debido a una dolencia estomacal que llevaba sufriendo desde hacia cinco años y que me había llevado literalmente a pensar en el suicidio”, confiesa Kurt en su diario.

Al respecto, en el documental Cobain: Montage de Heck (2015), del director Brett Morgen se incluye un fragmento de una entrevista –no acreditada a cuadro– en la que un reportero le pregunta a Kurt:

–¿Cuánto de ese dolor influencia lo que compones y lo que tocas?

–Es una pregunta aterradora porque creo que ayuda. Pero renunciaría a todo con tal de tener una buena salud, aunque temo que si supero el problema del estómago tal vez no sea tan creativo.


A finales de julio o agosto de 1991, Kurt estaba en casa de su madre, Wendy. Una mañana bajó las escaleras en calzones, sin camisa, descalzo. A su madre, ese gesto, le recordó a su ex esposo, el padre de Kurt, Don, quien tenía ese mismo hábito, que a ella le parecía desagradable.

Kurt tenía una cinta de casete en la mano.

 –¿Qué es eso?  –le preguntó Wendy.

 –Es la versión final de mi nuevo album. ¿Puedo escucharlo?  –dijo Kurt.

Su madre le respondió que sí, emocionada, y le dijo que le subiera el volumen.

Cuando terminaron de escuchar el Nevermind, a todo volumen, Wendy le dijo a Kurt, casi al borde del llanto.

 –¡Esto va a cambiar todo!

Sus ojos vidriosos no era un signo de felicidad, sino de miedo, como confiesa Wendy en el referido documental Cobain: Montage de Heck (2015). Y Wendy sentenció:

 –¡Prepárate porque no estás listo para esto!

Y sí, no estaba listo para el paso arrollador de la fama.


7 de abril de 1994. Me acuerdo que ese día no acudí a clases: cursaba tercero o cuarto de primaria. Me acuerdo que, a esa edad, mi mundo se reducía a la vecindad de 106 departamentos en donde vivía. Me acuerdo que nuestras “casas” estaban divididas en dos plantas, con un pasillo estrecho que serpenteaba por toda la vecindad hasta formar un 8 con esquinas rectangulares. El espacio entre una puerta y otra era no mayor a dos metros. Me acuerdo que las familias en esa vivían amontonadas. El récord más alto: 10 personas hacinadas en 28 metros cuadrados. Me acuerdo de que nosotros, en el interior 95, también estábamos un poco apretados: éramos cinco. Me acuerdo que mi hermano mayor, Jorge Luis, a quien debo casi todos mis gustos musicales, porque de niño lo veía como modelo a seguir, se peinaba frente a un espejo, vestido con un suéter azul, de la Escuela Secundaria Anexa, ubicada en la Ribera de San Cosme. Iba en el turno vespertino. Me acuerdo que, a sus 14 años, yo lo veía –no sé por qué – como un joven adulto, rebelde, seguro de sí mismo, con relaciones de noviazgo bastante maduras para su edad. Era rockero y fanático de Nirvana, Metalica, Pearl Jam, Pantera, Soundgarden, Tool, entre otros. Me acuerdo que, mientras se alistaba para irse a la escuela, poníamos la radio en una grabadora pequeña, que descansaba sobre una mesa de plástico, de esas de cantina playera, que servía de comedor. Me acuerdo que no teníamos dinero para comprar CD, así que estábamos llenos de casetes piratas o grabados, que reproducíamos una y otra vez. Me acuerdo que también escuchábamos, religiosamente, la estación Radioactivo 98.5. Me acuerdo que los rayos del sol entraban por el hueco de la puerta, en donde debería de estar un vidrio, pero que nosotros cubríamos con un trozo de periódico que cedía con los embates del viento. Me acuerdo que ese sol me ardía en la nuca. Me acuerdo que, entonces, en la radio, un locutor dio la triste noticia: “Kurt Cobain ha muerto”. Me acuerdo que Jorge nos mandó a callar a todos para escuchar la noticia y luego, sorprendido, se llevó las manos a la cabeza. Me acuerdo que ese día se fue a la escuela cargado de desilusión y nuestro mundo se hizo más pequeño aún. Me acuerdo que no sabíamos inglés, pero sentíamos que esa furia rebelde, esa energía en las canciones, expresaba nuestro sentir de adolescentes pobres, llenos de carencias: éramos jóvenes marginados a quien nadie escuchaba. Me acuerdo que algo de ese sentir murió ese día, arrastrado en ese abismo de fama y oscuridad que devoró a Kurt Cobain.

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