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Pandemias y epidemias en la literatura
Jorge Bobadilla Vargas comment 0 Comentarios

Entre los vaivenes del COVID y la aparición de nuevos y diferentes virus, como la reciente viruela del mono, en Langosta Literaria revisamos a través de una breve lista algunas novelas sobre pandemias y epidemias que ponen a prueba la estabilidad del individuo en sociedad frente a las perpetuas propagaciones patógenas.

Las noches de la peste
de Orhan Pamuk

A través de la voz de la historiadora Mîna Minguerli, alter ego de Pamuk, quien recupera bajo el auspicio de Cambridge University Press las cartas que Pakize Sultan -la tercera hija del trigésimo tercer sultán otomano, Murat V- escribió a su hermana mayor, Hatice Sultan, entre 1901 y 1913, se da cuenta del surgimiento de una nación (ficticia), la isla de Minguer, desde los efectos geopolíticos causados por la propagación y contención de la peste en medio del decadente Imperio Otomano. De esta manera, Las noches de la peste (Literatura Random House), publicada en marzo de este año, sitúan al Nobel de Literatura del 2006 con esta novela histórica como un referente a considerar en el imaginario catálogo de libros sobre epidemias. En palabras de Tolstói, advierte Pamuk en la introducción: “Ante un peligro que se avecina, dos voces hablan a la vez con fuerza en el alma del hombre: una dice con mucha razón que debe valorar la naturaleza del peligro y la manera de librarse de él; la otra dice con aún mayor razón que es demasiado duro y difícil pensar en el peligro y que además, dado que prever y salvarse del curso de los acontecimientos no está en la mano del hombre, lo mejor es olvidarse del peligro hasta que no se presenta y pensar en las cosas agradables” Guerra y Paz.

La peste
de Albert Camus

La ciudad argelina de Oran es invadida en “194…” por la peste bubónica. Bajo este argumento -posible alegoría de la ocupación nazi- el imprescindible Camus, también Premio Nobel de Literatura en 1957, manifiesta en este clásico desde una cercana postura existencialista, la necesidad de la solidaridad sin la ayuda de dios alguno frente a la incertidumbre vital y la desgracia del mal esencial. En las últimas líneas Camus deja al lector en desasosiego para diluir cualquier interpretación moralista: “(Esta crónica) No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos. Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

Para un comentario más extenso, recomendamos el artículo Anatomía de una rata escrito por Raúl Cazorla para Langosta Literaria.

Ensayo sobre la ceguera
de José Saramago

Una ciudad paralizada por una repentina pandemia de ceguera blanca permite al Nobel de Literatura de 1998 imaginar las contraposiciones humanitarias entre el autoritarismo gubernamental-militar frente a la organización civil encabezada por “la mujer del médico” (la única que ve); y en medio, el caos ético derivado de un estado de excepción donde la supervivencia prima de manera despiadada sobre los borrosos acuerdos sociales. De esta manera, advertía con desengaño Saramago en 1995: “Habrá un Gobierno, dijo el primer ciego, No lo creo, pero, en caso de que lo haya, será un gobierno de ciegos gobernando a ciegos, es decir, la nada pretendiendo organizar la nada, Entonces, no hay futuro, dijo el viejo de la venda negra, No sé si habrá futuro, de lo que ahora se trata es de cómo vamos a vivir este presente, Sin futuro, el presente no sirve para nada, es como si no existiese, Puede que la humanidad acabe consiguiendo vivir sin ojos, pero entonces dejará de ser la humanidad, el resultado, a la vista está, quién de nosotros sigue considerándose tan humano como creía ser antes…”.

La muerte en Venecia
de Thomas Mann

Poco importa para el maduro escritor Gustav Aschenbach el marco colérico que afecta en 1911 la ciudad de Venecia -gobernada por autoridades viciadas de lucro turístico que mantienen en secreto la epidemia- frente a la figura del joven polaco Tadzio cuya belleza genera en Gustav las emanaciones estéticas y sensuales más profundas y platónicas de sus últimos días terrenales. Dialoga imaginariamente Gustav con un Tadzio inadvertido: “Pero ¿crees tú, amado mío, que podrá alcanzar alguna vez sabiduría y verdadera dignidad humana aquel para quien el camino que lleva al espíritu pasa por los sentidos? ¿O crees más bien (abandono la decisión a tu criterio) que éste es un camino peligroso, un camino de pecado y perdición, que necesariamente lleva al extravío?”. Thomas Mann contrajo matrimonio en 1905 con Katia Pringsherimde con quien tuvo 6 hijos, después del fallecimiento del escritor se comprobó a través de la revisión de su diario las tendencias bisexuales del Nobel de Literatura de 1929, quien mantuvo varias relaciones con hombres, entre ellos el pintor Paul Ehrenberg.

Contagio
de Robin Cook

Entre las más de 30 novelas que el médico y novelista superventas ha publicado -entre ellas Infección, Pandemia, Viral, Mutación o El Cuerpo Extraño– se encuentra Contagio, reeditado por Debolsillo en 2022, que a modo de thriller relata la averiguación sobre una serie extraña de casos epidémicos en Nueva York, cuyas sospechas indican a la megaempresa de sanidad AmeriCare como responsable de la propagación. De nueva cuenta, Cook alerta de cómo los adelantos de la medicina están en manos de grandes empresas, en esta ocasión las agencias publicitarias, cuya prioridad es siempre sacar el máximo beneficio. “¿Qué le vamos a hacer? – Gladys levantó ambas manos con las palmas hacia arriba-. Es la voluntad de Dios. –Puede que sea voluntad de Dios -aceptó Jack (el protagonista)-, pero en general todo contagio tiene una explicación. ¿No se le ha ocurrido pensar en eso? Gladys asintió firmemente con la cabeza. –No pienso en otra cosa, pero no tengo ni idea. Y aunque no quisiera pensar en ello, tendría que hacerlo, porque todo el mundo me pregunta lo mismo.”

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